España - Galicia

Limpiar la plata

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 4 de marzo de 2021
Nuno Coelho © RFG Nuno Coelho © RFG
Santiago de Compostela, jueves, 25 de febrero de 2021. Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Nuno Coelho, director. Arnold Schoenberg: Noche transfigurada, op. 4 (versión de 1943); Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 5 en Do menor, op. 67
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Por una vez la propina vino al comienzo del concierto, y la orquesta tocó el Happy Birthday. Acto seguido, Belén Hernández -gerente del Consorcio de Santiago- y Sabela García Fonte -directora técnica de la orquesta- salieron a la palestra, micrófono en ristre, para recordar que el primer concierto de la Real Filharmonía de Galicia tuvo lugar en esta misma sala el 29 de febrero de 1996, para dar las gracias a todo el mundo -estén a un lado o al otro del escenario-, y para prometer en verano una más apropiada celebración de este 25 aniversario… virus mediante.

Porque precisamente las limitaciones derivadas del Covid han impedido que esta noche estuviese al frente de la Real Filharmonía su director artístico, Paul Daniel. En su lugar salió a escena Nuno Coelho: portugués de Oporto, joven de 1989, bajito y delgado de los que necesitan tarima con canapé para hacerse ver (pero también -dichosos ellos- de los caben holgadamente en los asientos de los aviones), y al que me bastó observar su paso decidido para saber que es un tipo con carácter. Y además un director como la copa de un pino que llegó a los ensayos con los deberes hechos: técnica impecable con la batuta y gestos básicos pero diáfanos con la mano izquierda; y conocimiento profundo de las obras en cartel, manifestado en las partituras que se quedaron en el atril sin abrir, pero sobre todo en un concepto propio para interpretarlas.

Dirigir Verklärte Nacht de memoria es una machada, porque supone tener en la cabeza los mil hilos con los que tejer esa tela de araña sonora: no hay sólo cinco grupos de instrumentos sino que los cinco se subdividen en varios, y extender los puentes entre cada uno de ellos conlleva una tarea de orfebrería. Tal vez a la versión de Coelho le faltó algo de drama, pero a mí me compensó sobradamente la claridad en la transmisión de los diversos estados de ánimo de los protagonistas de la historia, y la delicadeza con que dispuso las transiciones entre uno y otro. Bien por la concertino Adriana Winkler y el primer viola Tilmann Kircher en el pasaje que divide la obra en dos mitades, y bien por toda la cuerda en la calidad de su empaste. 

No tiene tanto mérito que Coelho también hiciese de memoria la Sinfonía en Do menor de Beethoven. Pero sí lo tiene, y mucho, decir cosas distintas con ella; aunque a un servidor eso le provoque sentimientos encontrados. No me gusta escuchar esto deprisa y corriendo (Coelho despachó la cosa en media hora justa, con todas sus repeticiones incluidas), pero me quito el sombrero ante la asombrosa claridad de los planos sonoros a lo largo de la obra, alguna leve imprecisión aparte (si en algún destino pensaba Beethoven al escribir esas primeras cuatro notas era en el de los directores de orquesta para dar esa entrada), y ante la entrega absoluta de la orquesta a su director. Y me encantó que Coelho destacase la madera siempre que venía a cuento (el 'piccolo' es el verdadero instrumento de la alegría beethoveniana, y ese papel fue interpretado espléndidamente por Luis Soto); pero también necesito tensión -y no divertimento- en la transición al último movimiento, necesito que al estallar el Finale la orquesta ruja, y que ruja aún más en la conclusión (cuando el público duda sobre el momento en que empezar a aplaudir, es que algo no ha ido bien).   

Dejo para el verano -cuando, espero, sus responsables nos expliquen qué planes tienen para el futuro- un comentario más amplio sobre lo que significa la Real Filharmonía de Galicia. Por el momento basta la constatación renovada de que Santiago de Compostela debe sentirse orgullosa de su orquesta, y me uno con gusto al brindis de Belén Hernández por otros 25 años: unas bodas de plata siempre es un aniversario señalado. Pero para que la plata no pierda su brillo ha de limpiarse con frecuencia; y todos sabemos que eso supone un trabajo constante y meticuloso que implica mancharse las uñas.  

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