España - Madrid

Bruckner o la paradoja de la reducción

Germán García Tomás

jueves, 22 de octubre de 2020
Madrid, lunes, 12 de octubre de 2020. Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Músic. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Mireia Barrera, directora del coro. Víctor Pablo Pérez, director. Concierto inaugural de temporada. Franz Joseph Haydn, Te Deum Hob. XXIIIc:2, Anton Bruckner, Sinfonía nº 7 en mi mayor WAB 107. Ocupación: 65%.

Tras el parón pandémico, la Orquesta y el Coro de la Comunidad de Madrid retoman su actividad sinfónica en el Auditorio Nacional bajo las estrictas medidas de seguridad anti-covid. No su actividad en general, sino sólo la que atañe a esta sala de conciertos, pues en las últimas semanas el coro ameniza la vida musical madrileña por diversos municipios de la región dentro del festival A Villa Voz, y los profesores de la orquesta han abierto la temporada del Teatro de la Zarzuela como formación estable de su foso con el que iba a ser el programa doble Granada conformado por La tempranica de Gerónimo Giménez y La vida breve de Manuel de Falla, pero que por las obligaciones sanitarias se han tenido que ofrecer en días alternos.

Este concierto inaugural de temporada, desarrollado sin pausa en base a esas mismas exigencias, ha unido en programa a Franz Joseph Haydn y a Anton Bruckner, dos compositores austriacos que profesaron con sus respectivas creaciones sendos ejercicios de alabanza a Dios. Porque no existe composición de la liturgia católica que exulte a la Divina providencia más grandemente y con mayor efusión espiritual que un Te Deum, de los que la historia de la música nos ha dejado un buen rosario de piezas. No es precisamente la armonización de este texto latino la obra más representativa dentro de la producción sacra del músico de Rohrau, pues el Stabat Mater y sobre todo su gran catálogo de misas son las partituras más relevantes en el campo religioso, dejando a un lado el magistral oratorio La creación, por su texto en alemán y sus pretensiones mucho más teatrales.

El Te Deum haydniano es una breve composición de madurez dedicada a la emperatriz María Teresa de Austria de menos de diez minutos, que oscila entre el carácter afirmativo y solemne de su frase inicial, “Te Deum laudamus”, y ciertos momentos de reposo, que aportan el necesario contraste, un juego de claroscuros que aquí fue conseguido con creces por las voces del Coro de la Comunidad de Madrid, con 24 de sus enmascarados miembros distribuidos con la obligada separación. Empaste, afinación y expresión musical fueron sobresalientes en la agrupación vocal, enmarcada en una interpretación que el maestro Víctor Pablo Pérez condujo sin perder el sentido de la continuidad que requiere esta pieza, un pequeño pero intrincado laberinto de saltos cromáticos y cadencias imprevistas, con una música que sirve al texto en todo momento. El coro, preparado por Mireia Barrera, demostró todo su oficio hasta el prodigioso episodio fugado conclusivo, con las palabras “In te Domine speravi”, un inevitable recurso que Haydn despliega en este juego de retórica religiosa. La respuesta instrumental fue efectiva en cuerdas y metales, que subrayó el colorido de una obra que dejó el terreno abonado para preparar el acusado contraste bruckeriano, un compositor que curiosamente nos legó el que quizá es el Te Deum más famoso e interpretado en todo el repertorio musical.

Porque mucho más devoto si cabe que Haydn fue el organista de Ansfelden, pues por medio de toda su obra no paró de lanzar loas al Creador. No sólo en sus Misas y motetes, lo más representativo de su alma religiosa, sino a través de sus monumentales sinfonías. La Séptima sigue siendo, junto a la Cuarta, su gran caballo de batalla sinfónico en auditorios y salas de concierto. Porque la Séptima, con toda la grandilocuencia y su juego de luces y sombras, como ocurre igualmente en Haydn, es uno de esos universos fascinantes que siguen despertando admiración en el gran público, y ha sido por tanto una obra muy bien elegida por la ORCAM para iniciar temporada, pues representa en cierta medida esa lucha épica, plena de heroísmo, frente a la adversidad que nos asola por doquier, a pesar de hallarnos ya inmersos en una cierta reanudación de la vida cotidiana, con una profusión de conciertos cada vez mayor, aunque todavía a medio gas.

Porque en plena era covid, la partitura más idiomáticamente wagneriana de Bruckner (su mayor tributo fúnebre al creador del drama musical) no podía ser interpretada con todos sus fastuosos efectivos originales. Era menester una reducción orquestal importante para poder llevarla a cabo por la imposibilidad de reunir en el escenario a más de medio centenar de profesores. Curiosa paradoja tratándose del compositor austriaco. Y la Orquesta de la Comunidad de Madrid ha encarado esa labor no airosamente, sino de la forma más exitosa posible, pese a los largos meses de inactividad y el desafío de afrontar una obra de tal complejidad y magnitud. Qué duda cabe que se ha perdido la sensación impagable de escuchar a las cuatro tubas wagnerianas entonando el tema principal de ese puntal fúnebre que es el Adagio, pero el trabajo de los instrumentistas que han visto mermadas sus secciones ha resultado verdaderamente eficaz a nivel de sonoridad y resultado interpretativo final.

Y es que en el terreno de las sinfonías brucknerianas nos tenemos que atener a las diferentes versiones que atañen al campo de la instrumentación, pues sus criterios dispares nos acercan siempre aproximadamente a lo que podrían ser las intenciones primigenias y cambiantes de su autor. La versión de Robert Haas se amolda bastante bien a la presenciada en el Auditorio Nacional, con la ausencia de platillos y triángulo en el clímax que precede al final del movimiento lento. Por lo que respecta al resto de la plantilla instrumental, todos los vientos se limitaron a uno por atril, a excepción de las trompas, reduciendo a la mitad las 4 originales. El órgano positivo que se integró en el Te Deum de Haydn se utilizó para doblar a la única tuba wagneriana. Toda la sección de cuerda, que brilló a gran altura, es la que sufrió la menor merma, como era de esperar.

El buen entendimiento de Víctor Pablo ha tenido mucho que ver en la llegada a buen puerto de tamaña travesía, llevándole en torno a una hora y diez minutos la ejecución de la Séptima. Su penetración en el entramado bruckneriano se puso de manifiesto desde los acordes iniciales de ese otro enorme edificio de contrastes que es el Allegro moderato. Pese al inicial carácter destemplado de las trompas, que hacía presagiar lo peor, el discurso afirmativo, -pastoril y heroico a partes iguales-, del movimiento fue abriéndose paso con trazo largo, siempre nítido, firme y compacto, y articulación flexible, y con todas las progresiones armónicas y micro clímax muy logrados a nivel de planos orquestales, dentro de una textura general que conservó todo el brillo y esplendor de la sonoridad bruckneriana. A destacar la pulcritud de la cuerda y el buen trabajo de los cuatro metales, que emitieron sus notas con tal vigor y contundencia que suplía la carencia de efectivos en esta familia instrumental. En esa línea el empaste entre trompas y chelos estuvo muy logrado, como el de clarinete con oboe, en esa consecución de genuinos timbres herencia del recién fallecido Richard Wagner y preludio del Gustav Mahler que por estos años se iba abriendo paso en la composición.

El diseño del crescendo con que concluyó el primer movimiento consiguió su grado de majestuosidad, que abre paso al momento de mayor calado emocional y expresivo de la sinfonía en su conjunto. Realmente lo fue, pues ese halo épico y de elegía fúnebre anteriormente aludido recorrió esta lectura marcada por una austeridad instrumental muy bien aprovechada, y que logró dejar sumido al auditorio en un estado de fascinación ante tanta hondura espiritual y vital al mismo tiempo, pues Bruckner nos conduce más allá de la vida terrena con esta música inefable. Si el burgalés supo mantener la continuidad y coherencia discursiva en el movimiento precedente, en el segundo afianzó aún más la concentración emocional para subrayar el pathos que lo recorre. En el resto de la sinfonía, con su despreocupado Scherzo marcado por unos certeros metales, y su vigoroso Finale (que volvió a exquisito lucimiento de las cuatro maderas -oboe, flauta, clarinete y fagot-) Víctor Pablo extrajo un interesante resultado de virtuosismo orquestal, llevando con la magnificencia del postrer crescendo al convencimiento de que la música ha vencido la batalla a la incertidumbre. Que así sea por mucho tiempo.

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