España - Madrid

Estudio psicoanalítico de la gitana

Germán García Tomás

martes, 17 de noviembre de 2020
Madrid, sábado, 17 de octubre de 2020. Teatro de la Zarzuela. Granada. La vida breve. Drama lírico en dos actos. Música: Manuel de Falla. Libreto: Carlos Fernández-Shaw. Adaptación musical: Miquel Ortega. Dirección musical: Miguel Ángel Gómez-Martínez. Dirección de escena y escenografía: Giancarlo del Monaco. Vestuario: Jesús Ruiz. Iluminación: Vinicio Cheli. Coreografía: Nuria Castejón. Versión del texto: Alberto Conejero. Reparto: Ainhoa Arteta (Salud), Jorge de León (Paco), María Luisa Corbacho (La abuela), Rubén Amoretti (Tío Sarvaor), Gustavo Peña (voz de la fragua), Anna Gomà (Carmela), Gerardo Bullón (Manuel), Jesús Méndez (Cantaor), Rafael Aguirre (guitarra). Coro del Teatro de la Zarzuela. Director: Antonio Fauró. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Ocupación: 65%
Arteta como Salud © 2020 by Javier del Real

Y la Zarzuela volvió a levantar el telón. Tras largos meses de paralización total, existía un fuerte anhelo de volver a presenciar teatro musical español en el coliseo que acaba de cumplir ya 164 años de historia, y que la pandemia obligó a cerrar a cal y canto sus puertas dejando un poco huérfanos a miles de amantes del género. El Teatro de la Zarzuela de Madrid ha inaugurado su temporada covid bien pertrechado con todas las medidas de seguridad y con el que iba a ser en origen un programa doble y que ha conservado el título de Granada. Porque las circunstancias han obligado a ofrecer en días diferentes para evitar el tan temido intermedio (de momento sólo el Teatro Real lo mantiene, por pura necesidad ante la longitud de una ópera). 

Dejando al margen la incomodidad que puede suponer ir al teatro dos días, consecutivos o no, para presenciar hora y cuarto de función, lo cierto es que no podría haber dos títulos que estuvieran más íntimamente conectados en toda la historia del género lírico de nuestro país que la zarzuela La Tempranica y la ópera La vida breve. Ambas han tenido que ver mermados sus efectivos orquestales de forma considerable para poder mantener la distancia de seguridad en el reducido foso del teatro. En ese sentido el trabajo es notable por parte del maestro granadino Miguel Ángel Gómez-Martínez, que en las dirige con pasión y esmero, pues sabe aprovechar la cuidadísima orquestación de ambas, optando por unos tempi que dilata un tanto en exceso.

En el caso de la ópera que nos ocupa ciertas partes se ven resentidas a nivel de espectacularidad orquestal (también la batuta tiene mucho que ver en eso, como es el caso de un muy descafeinado Intermedio), pero cuya sonoridad de tintes camerísticos permite percibir matices y texturas tímbricas en cuanto a maderas y metales se refiere que se nos pueden escapar en las interpretaciones convencionales. No sería la primera vez que escucháramos adaptaciones para orquesta de cámara de obras del propio Falla, como la versión como gitanería de El amor brujo o su ópera de cámara (aquí la intención del compositor es manifiesta) El retablo de maese Pedro, por no hablar de su Concierto para clave. En ese sentido, la adaptación orquestal preparada por Miquel Ortega ha conservado todo el colorido original, y la dirección del experto Gómez-Martínez otorga continuidad y dramatismo a esta partitura maestra.

En el otro ángulo artístico, el criterio escénico de Giancarlo del Monaco nos sitúa frente a los fantasmas y miedos de la gitana Salud, optando por un clima opresivo y traumático que bien puede ser un trasunto del subconsciente de la sufriente protagonista. Para ello se vale en la escenografía de paneles de un rojo intenso que se abren y cierran, encerrando literalmente a la joven con sus monstruos de carne y hueso (¿el sueño de la razón, que produce monstruos?) y mostrándole delante de sus ojos cual ensoñaciones e imágenes mentales el desengaño amoroso al que asiste, que no es ni más ni menos que la boda de Paco con Carmela, de la que es activa espectadora. 

Este concepto psicológico de ciertas costuras freudianas encaja bien con el sufrimiento interno y extremo de Salud, y con la propia música descarnada y espectral que la recubre, que hace completamente suya en el primer cast la soprano donostiarra Ainhoa Arteta, quien en su actitud teatral se pliega como un guante al dramatismo y al carácter doliente del personaje, si bien explota mucho más el aspecto trágico de su vocalidad que el carácter más amable de las melodías de raigambre flamenca que Falla vierte por el caudaloso lenguaje verista de la partitura. Porque Arteta reviste a Salud de verismo con trazas de su Butterfly.

Pese a la dignidad de su prestación, queda en segundo plano, oscurecido por la entrega de la soprano de Tolosa, el tenor Jorge de León dando vida a un Paco de hechuras toreras, generador de pulsiones sexuales en la gitana seducida, un cantante que ha vuelto a mostrar el estado inmejorable de sus medios vocales en el encendido dúo de amor. Por su parte, Rubén Amoretti impone su autoridad escénica y vocal como un cavernoso Tío Sarvaor y María Luisa Corbacho brinda una correcta Abuela. 

La acusada vena psicoanalítica de la propuesta hace que caiga en el esperpento, pues se recurre a simbología cristiana traída muy burdamente en la figura del cantaor flamenco, aquí Jesús Méndez, al que se personifica como un Cristo Crucificado que es traído para entonar a los novios la famosa copla festiva -que más parece una saeta por el tono sombrío-. En ese marco, hay que elogiar especialmente el trabajo realizado por el cuerpo de baile con las coreografías de Nuria Castejón, vitalistas, muy equilibradas y hermosas estéticamente, para las dos danzas españolas, así como el del Coro Titular del Teatro que, pese a cantar fuera de escena casi toda la función, regala momentos de calado dramático junto al tenor Gustavo Peña como la voz de la fragua.

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