Alemania

Masel Tov! Wir gratulieren!

Juan Carlos Tellechea

jueves, 19 de noviembre de 2020
Düsseldorf, jueves, 29 de octubre de 2020. Opernhaus Düsseldorf. Masel Tov! Wir gratulieren!, ópera en dos actos (1975) de Mieczysław Weinberg, en la versión orquestal de Henry Koch (2012), con libreto del propio compositor, basado en la obra de teatro Masel Tov, de Sholem Aleijem, en la adaptación al alemán de Ulrike Patow. Régie Philipp Westerbarkei. Escenografía y vestuario de Heike Scheele. Iluminación Volker Weinhart. Dramaturgia Heili Scchwarz-Schütte. Intérpretes: Fradl, criada (Lavinia Dames), Bejlja, cocinera (Kimberley Boettger-Soller), Madame, la dueña de casa (Sylvia Hamvasi), Chaim, mucamo (Jorge Espino), Reb Alter, librero ambulante (Norbert Ernst). Orquesta Düsseldorfer Symphoniker. Director Ralf Lange. 20% del aforo, reducido por las medidas de las autoridades sanitarias para la prevención de la pandemia del coronavirus
Masel Tov! © 2020 by Lena May Shutterstock

En estos días el crecimiento exponencial de las infecciones por el coronavirus ha comenzado a alcanzar niveles sin precedentes en Alemania, por lo que el gobierno de la canciller Angela Merkel, en acuerdo con los ministros presidentes de los 16 estados federados alemanes (Bundesländer), ha ordenado un confinamiento ( lockdown ) parcial durante noviembre, el segundo dispuesto en este año.

Así que Masel Tov! Wir gratulieren! (¡Felicidades! ¡Congratulaciones!), la excelente ópera en dos actos de Mieczysław Weinberg, es la última que habremos de ver en la Ópera de Düsseldorf por ahora. El que este parón de actividades se extienda más allá del 30 de noviembre, dependerá de la evolución que tenga la pandemia (sindemia), ya que hay temores de que el proceso sea ya muy dificil de controlar o irreversible y, eventualmente, deba ser prolongado sucesivamente, al menos, hasta Semana Santa.

La deliciosa música, interpretada a muy alto nivel por la orquesta de cámara de la Düsseldorfer Symphoniker, dirigida por Ralf Lange, con una esmerada puesta en escena de Philipp Westerbarkei y excelentes solistas, fue aclamada por el público de pie en la sala ocupada al 20% de su capacidad por las referidas medidas de prevención sanitaria.

Es la tercera pieza que hemos presenciado de Westerbarkei en este escenario, después de La Boheme, asi como de Romeo y Julieta, y doy fe de que resulta ser la más sólida de todas. ¡Por fin! Aunque esta ópera carece de la pasión o del humor a los que estamos acostumbrados en la lírica dramática o bufa, hay que reconocer que llega al público con bastante sensibilidad y mantiene la tensión hasta el final.

Westerbarkei ha hecho un trabajo bastante bueno e idóneo para estos desenfrenados tiempos pandémicos, con cinco cantantes y una escenografía (Heike Scheele, también vestuario), que se adapta perfectamente durante los 90 minutos de duración (sin pausa) a las precarias condiciones actuales y a las disposiciones regulatorias sobre distancia e higiene entre los actores.

Weinberg se hizo conocido en este país con el descubrimiento de su ópera Die Passagierin (La pasajera) (1967/68) en el Festival de Bregenz de 2010 y más tarde en la Ópera de Frankfurt (2015). Desde entonces, el compositor ha aparecido aquí y allá con otras obras del repertorio. Masel tov! se ha presentado, después de su estreno alemán en la Konzerthaus de Berlín en 2012, en Heidelberg y en Erfurt.

La trama sigue una obra de Sholem Aleijem (cuya historia se basa en Tevye, el lechero del musical El violinista en el tejado), escrita en yiddish, lo cual no era aceptable ni siquiera en el Teatro de Música de Cámara de Moscú, relativamente liberal, por lo que Weinberg escribió el libreto en ruso. La historia trata de los criados en la casa de una rica señora judía en Odessa que están a punto de comprometerse matrimonialmente: la cocinera Bejlja desea un hombre y finalmente lo encuentra en el librero ambulante Reb Alter; la pareja de mucamos Fradl y Chaim también se ennovian. Cuando Madame aparece por sorpresa en la cocina y se burla del ajetreo disoluto de su personal de servicio allí, la situación se convierte en una rebelión.

La música consiste en bloques de construcción tonal que a menudo toman giros armónicos impredecibles, de modo que una tonalidad fija puede tambalearse. Uno siente la cercanía a Shostakóvich (con quien Weinberg mantenía una estrecha amistad), pero sin su patetismo, agudeza y cinismo. Weinberg compone aquí de forma más agradable, con un tono ligero que se balancea entre el humor, el ingenio y la melancolía, que recoge a veces del folclore yiddish y que juega con elementos del cancionero popular, moviéndose a menudo en un tono coloquial para lograr un estilo muy propio. La Düsseldorfer Symphoniker con un número reducido de instrumentistas toca muy bien bajo la batuta de Ralf Lange, quien enfatiza el lirismo y la melancolía, así como una expresión fluida en lugar de una locuacidad grotesca y burlona.

El elenco de cantantes también es muy bueno: la cocinera Bejlja de Kimberley Boettger-Soller es una mujer de gran corazón y está muy presente en la obra. Lavinia Dames encarna a una criada Fradl muy lírica y femenina. El mucamo Chaim del barítono Jorge Espino es una mezcla cautivante de elegancia y bravuconería. El tenor Norbert Ernst hace un librero ambulante Reb Alter algo sobredimensionado, pero siempre excelente. La señora dueña de casa (Madame) de Sylvia Hamvasi canta con solidez aunque permanece un poco pálida durante su breve aparición; tal vez necesitaría más fuerza, aunque no hay que perder de vista tampoco que estos dos mundos tan diferentes chocan aquí entre sí solo por un momento.

En esencia, la régie no hace nada malo cuando vuelve a representar la obra de manera relativamente convencional, sin exageraciones de los personajes y sin evocar sensiblemente los supuestos buenos tiempos (la trama está fechada en 1899). La escenógrafa presenta una sala de cocina sobria, en la que también, y con poquísimos cambios, está puesta la mesa del comedor. No hay demasiados detalles en los decorados, pero son lo suficientemente concretos como para desarrollar esta narración. Una enorme chimenea extractora de humo cuelga sobre el ambiente amenazando con tragarse a todos los presentes. Este es tal vez uno de los problemas de la velada, el que los personajes se pierden en un escenario demasiado grande, las acciones son mínimas y Westerbarkei se empantana en el tema del parloteo entre ellos, sin subrayar con claridad dónde están colocados los acentos.

Weinberg tampoco facilita mucho las cosas. La trama se pierde en numerosos monólogos y diálogos. La pieza carece de un centro de gravedad; esto es, un conflicto que pondría en marcha la comedia. Uno ve a cuatro personas que buscan amor y es probable que no lo encuentren, pese al supuesto final feliz. Pero uno no puede aproximarse a ellas. La régie las dibuja con gran detalle, pero siguen siendo extrañamente superficiales: sus destinos no conmueven ciento por ciento a la platea. De pronto, un cuervo muerto cae a través de la chimenea. Minutos más tarde aparecerá la señora en la sala del comedor vestida de negro como una de esas aves y uno se dirá para sus adentros...¡ah era un bicho de mal agüero! Efectivamente, Madame morirá sentada ante la mesa, tras la conmoción que le causara el caos provocado por la revuelta de sus criados. En fin, no se trata de un efecto demasiado contundente como para causar un gran impacto teatral, pero sí como para sonreír con el humor negro de la trágica situación.

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