Finlandia

Ópera en tiempos de COVID (III): Covid fan tutte

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 11 de noviembre de 2020
Helsinki, viernes, 16 de octubre de 2020. Ópera Nacional de Finlandia. Covid fan tutte. Opera cabaret en un acto con libreto de Minna Lindgren y música de Wolfgang Amadeus Mozart, Ricardo Wagner y Jan Sibelius. Regie: Jussi Nikkilä. Escenografía: Mark Väisänen. Vestuarios: Erika Turunen. Iluminación: Mikko Linnavouri. Coreografía: Rikka Räsänen. Despina: Karita Mattila. Fiordiligi: Miina-Liisa Värelä. Don Alfonso: Tommi Hakala: Dorabella: Johanna Rusanen. Ferrando: Tuomas Katajala. Guglielmo: Waltteri Torikka. Directora de regie: Sanna-Kaisa Palo. Mozart: Ylermi Rajamaa. Virus Covid: Natasha Lommi. Orquesta de la Opera Nacional de Finlandia bajo la dirección de Esa-Pekka Salonen

Quienes se han visto forzados a sonreír con los modestos videos de parodias de ópera hechos en casa durante el primer encierro de la pandemia, pueden ahora soltar alguna que otra carcajada espontánea con Covid fan tutte, el original experimento escénico musical que inauguró la temporada 2020-21 de la Ópera Nacional de Finlandia.

Original porque nunca se ha montado un cabaret operístico en tan gran escala como respuesta a la hipocresía  que normalmente acompaña las grandes crisis, sean éstas políticas o sanitarias. Gracias a Covid fan tutte quienes consideramos inaceptable la decisión de bloquear visitas a ancianos abandonados pudimos consolarnos viendo al Ferrando de Tuomas Katajala cantando desde la calle una serenata a la mamá al son de “un aura amorosa.” Y los que se indignaron ante la pretensión encerrar septuagenarios con la excusa de protegerlos tienen finalmente una oportunidad de reírse con el nuevo texto que ensayado por Despina de Karita Mattila para acompañar y actuar la partitura de “Una donna a quindici anni”: al comienzo vemos una viejecilla apoyada en un andador quejándose de las miradas de bronca e indignación que recibe cuando sale a la calle. Pero en el rondó Mattila se transforma: anuncia que no quiere ni el celibato ni que la protejan. Y para demostrarlo se toma una vodka, aspira una línea de cocaína y termina bailando una pole dance con la ayuda del farolito que iluminó la serenata de Ferrando y un fondo de cielo estrellado. Es este el momento escénico mas poético de una espléndida escenografía.

El plan de la Ópera de Finlandia era montar una Walkiria que ahora debe postergarse por lo menos hasta enero. Es por ello que la farsa que reemplaza estos planes comienza con el preludio al acto primero de la obra wagneriana, pero enseguida el virus lo descalabra todo: una asistente de escena con aire de matrona aparece para apoderarse del show con instrucciones de cambiar Wagner por Mozart, pero con un libreto diferente que al principio enfurece a los cantantes. La mas afectada es la Mattila, que, ella misma nos lo informa, se ha quedado sin trabajo internacional y por ello no le queda mas remedio que volver a su patria para cantar en finés. “¡A ver si todavía pueden leer en este idioma! ¡Y agradezcan que todavía tienen trabajo!” les lanza sardónicamente la asistente de regisseur a estos cantantes tan ensoberbecidos en su capacidad de expresarse en alemán o italiano.

El mayor acierto creativo de esta farsa se debe a la efectividad con que los textos alternativos de Minna Lindgren sincronizan con la vena cómico-dramática mozartiana. En los tres tríos de la escena inicial, Ferrando y Guglielmo aseguran que el virus no llegará a Finlandia, antes que Don Alfonso les advierta que es hora de discutir sobre las alternativas de inmunidad de rebaño, encierro o cuarentena. Y en lugar de “Una bella serenata” los dos amantes reafirman su decisión de combatir la amenaza con un consenso social bravuconamente decidido a apoyar una acción gubernamental que se convierte en centro de toda la parodia: “Sento oh Dio!” es aquí cantado con cada solista detrás de un podio, a la manera de esas ruedas de prensa de gobernantes y expertos que desde hace ocho meses nos vienen hartando con su lastimoso exhibicionismo de asertividad e ignorancia. La ridiculez de las instrucciones gubernamentales se acentúa cuando en lugar de “Di scrivermi ogni giorno” recibimos instrucciones similarmente balbuceantes: “trabajen en su casa, cierren las escuelas, no viajen al exterior, cuiden a los viejecillos”, etc. En respuesta, el coro de una masa encerrada detrás de sus computadoras canta a través de un masivo Zoom, no “alla gloria militar”, sino con la marcialidad propia de un rebaño: “¡Salud pública por encima de todo! ¡A comprar papel higiénico y gelatina de manos! ¡A cerrar las fronteras!”

Y así sigue esta mozarteanísima parodia, con Despina disfrazada de médico administrando la vacuna antivirus y luego, como el escribano Beccavivi, quejándose de no poder conseguir la mano de obra barata de trabajadores extranjeros y sosteniendo la necesidad de estímulos financieros. También irrumple La flauta mágica con un Papageno con la boca tapada por una máscara en lugar de un candado. Y al mismo Mozart se lo ve ocasionalmente fastidiado en el gigantesco Smartphone al fondo de la escena. También se llama Mozart el despistado pianista que quiere acompañar los recitativos tocando temas de Carmen y hasta Finlandia, en un clavecín presidido por el busto del compositor enmascarado.

Pero el personaje principal es, claro está, el Coronavirus representado por las luces rojas que anuncian su presencia ya al comienzo de la acción televisada y una bailarina de rojo distribuyendo rosas del mismo color. Mudo como el virus también pero también factótum de la función, es un Esa Pekka Salonen sensible, concentrado, y también blanco de las admoniciones de la genial asistente de regie protagonizada por Sanna-Kaisa Palo.

Entre las transcripciones al virus de otros fragmentos mozartianos (no faltan por supuesto el Comme scoglio! y Smanie implacabile) uno de ellos se destaca por la negrura de su humor: disfrazado de esquiador, Alfonso anuncia que muchos son los fineses que traerán el virus desde los Alpes. Lo hace en una reinterpretación  del aria del catálogo de Don Giovanni, donde enumera el número de víctimas en otras comarcas. Sí, hasta aquí llega este cabaret que, todos creemos, perderá sentido en algunos meses más, pero que hoy ayuda a artistas y público a vacunarse con ese remedio que Margaret Boveri describió con convicción tan desafiante en su diario sobre el final de la segunda guerra y la invasión soviética en Berlin: “Ni siquiera en los momentos más difíciles nos olvidamos de reírnos.”

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.