Hungría

Don Carlos, la pandemia y el mundo patas arriba sin redención

Juan Carlos Tellechea
jueves, 25 de febrero de 2021
Don Carlos según Frank Hilbrich © 2021 by Magyar Állami Operaház Don Carlos según Frank Hilbrich © 2021 by Magyar Állami Operaház
Budapest, sábado, 20 de febrero de 2021. Ópera Estatal de Hungría. Don Carlos, grand ópera en cinco actos con música de Giuseppe Verdi y libreto en francés de François Joseph Méry y Camille du Locle, traducción al italiano de Achille de Lauzières y Angelo Zanardini, basado en el drama Dom Karlos, Infant von Spanien de Friedrich Schiller, primera representación en la Ópera de París el 11 de marzo de 1867; versión de Módena que prescinde del ballet estrenada el 29 de diciembre de 1866. Régie Frank Hilbrich. Escenografía Volker Thiele. Vestuario Gabriele Rupprecht. Gábor Bretz (Filippo II), Gaston Rivero (Don Carlo), Csaba Szegedi (Rodrigo, Marchese di Posa), András Palerdi (Il Grande Inquisitore), Zsuzsanna Ádám (Elisabetta di Valois), Erika Gál (La Principessa Eboli), Géza Gábor (Un frate), Melinda Heiter (Tebaldo), Eszter Zemlényi (Una voce dal cielo), József Mukk (Il Conte di Lerma). Coro de la Ópera Estatal de Hungría preparado por Gábor Csiki. Orquesta de la Ópera Estatal de Hungría. Director Balázs Kocsár. Live-streaming.
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Don Carlos, la más extensa de las óperas de Giuseppe Verdi fue puesta en escena por la Ópera Estatal de Hungría este sábado 20 de febrero en una monumental versión de Frank Hilbrich, con dirección musical de Balázs Kocsár, transmitida por primera vez en live streaming a todo el mundo. 

Entre las muchas versiones de la pieza, Hilbrich eligió la de Módena, estrenada sin ballet el 29 de diciembre de 1866, para ambientarla en tiempos del totalitarismo (nazi, fascista, franquista) del siglo XX. 

Sombría y sin concesiones, la puesta necesita una liberación catártica. La moderna producción establece un paralelismo entre el calvario de los oprimidos en el drama histórico (cuatro siglos antes, los flamencos, los herejes) y aquellos cuyos padecimientos son más recientes, incluyendo las víctimas del Holocausto, los refugiados de las guerras y las hambrunas, e incluso las víctimas de la pandemia en la escena del auto de fe. El fondo del escenario permanece cerrado casi todo el tiempo hasta que al final es abierto para desvelar un vacío desolador.

La corrupción

Gaston Rivero y Géza Gábor. © 2021 by Valter Verecz / Magyar Állami Operaház.Gaston Rivero y Géza Gábor. © 2021 by Valter Verecz / Magyar Állami Operaház.

Sobre una enorme escalera blanca (con estrechos rellanos) que abarca todo el escenario (austera escenografía de Volker Thiele), un monje (como los que rezaban por el eterno descanso del emperador Carlos V) hace rodar pesadamente peldaños abajo libros (la sabiduría y cultura convencionales) envueltos en una red, destinados a su ulterior quema. En este segundo acto es cuando Don Carlos (el tenor Gastón Rivero) conoce a Rodrigo (Csaba Szegedi), marqués de Posa, y le confiesa su amor por su ahora madrastra Isabel de Valois (Zsuzsanna Ádám).

Las damas de honor aparecen entonces todas vestidas de rojo (impresionante vestuario de Gabriele Rupprecht) con una capa sobre los hombros y una protección bucal y cantan. Por supuesto, es inevitable que algunas máscaras se cuelen por debajo de las narinas...La princesa de Éboli (Erika Gál) que interpreta su aria Nel giardin del bello lleva un negligée blanco con longblazer azul hasta el suelo y chaleco rojo burdeos.

El discreto encanto de la burguesía

El paje de la princesa, Tebaldo (Melinda Heiter), lleva un uniforme negro de imitación de cuero. Ambos aparecen sin máscaras, por supuesto. Las damas de compañía desnudan alegremente al apuesto paje y lo violan. Para que se sienta lo que es el "acoso sexual en el trabajo“... casi siempre perpetrado por hombres, salvo rarísimas excepciones. 

A continuación, Isabel aparece con un elegante vestido negro escotado con ribetes blancos en los hombros, botas negras largas, el obligatorio collar con cruz y el bolso Little Jackie (1961) de Gucci (precio 1.980 euros), acompañada por su dama de compañía, la condesa de Aremberg. 

Carlos renueva su profesión de amor, y ella sólo es capaz de rechazar los avances demasiado impetuosos de su ahora hijastro, el Infante, vestido con pantalones de cuero negro, remera a tono y una americana azul oscuro remangada, antes de que aparezca el nada estricto rey Felipe II, quien en la obra de Schiller y en la de Verdi, es un hombre ya maduro. 

Violencia

Gastón Rivero. © 2021 by Valter Verecz / Magyar Állami Operaház.Gastón Rivero. © 2021 by Valter Verecz / Magyar Állami Operaház.

Abunda la violencia sobre el escenario. Con Frank Hilbrich, profesor de artes escénicas de la Universidad de las Artes de Berlín, jamás se oculta la crueldad inherente al drama. Isabel es llevada en brazos al final del primer acto, mientras el coro, vestido de negro, se despoja de sus trajes y baila con frenesí. Durante su dúo Carlos y Rodrigo se enzarzan en un amistoso jugueteo canoro (brillante), desplegando una bandera amarilla de Flandes.

El rey le quita sin piedad a la condesa el anillo que Isabel le había obsequiado como regalo de despedida. Los asistentes del Gran Inquisidor (András Palerdi), cubiertas sus testas con cabezas de perro (una certera imagen de aquellas iniquidades de la Iglesia Católica), se arrastran para mantener el control de la multitud. Queman libros, quitan los zapatos a los herejes y los exhiben en las escaleras, en una referencia a la exposición sobre el genocidio nazi en el Museo del Holocausto, antes de cortarles la lengua. 

El rey y Éboli se abrazan durante el preludio de su famosa aria "Ella giammai m'amò". Carlos está suspendido cabeza abajo al comienzo de la escena de la cárcel, en otra extraordinaria interpretación del tenor Gastón Rivero. Tras un tierno momento con Isabel mientras ella canta que desea la muerte, el monje saluda a Carlos en lo alto de la escalera, para luego apuñalarlo. Isabel grita mientras Carlos cae al vacío.

La psíquis

Ante el trasfondo de estos ensañamientos, el director se encarga de crear personajes diversos que se enfrentan a sus propios tormentos. Son individuos solitarios que con sus debilidades, deseos y desesperaciones enfrentan un mundo hostil. El elenco entero respondió excelentemente al concepto de la régie para encarnar a estas figuras vulnerables y a merced de fuerzas incontenibles.

El tenor uruguayo, único no húngaro entre los protagonistas, hizo nuevamente gala de su voluminosa voz, timbre muy particular y resistencia inquebrantable, así como un legato bien formado y un canto bellamente delicado en los pasajes más suaves. Su vocalización abierta y clara encajó a la perfección en el papel del ingenuo y desgraciado infante.

Personajes vívidos

Csaba Szegedi,András Palerdi y los monjes-perro. © 2021 by Valter Verecz / Magyar Állami Operaház.Csaba Szegedi,András Palerdi y los monjes-perro. © 2021 by Valter Verecz / Magyar Állami Operaház.

El Rodrigo de Csaba Szegedi encantó asimismo desde la pantalla con un registro heroico y brillante, sin esfuerzo en su asunción de un personaje complejo atrapado entre la amistad y el deber. 

El Gran Inquisidor del bajo András Palerdi, acompañado por asistentes perros (no muy lejos de la verdad en aquellos tiempos), sacó el máximo partido a sus breves escenas, cantando de forma amenazante y con una potencia aterradora; el fanatismo de Torquemada en persona. Géza Gábor, como monje joven, fue otro de los destacados intérpretes, impresionante por su agilidad en el canto y la actuación. No es frecuente recordar al monje como un personaje tan vívido.

La Isabel de Valois de la joven soprano Zsuzsanna Ádam fue una de las principales atracciones de la representación. Su voz parecía inicialmente un poco densa, pero aunque es profunda y rica, también puede elevarse a un hermoso pianissimo mientras escala las alturas de las melodías. Su emisión es uniforme y no afectada; canta simplemente frases exquisitas y anhelos poderosos. 

La veteranía

Dos cantantes veteranos, Gábor Bretz como Felipe II y Erika Gál como Éboli, dominaron con su magnética presencia escénica y su autoridad. Aportaron años de experiencia a su canto y, sin embargo, sonaron frescos y vibrantes. El bajo de Bretz es grave pero no turbio, con una notable gama de colores para expresar arrogancia, ironía, furia y resignación. El dúo Felipe-Posa, al final del segundo acto, fue uno de los momentos culminantes, emocionante y profundo. El "O don fatale" de Gál fue una tour de force, ya que su Éboli recorrió el arco emocional de la atribulada mujer.

Coro y orquesta

El coro de la Ópera Estatal de Hungría, muy bien preparado por Gábor Csiki, tuvo un destacado desempeño y sonaba con claridad pese a las protecciones bucales. La orquesta, dirigida por Balázs Kocsár, tocó con belleza, equilibrio y delicadeza, y la sección de trompas fue especialmente impresionante con su expresivo toque. Durante la actuación de tres horas y veinte minutos, la cámara se desplazaba con frecuencia hacia la orquesta, y se veía con máscaras al director y a todos los músicos, excepto a los de las secciones de vientos. 


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