España - Galicia

Un servicio esencial

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 13 de noviembre de 2020
Santiago de Compostela, jueves, 5 de noviembre de 2020. Auditorio de Galicia. Olga Syniakova (mezzosoprano), Alicia Amo (soprano), Beatriz de Sousa (soprano). Coro de la Orquesta Sinfónica de Galicia (Joan Company, director). Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Christoph Willibald Gluck: Orfeo y Eurídice (versión en lengua francesa de 1774, revisada por Héctor Berlioz en 1859).
Olga Syniakova © 2020 by Amigos de la ópera de Santiago

No soy nada partidario de las arengas extramusicales desde el púlpito de una sala de conciertos. Pero siempre hay una excepción, cuánto más en medio de una situación excepcional. Paul Daniel arrancó la función lanzando tres mensajes en un muy correcto gallego: primero, es posible hacer una función de ópera observando las medidas de seguridad ordenadas por las autoridades (no sólo se trata de mascarillas y distancias, sino de pantallas para los cantantes a fin de no propagar aerosoles, y sobre todo el milagroso ensamblaje en tiempo y modo de las intervenciones del coro, grabadas previamente en un estudio coruñés y proyectadas al fondo del escenario); segundo, todo esto es posible gracias al trabajo de músicos, técnicos, y personal administrativo; y tercero, el agradecimiento a todos por hacerlo posible radica en que para ellos es “un trabajo esencial” (léase reivindicativamente en el actual contexto legislativo). Daniel tiene toda la razón, y por eso fui el primero en aplaudir sus sabias y enérgicas palabras.

En la carátula de las partituras que sostenían en sus manos los miembros del Coro de la Sinfónica de Galicia no se veía el nombre de Gluck, sino el de Berlioz, quien revisó el estreno francés de Orfeo y Eurídice a la luz del original vienés de 1762 (y adaptando el papel protagonista para la célebre Pauline Viardot). Gluck y Berlioz tenían muchas cosas en común: no sólo fueron pioneros en el arte de la dirección de orquesta, sino que ambos tenían un carácter muy fuerte a la hora de ensayar sus respectivas obras, exigiendo de sus músicos una entrega absoluta a la vez que una musicalidad exquisita (el caso de Gluck era particularmente llamativo: en su imprescindible libro The Great Conductors, Harold Schonberg cuenta que los músicos demandaban doble jornal para trabajar con Gluck; y éste también se quejaba diciendo que deberían pagarle en los ensayos el doble de lo que le pagasen por la obra; el caso es que las refriegas llegaban al punto de que, a veces, el mismísimo Emperador tenía que mediar).

Estoy bien seguro de que ni Joan Company ni Paul Daniel tuvieron que recurrir a métodos tiránicos para conseguir de sus respectivas formaciones esa entrega absoluta y esa musicalidad exquisita. No le hacía a Daniel tan cómodo en este repertorio, pero quedó claro que lo entendía y lo gozaba (Daniel es un director de gesto muy expresivo, de modo que no puede disimular cuándo está disfrutando de lo que hace, y más si lo que suena se corresponde con su buen hacer), y lo que se transmitió al público fue pura elegancia: el equilibrio de las voces de la orquesta (Orfeo y Eurídice le sienta como un guante a la Real Filharmonía) y del coro (todos cantando con mascarilla y provistos de auriculares), una y otro estupendamente empastados (la amplificación del coro sonaba casi con la misma naturalidad como si estuvieran presentes en la sala); la delicadeza para crear ambientes sin caer en efectos facilones; la aireación de los finales de cada número para prolongar su belleza en el silencio.

Es decir, la ucraniana Olga Syniakova se encontró con un envoltorio sonoro ideal para cantar a placer: no tiene una voz grande (ni falta que hace en esta obra, aunque en la parte más baja de su tesitura se queda algo corta de fuelle), pero es bonita de color y sabe proyectarla; dio su aria al final del primer acto con tal energía –y con tal virtuosismo- que el propio Daniel interrumpió la función para aplaudir; en la famosa “Chè farò senza Euridice” (esta noche “J’ai perdu mon Eurydice”) consiguió transmitir la frustración del personaje sin necesidad de languidecer ni en tiempo ni en espíritu. La burgalesa Alicia Amo mostró una voz joven (porque lo es) pero bien educada –es soprano, pero también violinista-, y además sabe actuar para desvanecerse y para revivir; igualmente bien estuvo la lisboeta Beatriz de Sousa en sus breves intervenciones “cupídicas”. Además, las tres exhibieron una excelente pronunciación de la lengua francesa, y supieron dar todo su valor a las “es” átonas al final de las palabras, ésas que en el lenguaje hablado no suenan pero en música sostienen el canto.

Bravas las tres, y bravos orquesta y coro, que así se gritó desde el páramo del patio de butacas. El aforo del Auditorio de Galicia sigue limitado al tres –he dicho tres- por ciento de su capacidad. Es una restricción absurda, ridícula y contraproducente, que conculca el derecho a la recepción de un servicio público tan necesario como el que más (el “streaming” siempre será un mero sucedáneo): dicen los médicos que la predisposición mental y anímica es importantísima en el proceso de recuperación de cualquier enfermedad; y se está privando a la gente de esta parte del tratamiento, que -como recordaba Daniel al principio- para el público también es esencial.

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