Italia

Kaufmann con toque de queda

Jorge Binaghi

lunes, 9 de noviembre de 2020
Milán, jueves, 22 de octubre de 2020. Teatro alla Scala. Concierto de cámara. ‘Lieder’ de Schubert, Beethoven, Mozart, Silcher, Mendelssohn, Schumann, Liszt, Grieg, Bohm, Zemlinsky, R.Strauss, Brahms, Dvorak, Chopin/Melichar, Chaicovsky, Wolf, Mahler. Jonas Kaufmann, tenor, y Helmut Deutsch, piano.

Fue el último concierto vocal antes del nuevo y más o menos inesperado cierre de la Scala. Claro que había indicios. Por ejemplo, tras la vuelta a la actividad en septiembre y primeros de octubre con ballets, conciertos, recitales, un Requiem de Verdi en el Duomo cercano, y representaciones no escénicas de La Traviata y Aida empezaron los problemas. Por ejemplo, el lunes anterior a este concierto yo debía haber asistido a la última de Aida, pero con Kaufmann como Radamès en lugar de Francesco Meli, que había dado positivo al virus de las narices. Finalmente, visto que otro miembro del reparto también lo era, se puso al resto en cuarentena (no a Chailly, que ensayaba su concierto y disco con Netrebko), y se cambió por un concierto (al que no pude asistir y lo lamento) con fragmentos sinfónicos y vocales de óperas dirigido por Luisi con Kaufmann de estrella invitada, y sobre todo con varios momentos de La Bohème que se estaba ensayando (iba a ser la primera con el montaje histórico de Zeffirelli adecuado a las circunstancias, pero ya no lo será) y algunos de sus intérpretes principales: Anita Hartig (Mimì), Aida Garifulina (Musetta) y Mattia Olivieri (Marcello), mientras Kaufmann cantaba un Rodolfo que probablemente ya no cante más en situaciones normales.

El divo se exhibió luego en Bologna con un programa lírico que seguramente habría hecho las delicias del público milanés como parece haber sido en el nuevo espacio fuera del Comunale de Bologna (que pese a ello no logró evitar tampoco el cerrojazo). De paso, Italia y España, y en general Europa, parecen haberse beneficiado del cierre total por el resto del año en Norteamérica. No me parece mal, y ciertamente el público que acudió a la Scala en esta ocasión lo hizo sobre todo por el nombre del cantante (había una buena entrada, pero no la que había logrado el día anterior el concierto de Netrebko, reseñado el pasado martes 3), pero si nos quejamos de que los cantantes más jóvenes se ven especialmente golpeados por la crisis que provoca en el sector de la música clásica la dichosa pandemia podríamos darles algunas oportunidades más y seguramente con cachets más modestos … pero dejemos este tema aunque tal vez sería más interesante hablar de ello que reseñar un concierto. 

Como decía, el público (en particular el italiano, pero no sólo) acude a un concierto de cámara de un gran nombre de la lírica con la remota y secreta esperanza de obtener al menos un aria de ópera (recuerdo un Viaje de invierno en el Liceu en el que a Kaufmann se le solicitó a voz en cuello ‘ópera’, como si se hubiera escuchado música de escasa calidad y ‘fácil’, o, en el Palau de la Música, los comentarios rabiosos de algunos fans del dúo Damrau-Kaufmann tras un magnífico Libro de canciones italianas porque era todo en alemán y ella no había hecho ninguna coloratura y él ningún agudo, aunque las señoras le perdonaban su incipiente barriga porque lo hacía más guapo -vaya nivel).

Lo malo es cuando críticos y entendidos se lamentan de que este programa haya sido monótono y poco comprometido. Kaufmann, que habló en un italiano muy suelto y dialogó un par de veces con el público (sabe cómo conquistar a una platea), explicó que esto iba de ‘dulzura, amor y soledad’: o yo me equivoco o esto no es monótono, de poco compromiso, y sí en cambio ideal para este momento absurdo que vivimos como podemos y nos dejan. Es cierto que era una especie de presentación informal del cd que Kaufmann y su pianista, amigo y ex profesor predilecto, Deutsch, habían ido grabando durante el (¿primer?) confinamiento y por lo tanto no hay demasiadas ‘rarezas’ y sí piezas conocidas o conocidísimas y no hay orden temático ni cronológico y algunos autores (Schubert, Strauss y Schumann) aparecieron separados (a veces, demasiado). Pero eso tiene, me parece, también su encanto frente a los programas formalmene serios (a veces en exceso) que se nos proponen.

También aparecieron los ‘peros’ a la técnica del cantante (en especial sus medias voces blanquecinas y en camino de ser -cuando no lo son directamente- falsetes). Curioso, pero no oigo casi nunca nada de esto (a lo sumo se habla de ‘técnica sui generis’ o ‘heterodoxa’) cuando canta ópera, en particular latina, y que es cuando a mí más me molesta. Por el contrario lo he preferido siempre en el territorio del lied (alemán, por supuesto) donde los engolamientos o no existen o no se notan tanto y esos piani que pueden sugerir amaneramiento (o incapacidad de afrontar algunos agudos como se debe) en el mundo de la ópera están justificados por el texto, la música y/o por la tradición interpretativa en este terreno. La voz sonaba más oscura (de modo natural y no ficticio como a veces ocurre en los papeles más pesados que suele encarnar en el escenario), con buenos centros, y es cierto que con alguna aspereza en el timbre, que aquí por lo menos no sólo no (me) daba fastidio sino que servían para la expresividad. Es cierto que de casi todos los números he escuchado versiones mejores (pero hete aquí que a mí las voces ideales para la música de cámara me parecen por ese orden la soprano, el barítono y la mezzo -los dos primeros empatados), pero también es cierto que todo lo hizo bien aunque obviamente me parece mayor la afinidad con el mundo de Richard Strauss, Mahler o Wolf, que con el de Schubert o Mozart (Brahms y Schumann estarían en zona intermedia).

Pero cuando se tiene a todo un Deutsch (y no a un amigo y director de orquesta mediocre para los conciertos operísticos) los resultados de por sí buenos suben de categoría. Por eso quiero señalar algunos momentos: por raros (Friedrich Silcher, ‘Ännchen von Tharau’, Carl Bohm, ‘Still wie die Nacht’, Zemlinsky -hoy por fortuna algo menos raro- ‘Selige Stunde), por archiconocidos y muy bien cantados (cito sólo algunos): ‘Adelaide’, ‘En alas del canto’, ‘Es muss ein Wunderbares sein’ de Liszt, ‘ Ich liebe dich’ de Grieg -retomando la tradición, que hoy puede parecer anticuada pero se siguió durante tanto tiempo, de cantar los autores eslavos o nórdicos en su traducción alemana-, ‘Canciones que me enseñó mi madre’ -seguramente el número individual más aplaudido ya que puntualmente se aplaudió tras cada canción y nadie se escandalizó, todos los Schubert que hizo, incluyendo, por supuesto ‘Die Forelle’). Y si bien ‘Nur wer die Sehnsucht kennt’ de Chaicovski fue, personalmente, lo menos interesante, cómo no citar, al menos, ‘Mondnacht’ de los dos Schumann, los dos Strauss, ‘Zueignung’ y ‘Allerseelen’ -tan apropiado para estos días-, lo difícil que para una voz masculina es la ‘canción de cuna’ de Brahms, bien resuelta aunque no memorable, el ‘Verschwiegene Liebe’ de los dos Wolf, y, cómo no, el único Mahler que concluía el programa oficial, ‘Ich bin der Welt abhanden gekommen’, realmente notable.

Con el primer día de toque de queda, ambos intérpretes nos hicieron saber que el programa se haría sin pausa (cosa de agradecer, también por el esfuerzo extra) y ante los aplausos concedieron dos bises en alemán y dos en italiano, ‘Ombra di nube’ de Refice (que ya había cantado con orquesta hace cinco años, pero pocos se acordaban) y una aplaudidísima versión de ‘Catarì …. Core ´ngrato’, para mi gusto algo recargada en el gesto y en el énfasis vocal.

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