Ópera y Teatro musical

La última palabra

Enrique Sacau

viernes, 13 de noviembre de 2020
Tosca. Cartel del Teatro Constanzi, 1900 © Wikipedia

Hasta hace poco tiempo no había pensado en quién se lleva el gato al agua en las óperas. Hay finales famosos, desde luego. Violeta es el primer personaje lírico que se muere como casi todos nosotros, de enfermedad. Ni la matan, ni se suicida, ni se muere por el disgusto por una pérdida: tiene una enfermedad normal y corriente y se muere. Y Verdi le da la última palabra.

Tosca salta desde Castel Sant’Angelo y se hace papilla contra el pavimento romano, no sin antes haber lanzado un reto a Scarpia que se ha de dirimir en el más allá, ante la mirada implacable de Dios. Están las últimas palabras sublimes, como las de Isolda o Brunilda, que se preparan para enfrentar un destino de gloria inmarcesible.

Es más complicado cuando el asesino tiene la última palabra. Sansón, el terrorista suicida, invoca a Dios para derrumbar el templo de los filisteos. Don José mata a Carmen y disfruta de un último momento de redención en el que declara su amor por la mujer cuya vida ha segado. Bizet convierte su acto repugnante en una acción romántica. Parece que le duela más a él que a ella. Carmen no es una ópera para niños.

Es compleja Salomé. Si bien Herodes dice las últimas palabras al ordenar su muerte, es ella la que se ha pasado los últimos 15 minutos explicándonos cuál es el sabor del amor. Compleja, claro, porque Salomé es de nuevo un personaje más normal de lo que parece y cuya fantasía se nos presenta como una aberración, histérica, loca, parecen decirnos, como solo puede estar loca una mujer. ¿Alguien puede decirme que Herodes sea menos perverso que ella? Pero el retorcido, peligroso poder de la ópera, de nuevo, intenta convencernos que la pasión de las mujeres es más peligrosa que los hombres con su enorme poder.

Pero el final de ópera que más me ha perturbado es el de Electra. Es una ópera que sufre, como Salomé, a manos de puestas en escena misóginas. La mayor parte de los escenógrafos nos muestra a Electra y a Clitemnestra como dos locas de atar, y a Crisotemis como la única fémina que intenta ser “normal”. Normal, en este contexto, se define como una mujer que quiere un hombre en su vida (como Liù).

Hay muchas escenografías así. La mejor que he visto entre las misóginas es la de Harry Kuper en Viena, justificada quizás porque se trataba de 1990. La más reciente de este estilo quizás sea la de Krzysztof Warlikowski, que, incomprensiblemente en estos tiempos de #metoo, logró representarse este verano en Salzburgo.

La que afortunadamente escapa a este estereotipo por excelencia es la de Patrice Chereau para Aix. Chereau muestra a las tres mujeres como personas perfectamente sanas.

Más allá de las escenografías, lo cierto es que el final de Electra es problemático. Esta pobre chica se pasa la vida esperando por la venganza contra su madre y padrastro por haber matado a Agamenón, su padre. Guarda el hacha del crimen y sueña con el retorno de su hermano exiliado, Orestes, para que ejecute la venganza.

Cuando se produce, Electra está en éxtasis y lo celebra con un vals al final del cual explica que una felicidad así solo se puede conmemorar bailando en silencio. Es el triunfo de Electra, de su venganza. Y ahí se podía acabar la película, si no fuese por la aparición de la hermana “buena”. O sea, la que quiere ser clase media, Crisotemis quien, tras un abrupto cambio de clave, exclama “Orestes! Orestes!” antes de que el tema de Agamenón cierre la ópera. Este tema musical, que abre la ópera, deje de pertenecer a Electra. Quizás nunca le ha pertenecido. Crisotemis tiene la última palabra.

Electra, loca como la representan los machistas o sana como la representa Chereau, no es sino un vehículo para una disputa política dinástica, una resolución a la sucesión al trono que se había saltado el orden pre-establecido. Electra no es nadie: su hermana quiere una boda del ¡Hola! Su hermano, el trono de Tebas. Todo ha sucedido en la cabeza de Electra, su vida es un fracaso. Su anhelo de venganza, fruto de un genuino amor filial, no importa nada comparado con la neurosis burguesa de su familia.

La futilidad de Electra. Su impotencia. Que su padre Agamenón no sea, en fin, un padre sino un Rey. Que Crisotemis tenga la última palabra. Me deja siempre hecho polvo.

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