España - Cataluña

‘Obra fantástica y rara’

Jorge Binaghi

martes, 20 de octubre de 2020
Barcelona, martes, 13 de octubre de 2020. Recinto modernista del Hospital de Sant Pau. Diario de un desaparecido (Brno, Palacio Reduta, 18 de abril de 1921), poemas de O. Kalda, y música de L. Janacek. Nicky Spence (Janík, el hombre), Helena Resurreiçao (Zefka, la mujer), Mercedes Gancedo, Irene Mas Salom y Mireia Tarragó (tres mujeres). Julius Drake (piano). Life Victoria 2020
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‘O fantástica porque es rara’. Tomo prestadas las palabras al final de este concierto a una de las voces más expertas (tal vez la que más, aquí y ahora) en música de cámara vocal, Sílvia Pujalte, porque me parecen muy exactas, y me remiten a aquellos versos de Ariel en La tempestad, ‘algo rico y extraño’.

En la versión original no se había oído aquí hasta ahora; sí en el 2008 en el Liceu con una versión orquestal de Gustav Kuhn.

El Diario de un desaparecido de Janacek es fruto probable autobiográfico y nacido de su pasión tardía y obsesiva por su último amor (obviamente no marital en su caso), Kamila Stösslová.

Está todo Janacek en la composición. Frases breves, reiterativas, un sentido del ritmo memorable, una respuesta a una lengua, la suya y que yo no conozco ni conoceré ya, evidentemente ‘plástica’ en el sentido de que se le acomoda como un guante (¿cómo pudimos tanto tiempo aceptar -e incluso entender- las traducciones al alemán, que no tiene nada que ver con ella?), las repeticiones casi obsesivas, la síntesis casi ascética aunque haya elementos claramente eróticos en el despojo y la brevedad de la escritura, el gran papel del piano, la dificultad vocal para el tenor, pero en menor medida para las voces femeninas (las tres sopranos del ‘coro’ lo tienen bien complicado), siendo -claro está- el papel más ‘bonito’ y ‘sensual’ el de la mujer, una gitana y por lo tanto nómada, sinónimo de naturaleza y libertad, que termina por lograr que Janík el campesino abandone su mundo familiar y sus costumbres -religiosas o no-, para seguir su destino (no olvidemos que entre las primeras óperas del autor figura su ópera Osud -1904, aunque sólo fuera representada póstumamente-, que quiere decir precisamente eso).

No suelo hablar mucho de la obra, pero ésta creo que es aún mal y/o poco conocida por el público al que se supone va dirigida esta publicación. Y merece la pena, ya lo creo.

Más cuando se tuvo una interpretación relevante, que incluyó además un mínimo decorado de plantas (sobre todo para la escena precedente al encuentro con la gitana) mientras el ‘coro’ (las tres sopranos) cantaba en la galería superior con un efecto acústico notable. 

Spence y Drake son especialistas de la obra y del autor y vaya si se notó. El pianista exhibió una fuerza casi orquestal (y se había recuperado hace relativamente poco de este virus infame) y su ‘solo’ en el intermedio erótico fue magnífico. El tenor exhibió una personalidad desbordante, una mimetización notable con el personaje (aunque en mi opinión todos lo sean a medias, como un ‘non finito’ de la pintura o escultura renacentista), una aparente soltura lingüística admirable, y una facilidad total para una tesitura expuesta en el agudo, que nunca pareció rígido ni forzado.

Resurreiçao, que es este año artista residente, demostró grandes progresos en lo vocal y en la intención del acento. Y las tres sopranos, frecuentes en los conciertos de la Fundación y de gran compromiso, demostraron que son tres cantantes que cantan bien asimismo roles ‘menores’, que sólo se pueden calificar así por la duración de su cometido. El público que llenaba lo que ha quedado libre de la sala, con la restricción de que al tratarse de un monumento artístico de la Unesco hay que ser rígido en la observación de medidas (que, por ejemplo, impiden casi por completo los tan necesarios comentarios posteriores) aplaudió con calor y siguió todo el tiempo con gran atención y en perfecto silencio.

Me permito sólo hacer una observación al programa: con el nombre de la obra es fácil asimilarla a situaciones recientes, y en las ilustraciones figuran las protestas por desapariciones muy reales y nada poéticas, poco individuales y sí colectivas, pero no reflejan para nada lo que -tal vez- la elusiva obra del moravo haya querido ‘decir’ (si es que lo quiso decir). 

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