España - Galicia

It is necessarily so

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 23 de marzo de 2021
Wayne Marshall © 2017 by WDR/Detlef Overmann & Ed Brambis. Wayne Marshall © 2017 by WDR/Detlef Overmann & Ed Brambis.
Santiago de Compostela, jueves, 11 de marzo de 2021. Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Wayne Marshall, piano y director. George Gershwin: Rhapsody in Blue (orq. F. Grofé); Un Americano en París (orq. I. Farrington); Fantasía sobre Porgy and Bess (orq. I. Farrington).
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Nos merecíamos un concierto como éste. Si desde hace un año cada concierto es un milagro, éste todavía más. Todos los aplausos fueron pocos para agradecer el buen rato que pasamos: al público que acudió al Auditorio en masa –es un decir, pero con un tercio de aforo y después de tantas penurias aquello parecía casi lleno-; al mancuniano Wayne Marshall porque no se cansa de tocar estupendamente bien la música de Gershwin; y a la Real Filharmonía de Galicia porque en cuatro ensayos ha sabido transformarse en la mejor orquesta de Broadway.

Me chocó que Beatriz López no se regodease en el célebre solo de clarinete que arranca Rhapsody in Blue dando un tremolo más floreado y un glissando de contorsionista. La duda quedó despejada en cuanto entró la orquesta: más que dar esta pieza en versión con sonido Filadelfia, Marshall prefirió tocar aquélla recién salida del cascarón de George Gershwin y Ferde Grofé. En el escenario estaba desplegada una gran plantilla de instrumentistas, pero no para apabullar con decibelios, sino con el sabor de la carne que está pegada al hueso, como saben las sordinas en el metal o el plato de la batería.

Marshall no dio tregua con una interpretación vertiginosa, de sonido apretado pero brillante, y desde luego con una limpieza ejemplar. Se escuchó absolutamente todo, porque todo estaba en su sitio; un sitio que no consiste en ver pasar las barras de los compases, sino en sortearlas unas veces por arriba, otras por abajo, y otras por los lados; que el secreto de esta música reside en esa sutil flexibilidad sin perder la trayectoria (que se lo digan a los trombonistas en el momento de dar esas cinco notas descendentes que inician la recapitulación). Y cuando dio tregua a la orquesta, Wayne se la negó a sí mismo con una cadencia espectacular en virtuosismo y en buen gusto, que me pareció excesivamente larga… hasta que luego vinieron dos más, descubriendo así una nueva proporción de esta obra maravillosa.

Igualmente maravillosa –e igualmente dificilísima- es Un Americano en París, porque aquí también hay ritmos arrasadores, síncopas imposibles, y segundas voces peleando supuestamente a destiempo por ser primeras. Marshall se atuvo a su concepto de dirigir muy en serio una música que es todo desenfado, manteniendo un pulso firme y reservándose las salidas de la cuadrícula para unas transiciones que me recordaron a Fred Astaire cuando ralentizaba el baile levantando un poco el hombro derecho mientras arrastraba con elegancia la punta del pie izquierdo. Por eso, y a pesar de llevar mascarilla, a Alejandro Sanz –cuyos servicios no eran requeridos esta semana en Coruña- se le adivinaba la cara de póker dando los bocinazos; pero por lo mismo Javier Simó tocó con su trompeta un blues de auténtico ensueño.

En ello tuvo asimismo su mérito el prolífico compositor y arreglista –también británico- Iain Farrington, aún más acreedor de reconocimiento por su trabajo para esta “Fantasía” sobre Porgy and Bess. Cuando terminó caí en la cuenta de que no había sonado “I got plenty o’ nuttin”, que la parte del león se la había llevado “There’s a boat that’s leaving soon for New York”, y que al concertino James Dahlgren seguramente le habría gustado más tocar “Summertime” sin sordina. Pero no hizo falta esperar a terminar para sentir que Farrington estaba contando la historia tal cual es, y que Marshall –nuevamente alternando el piano con la batuta, aunque esta vez con la partitura delante- supo dar su carácter a cada número.

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