España - Galicia

Más que un premio de consolación

Alfredo López-Vivié Palencia

martes, 10 de noviembre de 2020
Santiago de Compostela, miércoles, 28 de octubre de 2020. Auditorio de Galicia. Taller Atlántico Contemporáneo. Diego García Rodríguez, director. Anton Bruckner: Sinfonía nº 7 en Mi mayor (arreglo de cámara de Hanns Eisler, Erwin Stein y Karl Rankl).
Diego García Rodríguez © by Acivros Studio

Cien años después de su estreno, las obras originales de Arnold Schoenberg siguen sin gozar del favor general del público (y de los músicos). No así sus arreglos de composiciones ajenas -que tienen plena vigencia-, tanto los propios (desde el Cuarteto con Piano de Johannes Brahms hasta el Vals del Emperador de Johann Strauss), como los de sus discípulos. Parece ser que en 1920 Schoenberg tenía prisa por presentar en su “Sociedad musical privada” la Séptima Sinfonía de Anton Bruckner, y ante el tamaño de la pieza encargó la reducción a dos jóvenes veinteañeros -Hanns Eisler (compositor que más tarde se separó del dodecafonismo y cuyo nombre aún mantiene uno de los conservatorios de Berlín), y Karl Rankl (director de orquesta que puso orden artístico en el maltrecho Covent Garden de la posguerra, hasta que regresó el Baronet Beecham con su genio y con sus dineros)-, y al más veterano Erwin Stein (profesor, director, y accionista de la editorial Universal, a quien debemos también una adaptación para 15 instrumentos de la Cuarta Sinfonía de Gustav Mahler).

Los tres se repartieron el trabajo y decidieron instrumentar la Sinfonía para quinteto de cuerda, flauta, clarinete, trompa, armonio, piano a cuatro manos y timbales. A pesar de ello, la premura de Schoenberg se reveló desgraciadamente fundamentada, y su Sociedad se disolvió por problemas financieros antes de poder presentarla. Su estreno no tuvo lugar hasta el año 2000 en Viena. Ignoro si se había hecho antes en España, pero para mí fue todo un estreno –y todo un descubrimiento y toda una felicidad- que el Taller Atlántico Contemporáneo (formación de carácter estable y plantilla variable, entre cuyos miembros hay músicos de las dos orquestas gallegas) decidiese celebrar su décimo aniversario tocando este arreglo en el Auditorio de Galicia. 

Cierto que esta noche el armonio fue sustituído por un acordeón y al piano le faltaron dos manos, lo cual hizo que el ya endeble peso armónico que recae en esos dos instrumentos sonase aún más endeble. Pero igualmente cierto es que Diego García Rodríguez y sus once músicos se dejaron la piel para ofrecer una interpretación “auténtica” de la obra, en el sentido más bruckneriano del término. Antes de nada, dejen que se los presente en orden pentagramático, porque todos merecen mención de honor: Luis Soto (flauta), Saúl Canosa (clarinete), Alfredo Varela (trompa), José Vicente Faus (timbales), Nicasio Garadaille (piano), Vadzim Yukhnevich (acordeón), Ludwig Dürichen (violín I), Nazaret Canosa (violín II), Ioana Ciobataru (viola), Álvaro Quintanilla (violonchelo), y Alfonso Morán (contrabajo).

La autenticidad de la interpretación se basó en que todos los que estaban en el escenario hicieron gala del principal requisito necesario para tocar –y escuchar- esta música: la paciencia. Como el arreglo en sí no es demasiado imaginativo sino que más bien se trata de una reducción, piensen ustedes lo que significa que cada uno de los miembros de las cinco cuerdas tuviese que representar a tantísimos instrumentos de su familia: pues lo hicieron, gracias a una dirección claramente afín a la obra de Bruckner, y que se traduce en un aliento calmado pero firme en la línea melódica y el juego de voces, sabiendo dónde está el protagonismo en cada momento y cuidando de mantener las proporciones. Claro que las cimas corales sonaban a poco (además, acordeón y piano se mantuvieron en dinámicas discretas), pero el poderoso espíritu que las habita se hizo presente. Los dos primeros movimientos se dieron con toda su amplitud de tiempos (qué bien construída la larguísima conclusión del Allegro inicial, apoyada en el timbal; qué emoción contenida de la trompa en el recuerdo fúnebre de Wagner en el Adagio), aunque García Rodríguez fue lo bastante inteligente como para no forzar las transiciones –que con semejante plantilla devienen fácilmente quebradizas-. El Scherzo se tocó nervioso, pero con el pulso justo. Para el Finale el director –con buen criterio, en mi opinión, porque es de lejos lo más flojo de la obra- optó asimismo por hacerlo ligero.  

También hubo paciencia bruckneriana en el público –seguimos siendo treinta y ni uno más, a pesar de que el Auditorio es un lugar seguro (esta noche la paridad numérica estuvo entre los músicos y el personal de la casa, a cuya labor igualmente se debe reconocimiento). Más que paciencia, concentración y respeto correspondidos con lo que se nos regalaba desde la escena (como dicen en Zaragoza, todos guardamos el mismo silencio que el Ebro al pasar ante El Pilar). Mientras aplaudíamos al terminar, pensé para mis adentros cuánto me gusta Bruckner con setenta cuerdas, maderas a cuatro, docena y media de fanfarrias, y timbalería reforzada –y en la Séptima platillazo, faltaría más-; al mismo tiempo, no podía dejar de agradecer el milagro de estos músicos, que consiguieron que me olvidase de ello durante sesenta magníficos minutos.

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