España - Galicia

Semigarrapateas de punta y tacón

Alfredo López-Vivié Palencia

jueves, 15 de octubre de 2020
A Coruña, sábado, 3 de octubre de 2020. Teatro Colón. Swing Machine Orchestra. Presentación del disco “Paseando el Swing”
Swing Machine Orchestra © 2020 by Swing Machine Orchestra

Tras adquirir la entrada para el concierto de inauguración de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia, vi que tres horas después estaba programado este espectáculo. No lo dudé, y le di otra vez al botón de compra. No tenía la menor idea de quiénes son la Swing Machine Orchestra -pero me chifla el swing-, y sobre todo temí necesitar con urgencia un antídoto contra la Novena Sinfonía de Mahler.

Inutil precauzione: ese Mahler salió respetuoso con las neuronas del personal –ya se lo he contado en la correspondiente reseña-, y encima disfruté como un enano con los músicos de la Swing Machine. Servidor, y el centenar de personas -eso calculé- que asistimos al Teatro Colón, cuyas viejas butacas me parecieron un lujo asiático después de las inclementes sillas del Coliseum.

Resulta que la Swing Machine Orchestra son una docena de músicos -españoles, cubanos, hondureños y argentinos- que, bajo el liderazgo del violinista zaragozano Raúl Márquez, se juntaron para tocar esta música vertiginosa de los años treinta. Una big band, dirán ustedes; pues no, una orquesta de cuerdas (tres primeros violines, dos segundos, dos violas, dos violonchelos y un contrabajo) con un batería. Una propuesta originalísima, una feliz idea y una feliz realización: estos jóvenes han estudiado sus instrumentos con aprovechamiento, y está claro que disfrutan tocando esta música; además, saben comunicarse entre ellos y con el respetable. De manera que, si no es por las prohibiciones “covidianas”, aquello se habría convertido en una sala de baile, porque a fe que fue una tortura mantener el trasero atornillado al asiento y no poder mover las piernas más allá de la propia localidad.

Con semejantes mimbres, el primer problema al que debe enfrentarse Swing Machine es el de los arreglos. Y ahí está la otra parte de su éxito: algunos son propios y otros de encargo, pero todos han conseguido un sano equilibrio entre la novedad de las cuerdas y la familiaridad de temas eternos; o, lo que es lo mismo, meterse al público en el bolsillo desde el primer momento. En la hora y media que duró la función se escucharon estándares inmortales como American Patrol de F.J. Meacham, In the Mood de Glenn Miller, o Easy Winners de Scott Joplin. Con alguna incursión en otros terrenos, verbigracia la música cíngara o la caribeña: ¿se imaginan ustedes el Mambo nº 8 del grandísimo Pérez Prado tocado con orquesta de cuerdas? Impagable (y, por cierto, ¿se han parado a pensar sobre la influencia de don Dámaso en los éxitos de Broadway de Leonard Bernstein, o en las anacrusas guturales de Sergiu Celibidache?).

Swing Machine tocan con amplificación, algo que en un primer momento suena un pelín incómodo, pero a lo que sucumbe uno enseguida, tal es la fuerza y la adecuación de su estilo. Eso a veces provoca que alguna estridencia suene de más (hasta que uno cae en la cuenta de que no es fácil imitar con un violín el sonido de un saxo soprano), pero como la amplificación es además móvil, los músicos se mueven libremente por el escenario (incluso tocando tumbados en el suelo y con las piernas en alto) y fuera de él (el mismísimo Márquez jugándose la crisma -y el instrumento- tocando encima de las abrazaderas de las butacas). Provocaciones aparte, de lo que no cabe la menor duda es de su gusto exquisito y su arrebatadora traducción de estas músicas.

Por si fuera poco, una de las violistas canta estupendamente -empleando una voz “históricamente informada”-; y la guinda la puso Lucas Tadeo, bailarín de claqué: como todos los que en el mundo han sido, es un tipo de aspecto pálido, delgaducho, casi escuchimizado; pero había que escuchar sus impresionantes cataratas de toques mientras mantiene la imperturbable expresión de quien da a entender que la cosa no va con él. Excelente el batería, sabedor de que la uniformidad rítmica de estas piezas no está reñida con la imaginación sonora ni y con las dotes de mando que han de ejercerse desde su puesto. Por poner un pero: me habría gustado que el contrabajista le echase asimismo una miaja más de imaginación al otro pilar del edificio.

Se creó tan buen ambiente que se me olvidó que llevaba la mascarilla puesta y que había cuatro gatos en el teatro. Aplaudimos como posesos, y les arrancamos un par de propinas. Por mi parte, al final del concierto les felicité, compré su disco y lo escuché en el coche en el camino de vuelta a Santiago, continuando el buen rato que acababa de pasar.  

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