250 aniversario de Ludwig van Beethoven

Los Barenboim y Kian Soltani interpretan tríos de Beethoven

Juan Carlos Tellechea

jueves, 29 de octubre de 2020
Los Barenboim © 2019 by Monika Rittershaus

Virtuosismo para ocasiones sociales, incluso para conciertos en privado: el género de los tríos para piano no tenía que cumplir necesariamente con los más altos estándares en la época de Ludwig Beethoven. Así de íntima y agradable fue la velada a la que convocaron Daniel Barenboim y su hijo Michael, así como el violonchelista Kian Soltani en el marco del pequeño ciclo, con cuatro de los 12 tríos de Beethoven, que tuvo lugar el jueves 5 de diciembre de 2019 en la Sala Pierre Boulez de Berlín*.

Este homenaje a Ludwig van Beethoven en el 250º aniversario de su nacimiento fue grabado en CD y repetido en parte en un concierto privado en la residencia de los Barenboim en el distrito berlinés de Dahlem, filmado por el canal de televisión Arte, ya en medio del aumento de las infecciones por la pandemia del coronavirus.

El Trío opus 70, Geistertrio, integrado en aquel programa, pudimos disfrutarlo recientemente en la transmisión de Arte. En esta reseña tratamos de impedir que caiga en el olvido este hermoso recital, dada las difíciles circunstancias que tuvo que afrontar.

El primer trío en mi bemol mayor demuestra ya ser una pieza de gabinete con sus cambios de humor, tan repentinos como los de Beethoven, que contrastan las simples y devotas cantilenas con giros finales abruptos, insertando dialogos íntimos entre el violín y el violonchelo.

Beethoven abrió nuevos caminos en el género escribiendo tríos para piano con cuatro, en lugar de los tres movimientos habituales como anteriormente y reemplazando el rondo habitual con el movimiento de sonata en el movimiento final. Al diseñar este trío, Beethoven siguió el ejemplo del Cuarteto para piano, violín, viola y violonchelo en mi bemol mayor, K. 493, compuesto en 1785 por Mozart.

El final del Trío en do menor del opus 1, con sus atrevidos cambios en la armonía y la fuerza orquestal, abre por último la ventana a otro mundo. Sobre todo porque los compases finales que desembocan en un pianísimo muy tenue que dejan perplejo al espectador, fueron el atisbo del clímax imperante en la segunda parte del concierto, con el Largo assai ed espressivo del Geistertrio (o Trío fantasma) en re mayor opus 70.

Este movimiento medio en re menor comienza con violonchelo y violín, luego el piano se une con acordes pulsantes. La atmósfera fantasmal del movimiento, que el musicólogo Paul Bekker describiera como una de las más maravillosas revelaciones de la melancolía de Beethoven, se crea, entre otros elementos, por los trémolos en el piano y las escalas cromáticas.

No podemos saber qué habría ocurrido con Ludwig van Beethoven si el archiduque Maximiliano Francisco de Austria, príncipe elector y arzobispo de Colonia, hubiera podido permanecer en Bonn de haberse encontrado en otra situación política y militar, durante la primera fase de la Guerra de Coalición para contener la Ravolución Francesa.

¿Habría regresado Beethoven a su amada ciudad natal, tras uno o dos años de estudios en Viena? ¿O, tozudo como era, hubiera arriesgado provocar un conflicto con su mecenas, quedándose en la metrópolis de la música, tras sus primeros éxitos e incitado por sus entusiastas seguidores, repitiendo de forma similar la historia de Wolfgang Amadé Mozart y su partida de Salzburgo?

Decisiones de este tipo le costaban siempre mucho esfuerzo a Beethoven, pero quiso el destino que las circunstancias (la invasión francesa en la margen izquierda del Rin en 1794) lo ayudaran, le ahorraran sinsabores y tuviera que quedarse en Viena para siempre. En Bonn ya no había más príncipe elector y mecenas (Maximiliano Francisco tuvo que regresar a la capital imperial austríaca, donde murió finalmente en 1801) ni tampoco vivía su padre (había fallecido en diciembre de 1792, poco después de su partida a Viena), quien habría influído en sus decisiones.

Así las cosas, y salteando algunos acontecimientos vividos por Beethoven en su ciudad de adopción, llegamos a los días 29 y 30 de marzo de 1795: Antonio Salieri dirigiría en el Burgtheater el oratorio Gioas, Rè di Giuda de su joven alumno Antonio Cartellieri. Entre los dos actos, Beethoven tocaría en la primera velada su Concierto para piano en si bemol mayor opus 19 y en la segunda una larga improvisación.

El crítico del Wiener Zeitung escribiría que se trataba de un concierto de piano forte totalmente nuevo. En realidad, era la versión revisada de un concierto que Beethoven compusiera en 1790 en Bonn. Compondría un movimiento final más interesante y diabólico y reescribiría completamente el Adagio. Más tarde vendrían más cambios hasta alcanzar la versión final en 1801. Esta forma de trabajar era característica de Beethoven. Los conciertos del 29 y el 30 de marzo de 1795 fueron un gran éxito. En el mismo periódico vienés se destacaría que Beethoven cosechó el aplauso unánime del público.

Al día siguiente fue solista invitado en un concierto benéfico organizado por Constanza, la viuda de Mozart en el mismo Burgtheater. Durante el intervalo de la versión concertante de La clemenza di Tito, Beethoven tocó una de sus composiciones preferidas, el Concierto para piano en re menor KV 466 de Wolfgang Amadé Mozart, y lo hizo con tanta pasión y con cadencias tran brillantes que dejarían asombrado al público. Así siguieron otras presentaciones en la pequeña Redoutensaal, entre otras, en una Academia de Joseph Haydn. La alta sociedad se reunía en esos conciertos y Beethoven aprovechaba la oportunidad para presentar una nueva obra, en este caso el Concierto para piano en do mayor opus 15.

La estrategia de Beethoven era la de ganar perfil en los primeros años, sobre todo como pianista e improvisador. No era facil. La competencia era extremadamente dura y él consideraba enemigos mortales a algunos de sus colegas, tal como escribiera en una oportunidad. Pero pudo llegar rápidamente a la cima de la pirámide de pianistas y muy pronto estaría maduro el momento para presentarse como compositor ante el público vienés.

A comienzos de 1795 Beethoven y su mecenas y agente artístico, el príncipe Karl von Lichnowsky, chambelán de la corte imperial austríaca, creían que ese instante había llegado ya. Tras estudiar con Haydn y con Johann Georg Albrechtsberger, Beethoven creía tener los conocimientos necesarios para lanzarse como compositor libre, y Lichnowsky consideraba que el riesgo financiero era perfectamente soportable. Fue así que decidieron presentar al público un ciclo de tres Tríos para piano que además llevarían el significativo número uno de opus para darles un nuevo y mayor peso, pasando raya a las composiciones anteriores.

Lichnowsky organizó algunos ensayos en su propia residencia para que Beethoven pudiera introducir las última correcciones a las partituras, y los días 3, 13 y 16 de mayo, es decir pocas semanas después de los exitosos conciertos en el Burgtheater, se publicaban en el Wiener Zeitung los llamados a suscripciones para los nuevos Tríos. La resonancia fue tremenda ya que el 19 de mayo había suficientes abonos. Los Trois trios pour le Pianoforte, Violon et Violoncelle (…) par Louis van Beethoven. Œuvre première aparecerían impresas el 21 de octubre de 1795.

El contrato entre la editorial Verlag Artaria & Comp., y Beethoven repartía las ventajas de forma desigual. El compositor asumía el riesgo total. Los ingresos cubrían los costos tan solo a partir de la venta del ejemplar número 35. Gracias al apoyo del príncipe Lichnowsky, quien movilizó a toda la nobleza de Viena como si se tratara de una acción benéfica, se pudo superar ampliamente esa cantidad: no menos de 123 aristócratas suscribieron (en algunos casos varias veces). Lichnowsky dió el ejemplo y adquirió 20 del total de 245 ejemplares vendidos, de modo que al final quedaron para Beethoven más de 700 gulden de ingresos, en aquel entonces era el salario anual de un funcionario medio. El compositor, tal como era habitual en el siglo XVIII, tuvo que ceder por un tiempo los derechos de la obra.

El Trío fantasma fue publicado en 1809 junto con el Trío para piano opus 70,2. Beethoven los escribió en el verano de 1808 durante una estancia en la finca Floridsdorf de la condesa Marie von Erdődy, su mecenas, a quien los dedicó. En esos tiempos completaría también su Quinta sinfonía y la Sexta sinfonía Pastoral. Tras terminar estos dos tríos para piano, comenzó en el otoño de 1808 con los esbozos para la Fantasía Coral op.80, precursora del famoso movimiento final de su Novena Sinfonía.

En el primer movimiento, Allegro vivace e con brio, el tono sedoso del violonchelo de Kian Soltani aumenta en unos pocos compases desde cero al máximo deseado. Es una secuencia tormentosa ascendente y descendente. El entendimiento al unísono con Michael Barenboim es igualmente seductor. El oyente entra en trance, mientras el violín y el violonchelo se deslizan hacia lo intemporal sobre el piano (muy silencioso), como si Beethoven hubiera intentado una incursión en el misticismo.

El nombre de Geistertrio se debe a Carl Czerny, alumno de Beethoven, quien en 1842 escribiría que ese movimiento medio le evocaba la primera aparición del fantasma en Hamlet (William Shakespeare). El carácter de ese Largo, muy lentamente interpretado, es fantasmal, como una aparición del inframundo. Según el musicólogo Martin Gustav Nottebohm, Beethoven diseñó un coro de brujas para una composición de ópera planificada con la tragedia de Shakespeare Macbeth como modelo, en paralelo a la composición del trío.

Con el Presto final en re mayor, el trío vuelve a un estado de ánimo distendido. Según Hermann Swietly, este movimiento es la reverberación de los gestos conmovedores del movimiento intermedio en campos llenos de luz; una espléndida y brillante conclusión, no empañada por nada, para una obra que no tiene igual en la historia de la música. Es más que recomandable este precioso concierto, una joya en todas sus alternativas sonoras y visuales.

Notas

Berlín, jueves 5 de diciembre de 2019. Pierre Boulez Saal (antes de la epidemia del coronavirus) y Berlín, domingo 23 de agosto de 2020 en el canal de televisón Arte, desde la residencia privada de Daniel Barenboim en el distrito berlinés de Dahlem (en medio ya de la pandemia por el COVID-19). Ludwig van Beethoven, Trío opus 1,1, Trío opus 1,2, Trío opus 1,3, Trío opus 70 Geistertrio. Daniel Barenboim (piano), Michael Barenboim (violín), Kian Soltani (violonchelo). Homenaje a Ludwig van Beethoven en el 250º aniversario de su nacimiento. 100% del aforo en la sala Pierre Boulez.

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