España - Cataluña

El día y la noche

Jorge Binaghi
miércoles, 3 de febrero de 2021
Netrebko en el Liceu © 2021 by A. Bofill Netrebko en el Liceu © 2021 by A. Bofill
Barcelona, miércoles, 27 de enero de 2021. Gran Teatre del Liceu. Recital: canciones y arias de Rachmaninov, Rimski-Korsakov, Chaicovski, Strauss, Debussy, Charpentier, Bridge, Leoncavallo, Fauré, Dvorák, Moore, y Offenbach. Bises: Arditi y R. Strauss. Anna Netrebko (soprano), Elena Maximova (mezzo), Giovanni Andrea Zanon (violín). Piano: Pavel Nebolsin.
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El título no se debe a que haya habido dos aspectos enfrentados o distintos sino que es el que la diva rusa ha dado a un recital que paseará también por otras ciudades europeas (si no equivoco, Milán será la próxima parada). Era un proyecto interesante, el de canciones sobre ambas partes del día, que se ha ido desfigurando hasta quedar en un batiburrillo que a la sola lectura impresiona negativamente. Mezclar aria y dúos de óperas con canciones de diverso estilo y época (las francesas y alemanas son en general posteriores a las rusas) no parece sensato, y el ‘hilo’ temático no basta (para eso, tendría que haber terminado con Night and Day de Porter). 

Un Leoncavallo generalmente cantado por un tenor al final de una primera parte en la que en medio de los rusos se ha incrustado un largo paréntesis con una canción larga y difícil de Strauss (Morgen) y dos francesas bien opuestas (Il pleure dans mon coeur de Debussy y el aria Depuis le jour de la Louise de Charpentier que mucho con el tema no tiene que ver), y precedido de un Frank Bridge que pasaba por ahí (Go not, happy day -mejor lo hace Di Donato) hace palidecer a algunas de las locuras de los recitales de Kiri Te Kanawa.

Es cierto que considerando el famoso concierto con Barenboim uno esperaba mucho, pero aquí no estaba Barenboim (ni tampoco Martineau, como se anunció en un principio y nos hemos quedado con las ganas de saber por qué no vino) y el programa no era, como parecía, sólo las canciones rusas, que, obviamente, es lo mejor de todo el programa por la forma en que lo ha hecho la cantante. 

Que de todos modos, además de sus infaltables dos vestidos, se ha dedicado a lucir su voz antes que a hacer música. Y eso afectó incluso a los Rimski, Chaicovski, y de Rachmaninov sólo hubo nivel memorable en No me vuelvas a cantar, aunque no sé para qué hacía falta el violín de Zanon, que es un joven violinista interesante cuando no tiene que mirar con desesperación a la diva (había ocurrido en la primera parte en un Morgen que me pareció eterno y del que no rescaté nada).

Como se sabe a Netrebko le fascina agregar elementos a su alrededor, y además del correcto pianista Pavel Nebolsin incorporó también a la mezzo Elena Maximova -correcta y punto- en dos dúos (el del primer acto de La dama de picas de Chaicovski, que pase, y en la manida barcarola de Los cuentos de Hoffmann: sonó en el primero más oscura ella que la mezzo, pero no en la segunda). Pero si en la primera parte (con todo la más floja) ‘sólo’ lució un ramo de flores muy pertinente, tuvimos derecho a un globo en forma de estrella de cumpleaños de MacDonald’s para la segunda. Ya se conocen los peculiares gustos de la señora Netrebko para estas ocasiones, pero a un recital en principio íntimo el elemento más o menos ‘pintoresco’ (por no decir ‘hortera’) no le suele sentar bien.

Y si la segunda parte resultó algo mejor fue por los rusos, aunque no siempre al mismo nivel, por la archiconocida Canciones que me enseñó mi madre de Dvorák en buena que no gran versión, y por la novedad del aria de Elizabeth del primer acto de The ballad of Baby Doe, una verdadera rareza (Gold is a fine thing) que a la voz de la soprano le sienta. Pero los tres célebres Strauss estuvieron carentes de emoción y con errores de texto, y por primera vez en mi vida me aburrí y no entendí una palabra con Après un rêve de Fauré, que ya me explicarán ustedes qué pintaba aquí.

Los bises fueron Il bacio de Arditi (toda una demostración de artillería técnica por las agilidades aunque el sobreagudo final se quedó para otra ocasión), lo que le permitió a la cantante lanzar besos al público (predominaban algunos compatriotas inmunes a toda indicación de no filmar, grabar o fotografiar) , al cual terminó por obsequiarle una hueca y algo destemplada versión de Cäcilie de Strauss (como se comprenderá, el complemento ideal de Arditi) que hoy mismo tiene defensoras mucho más interesantes.

Hubo mucho público y aplausos. Y una cosa: no me parece, como han dicho algunos, que el órgano vocal de Netrebko empiece a mostrar fatiga o señales de crisis. Es cierto que sólo la técnica le permite aún esos excelentes filados que son marca de la casa y un dominio de la respiración notable, pero ahí está. ¿Que el grave tiende a exagerar, a abrir y a ser artificial? No es de hoy. La voz sigue brillante y el agudo pleno es poderoso. Si hay un problema, de momento y aquí, para mí no reside en esto. Hay y ha habido cantantes limitados o al final de sus carreras que sabían convertir esos problemas en cualidades. No, lo que falla aquí es no pasar de la epidermis de la música y las letras, y creer que mezcla es lo mismo que fusión cuando generalmente es confusión. Pero de eso no tiene la culpa (sólo ni principalmente) Anna Netrebko. Ni la pandemia que ahora es responsable de todo.  

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