Una jirafa en Copenhague

¡¡Para enmarcar María!!

Omar Jerez

miércoles, 11 de noviembre de 2020
Para enmarcar María © 2020 by Julia Martínez Fernández

Una charla, una deliciosa manzanilla y María Cano; creo recordar(o si no tampoco pasa nada, no es un dato que cambie el rumbo de nuestras existencias chic@s) que era sábado cuando ella me expresaba con estupor y cierta decepción que todo lo que había evaluado durante estos tortuosos meses (pandemia, estado de alarma, confinamiento, toque de queda y restricción de horarios) entre el arte plástico y el covid se alejaba completamente de la realidad; una realidad que ella conoce de primera mano, ya que, esta realidad es aún más dolorosa, trágica, aterradora y huérfana de lo que nos han mostrado; lo que creemos saber, especialmente dentro del sector del arte contemporáneo, se queda en un acto naif; un acto onanista que roza lo decorativo y el mal gusto.

He visto tanta, tanta, tantísima mierda que uno tiene la sensación que el arte, en si mismo, no ha ejercido ni un ápice de influencia; ni siquiera para ser molesto o censurado; no, no nos engañemos, Basksy como vocero de las masas (aparte de dar pena) es un artista del sensacionalismo zafio, del establishment para los que no tienen ni puta idea de lo que realmente es arte contemporáneo.

Llevo tiempo buscando un texto reflexivo acerca de todo ésto, con estas mismas características; necesitaba un reloj de maquinaría suiza que desmontara tanta impostura en el arte de la representación. Ansiaba que de una vez por todas, alguien cuestionara la pobreza objetual, conceptual, intelectual, emocional, sensorial (y un largo etc) entre el “arte contemporáneo” y la pandemia global.

Este maravilloso ejercicio de María Cano, merece que lo enmarque y enmarquemos por la brillantez, lucidez y el análisis minucioso que ejerce en cada palabra que ha plasmado en este artículo.

María Cano es Licencia en Bellas artes, enfermera de profesión y profesora de universidad.

¿La insoportable levedad del ser?

Ciertamente tenemos el defecto de definir como insoportable un alto porcentaje de acontecimientos de aquello que llamamos nuestra vida. Si pensamos en el significado de soportar —sostener o llevar sobre sí una carga o peso, tolerar o llevar con paciencia— podríamos concluir que esta situación de pandemia, hasta entonces desconocida para nuestra generación, no podría ser más definitoria del término. Sin embargo, cuando miramos a la caricatura, al retrato que de nuestro tiempo se está haciendo, ¿realmente encontramos el reflejo de una pesada carga?, ¿acaso podemos soportar una levedad del ser, cuando pareciera que la vulnerabilidad no tiene nada que ver con nosotros?

Es más, si la representación mental, es la forma en que representamos la realidad de lo que acontece, tanto a nivel externo como interno, y ésta a su vez, se nutre en parte de las representaciones visuales que nos rodean y de las que nosotros mismos somos partícipes y artífices, ¿cuál sería la sucesión de fotogramas de esta película? Sería interesante entonces reparar en cómo desde el “mundo del Arte”, se viene a construir nuestra idea de la pandemia y la carga de la COVID-19 en nuestra sociedad.

Probablemente, para ajenos al Arte como sector, la imagen que dio la vuelta al mundo fue aquella enfermera convertida en heroína y elevada por un niño realizada por Banksy.

De forma abrupta, pero notoria, como todo lo que el artista hace y vende, la obra llenó medios, haciendo un homenaje a los que en un momento fueron reconocidos como elemento esencial para combatir la pandemia. Un reconocimiento al sector sanitario, con mucho eco y carácter fugaz, como los mismos aplausos que se apagaron cuando regresamos a las calles. Quizás esta ha sido una de las caras más duras de la pandemia, que en ocasiones se ha tratado de reflejar, pero que difícilmente refleja la crudeza de una situación sobrevenida que desbordaba toda capacidad material y humana.

La representación de personas del sector sanitario fue parte de las escenas que, especialmente en redes sociales, se explotaron en su día. Quizás, las más sensibles hacia un eslabón tan fundamental como golpeado.

También se han hecho alusiones a la distancia, a la falta de besos, abrazos, que en un mundo donde en ocasiones los desdeñamos —porque no estaban dentro de una pantalla— se antojaron indispensables. Imágenes de amor aséptico y espacios vacíos que remarcaban nuestra ya, presente soledad. Y en ese mirarnos el ombligo, surgen de igual manera ciertas y vagas reflexiones sobre nuestra sociedad: la idea de libertad sesgada y de cuales son nuestros límites se puede observar reiteradamente en diversas obras. De hecho, lo más evidente parece ser la propia reflexión sobre la vida y los cambios a nivel individual, más allá en el miedo al daño físico (individual, y mucho menos, de la comunidad). Por encima de lo vital, parecemos plantear la amenaza de todo un sistema de bienestar.

Más allá de eso, pocas imágenes que se constituyan como un verdadero reflejo social. Si ya Avelina Lesper, en algunas de sus críticas, apuntaba a un arte que escenifica el “sufrimiento del burgués” (en alusión a Sartre), ¿qué dirá la crítica cuando sus ojos observen obras banales sin trasfondo? (ni preocupación que se extienda de la propia individualidad). Todo el calado de la epidemia parece no haber sido suficiente para que alguien haga una fotografía de esta sociedad maltrecha. No hemos tenido todavía suficiente, para llegar como esta enfermedad nos cambia y nos cambiará. Quizás parte del problema es que ahora somos todos parte del problema; nada que ver con enfermedades que el arte supo reflejar con más juicio y profundidad como fue el VIH. Después de todo, ahora no hay estigma ni marginación. Estamos todos dentro de la moda. Y así, mejor hacer dibujos, esculturas, montajes y videoarte de la mascarilla en sus más diversas y extravagantes variables, presentar las redes sociales y los chats como nuevo documento visual, o bien caer en una “romantización” de la enfermedad, como si volviésemos al siglo XIX y a una falsa metafísica de esto, que nos está ocurriendo, pero que no podemos controlar.

De momento, desde el arte, donde muchas veces definimos nuestras acciones como transgresoras y transversales, las obras se están construyendo, como Pilar Quiroga señala en su artículo Dar un contenido al tiempo, una interpretación arquetipal del arte en la postmodernidad, con una “enorme economía de medios, y una clara tendencia hacía la simplicidad”, quizás por la inmediatez de las acciones, por la sucesión de los hechos que hasta ahora, no da tregua. Quizás esta forma de vivir, y en tanto, de vivir esta enfermedad con todos sus matices que van más allá de lo puramente físico, sea en parte la responsable de obras sin profundas conexiones con el cambio radical que la pandemia está originando.

Las señas de identidad en el futuro, que definan lo que ocurrió desde el mundo del arte, se podrán resumir en mascarillas, manos limpias y soledad (incluso papel higiénico); un retrato aséptico, como bien recomiendan las autoridades sanitarias, que atrás dejó muertos, una profunda crisis y pobreza en un segundo plano. ¿Serán las próximas imágenes que surjan de las manos de Arte Contemporáneo, imágenes qué vayan más allá de la añoranza del estado de bienestar y más un reconocimiento de nuevo estado de incertidumbre?

Sólo añadiré: gracias María, era necesario.

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