España - Galicia

Mozart vs Diario Oficial

Alfredo López-Vivié Palencia

martes, 27 de octubre de 2020
Santiago de Compostela, jueves, 22 de octubre de 2020. Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Jan Willem de Vriend, director. Wolfgang Amadè Mozart: Lucio Silla KV 135, obertura; Thamos, rey de Egipto KV 335, entreactos; Sinfonía nº 40 en Sol menor KV 550.
Jan Willem de Vriend © 2020 by RFG

La actividad profesional me obliga a que cada mañana mi primera tarea consista en la consulta del Boletín Oficial del Estado, el de la Unión Europea, los Diarios Oficiales de tres Comunidades Autónomas, y los Boletines Oficiales de otras tres provincias. Estoy más que acostumbrado, sé cuándo, dónde y cómo buscar, de modo que sobrevolar tanta prensa oficial me lleva normalmente poco tiempo, salvo cuando se publica una norma que afecta a mi trabajo o a mi hacienda. Hasta que en marzo llegó el estado de alarma. A partir de ese momento me vi –como todo el mundo- en la necesidad de consultar los diarios oficiales varias veces al día, incluídos los domingos y especialmente a pocos minutos antes de medianoche. Porque esas normas afectan a todos los ámbitos de la vida.

Sin ir más lejos, a última hora del miércoles 21 de octubre –víspera de este concierto- se publicó en el Diario Oficial de Galicia una Orden de la Consejería de Sanidad firmada ese mismo día, en la que se establecía para la comarca de Santiago –con vigencia a partir de las cero horas del jueves 22 de octubre- la siguiente obligación de aforo para “cines, teatros, auditorios, circos de toldo y espacios similares”: “En cualquier caso, será de aplicación un límite máximo de treinta personas para lugares cerrados.”   La misma Orden indicaba que los restaurantes “no podrán superar el cincuenta por ciento de su aforo en la zona de comedor para el servicio de comida.” Nótese que, mientras en este segundo caso la asistencia máxima se determina por porcentaje, en el primer caso la limitación se fija en números absolutos, de manera que un teatro con cien butacas puede ocuparse por treinta personas, pero también esa cifra se aplica al Auditorio de Galicia, cuya capacidad es de mil localidades (cuyo aforo ya estaba previamente reducido a sesenta personas). Dicho de otro modo: en los lugares donde necesariamente debe uno quitarse la mascarilla –porque se va a comer y a beber- la permisividad es mayor que en los lugares donde uno queda obligado a llevarla –porque se va a ver y a escuchar-. Me abstengo de hacer comentarios, porque eso de los “circos de toldo” me daría mucho juego.

En lo artístico no sólo no me abstengo de comentar, sino que estoy encantado de decirles que el concierto fue una verdadera preciosidad. No las tenía todas conmigo, porque no conocía al maestro holandés Jan Willem de Vriend, y al consultar su biografía me topo con que es un campeón de las interpretaciones “históricamente informadas” –en mi opinión ese criterio, aplicado al clasicismo vienés, sólo le sienta bien a Beethoven, y no siempre-. Sin embargo, una vez más me alegro de conservar la capacidad de sorprenderme –por eso la experiencia del concierto en vivo sigue siendo insustituíble- y en este caso para bien: posiblemente ayudó a ello el programa monográfico, más que en autoría en el carácter dramático de las obras en cartel, pero el caso es que el Mozart que hizo de Vriend con la Real Filharmonía me pareció estupendo.

Primero el emperador Lucio Silla, con esa obertura en tres tiempos que de Vriend agarró por el pescuezo desde el primer compás, con rotundidad en trompetas y timbal y con un impulso imparable anunciando claramente el drama que se avecina, previo el tiempo lento cantado con delicadeza. Después los cuatro interludios del rey Thamos (no me avergüenzo de no conocerlos antes, porque me entusiasma de que me los hayan presentado de manera tan brillante). Y para acabar la célebre Sinfonía nº 40, tocada con todas sus repeticiones y de cuya interpretación quiero destacar el último movimiento, al que de Vriend imprimió un carácter casi rabioso (lo cual me hizo recordar que el “Saltarello” de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn tampoco es una inocente danza popular).

¿Cómo lo consiguió de Vriend? Por de pronto hay una razón práctica: los conciertos son ahora más breves, de manera que hay más tiempo para ensayar una misma pieza. En segundo lugar, su gesto enérgico, incansablemente atento a los detalles, a las segundas voces y a la expresión (incluso con la mascarilla puesta quedaba claro lo que quería). Pero lo que me gustó de verdad fue su dominio del instrumento: desde luego que aplicó criterios “históricos” a rajatabla –tiempos rapidísimos, vibrato inexistente, ataques afilados-, pero nunca al punto de resultar áspero ni borroso porque siempre puso por delante el empaste orquestal y la elegancia en el fraseo; y ahí la Real Filharmonía respondió como en sus mejores días, con una cuerda espléndidamente articulada (por algo de Vriend es violinista), y con la madera y las trompas demostrando por qué se les llama Harmoniemusik.

Hubo más aplausos –aunque de igual intensidad- en la orquesta que en el público, simplemente porque en el escenario había más gente que en el patio de butacas: qué pena que tantos santiagueses se tuvieran que perder este concierto. Y si sólo fuera éste, porque escribo en la mañana del domingo 25 de octubre, mientras está reunido el Consejo de Ministros, así que esta noche me tocará consultar de nuevo el Boletín Oficial del Estado (y acto seguido sus hijuelas regionales) a horas poco civilizadas para conocer todavía más limitaciones al derecho fundamental de escuchar buena música en directo. Pero lo afrontaré con los mejores anticuerpos, que son los mozartianos.      

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