España - Madrid

Granada sin luz

Germán García Tomás

jueves, 5 de noviembre de 2020
Madrid, domingo, 18 de octubre de 2020. Teatro de la Zarzuela. Granada. La Tempranica. Zarzuela en un acto y tres cuadros. Música: Gerónimo Giménez. Libreto (cantables): Julián Romea. Diálogos: Alberto Conejero. Adaptación musical: Miquel Ortega. Dirección musical: Miguel Ángel Gómez-Martínez. Dirección de escena: Giancarlo del Monaco. Escenografía: William Orlandi. Vestuario: Jesús Ruiz. Iluminación: Vinicio Cheli. Coreografía: Nuria Castejón. Reparto: Nancy Fabiola Herrera (María), Rubén Amoretti (Don Luis), Ruth González (Grabié), Gustavo Peña (Don Mariano), Gerardo Bullón (Don Ramón), Miguel Sola (Mr James), Ricardo Muñiz (Zalea), Andrés Merino (Juan), María Luisa Corbacho (Salú), Jesús Méndez (gitano). Papeles hablados: Jesús Castejón (Gerónimo Giménez), Carlos Hipólito (Manuel de Falla), Juan Matute (Julián Romea). Coro del Teatro de la Zarzuela. Director: Antonio Fauró. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Ocupación: 55%
Granada: Tempranica y Vida Breve © 2020 by Teatro de la Zarzuela

No hacía demasiada falta que nos recordaran que la génesis inspiradora de la ópera La vida breve de Manuel de Falla, estrenada en Niza en 1913 aunque inicialmente prevista para ser presentada en el concurso organizado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1905, surge de la zarzuela en un acto La Tempranica de Gerónimo Giménez, que subió al escenario del Teatro de la Zarzuela en 1900 (ambas obras iban a ofrecerse en la misma función en el citado coliseo como inauguración de temporada pero se han representado en días alternos). Alberto Conejero no es de la misma opinión, pues para este título idea un diálogo entre los dos compositores personificados por dos veteranos de la interpretación actoral como son Jesús Castejón y Carlos Hipólito, reemplazando así las partes habladas del libreto de Julián Romea -el tercero en discordia pululando sobre el escenario y contando torpemente parte del argumento-, y que nos presenta la consabida admiración del compositor gaditano por la partitura escénica del sevillano, así como la determinación que eventualmente lo empujó a escribir su drama lírico tras haber escuchado la zarzuela ambientada en Granada. 

Esta conversación, completamente ficticia, nos sitúa durante un ensayo de la propia obra (que nos evoca de lejos la polémica versión de Lluís Pasqual de Doña Francisquita de Amadeo Vives), y nos ofrece la imagen de un apocado Falla frente a un Giménez veterano hombre de teatro, hastiado del éxito circundante del género frívolo que iba imponiendo sus códigos estéticos en la escena lírica española de principios del siglo XX que anima al joven Don Manuel a buscar el éxito en París. Estos parlamentos se incrustan mientras asistimos a la sucesión de los números musicales de La Tempranica, que en cierto momento se ven afectados por la entraña escénica que definía al concepto de La vida breve.

Porque siguiendo los criterios de Giancarlo del Monaco, la escenografía de William Orlandi anula de un plumazo el colorido y la luz propias de la ambientación granadina y hace cantar a la protagonista, la gitana María, su famosa romanza 'Sierras de Granada' entre el claustrofóbico paisaje de los paneles granas que pudimos ver un día antes en la ópera de Falla, cuando ese espléndido instante es de auténtico regocijo, tanto dentro del personaje como en todo lo que le rodea. De nuevo aquí la figura del cantaor flamenco (que comparte ambas piezas escénicas) trae cierto clima espectral, pues en su episódica aparición cantando la nana se le confiere un halo demoníaco, justo segundos antes de que la vendedora de canastos le haya colocado una corona de espinas a María, con lo que la utilización de los símbolos cristianos persiste en esta propuesta. 

La Tempranica tolera bastante mejor la reducción de plantilla orquestal que La vida breve, y en ese sentido, Miguel Ángel Gómez-Martínez extrae todo el jugo a una partitura deliciosa de principio a fin, recreándose hasta el detalle en momentos como el soberbio y de impecable factura intermedio (a ritmo de vals) que nos sorprende por la excesiva ralentización del tempo mientras los figurantes acumulan los restos de los paneles escenográficos sobre el cuerpo tendido de María.

Una gitanilla a cuya defensa apasionada se entrega con determinación en el primer reparto la mezzosoprano canaria Nancy Fabiola Herrera -toda una habitual en este teatro-, con unos medios vocales que siguen teniendo una gran presencia y que explotan el componente expresivo del personaje. Al barítono Rubén Amoretti, correcto como un ebrio Don Luis de voz densa, apenas le da tiempo a exhibirse. A los demás integrantes del reparto les pasa tres cuartos de lo mismo en sus fugaces intervenciones cantadas (la única que destaca es la de una estupenda Ruth González interpretando a un travieso Grabié con su aligerada “tarántula” de leve comicidad), pues la desaparición del texto hablado de Romea les priva de todo lucimiento actoral.

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