España - Galicia

Dieta de hospital

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 25 de marzo de 2021
James Conlon © Robert Millard / jamesconlon.com James Conlon © Robert Millard / jamesconlon.com
A Coruña, viernes, 19 de marzo de 2021. Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. James Conlon, director. Robert Schumann: Sinfonía nº 2 en Do mayor, op. 61; Johannes Brahms: Sinfonía nº 2 en Re mayor, op. 73.
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Hacía más de un año que no visitaba el Palacio de la Ópera de Coruña, y la sensación al llegar fue extraña: en doce meses ha habido confinamientos, escaladas, desescaladas, y perimetrajes más o menos almendrados; en las últimas semanas la Orquesta Sinfónica de Galicia ha sido desalojada de esta casa con armas y bagajes (si el concierto de hoy se ha podido celebrar aquí se debe a ciertas cláusulas “moscosas” que obligan a los propietarios del local a ceder al Ayuntamiento unas determinadas fechas de libre disposición); pero lo más descorazonador fue comprobar que la sala no estaba –ni de lejos- a reventar en un viernes, por más festivo que fuera.

No todo invita al pesimismo: afortunadamente, la Orquesta Sinfónica de Galicia no ha perdido su forma habitual, es decir, sigue en la excelencia; James Conlon –invitado frecuente de la orquesta- sigue siendo un director de muy buen oficio, de gesto claro y tiempo firme, y con ideas propias que sabe transmitir; el programa –tan obvio como raro- era más que atractivo; y, por si fuera poco, el adelanto de la hora de comienzo junto con la menor duración del espectáculo le permiten a uno tomar el último tren de regreso a Santiago (más rápido, más barato y más seguro que hacerlo en coche).

Conlon es un maestro muy francés, aunque sea natural de Nueva York, con querencia a resaltar la armonía. Lo cual en el caso de Schumann no me parece mal, porque ahí reside uno de los principales ganchos de sus sinfonías; pero eso llevó a una interpretación en exceso contemplativa, particularmente en los movimientos extremos, como cuando una enfermera le da la sopa a su paciente, dejando pasar exactamente el mismo tiempo entre cucharada y cucharada. El Scherzo salió estupendamente articulado, pero le faltó nervio (entre otras cosas, Conlon dejó las especias en la despensa prefiriendo los timbales de época y hacer que sonasen prácticamente inaudibles); y al precioso Adagio le faltó profundidad y lirismo: es un pecado de leso romanticismo no emocionar con esta música.

Ya se sabe que en los hospitales no sirven carne, ni con nervio ni sin. Y lo que te dan te lo dan sin sal, por aquello de la tensión. Si tocar Schumann con cuatro contrabajos me parece juicioso –precisamente para resaltar el juego armónico de la orquesta-, en Brahms se requiere el doble –con el resto de la cuerda en proporción, claro está- para saborear la carne de estas obras; y no puede ser por el virus (porque en el escenario hay sitio de sobra), pero el caso es que Conlon mantuvo esos cuatro, de manera que sirvió su versión con un empaste impecable pero sin el necesario aporte proteico –y que conste que los contrabajos de la Sinfónica de Galicia cada vez suenan más y mejor-. Y aunque aquí la timbalería sí fue la de verdad, tampoco es que se la escuchase demasiado.

No niego que sea sano comer poca carne y sin sal, pero hacer un Brahms soso no contribuye a la salud mental (menos mal que Conlon se saltó la repetición del Allegro inicial). Pertenezco a la parte minoritaria de la doctrina que sostiene que la Segunda Sinfonía no tiene nada de pastoral y sí mucho de angustia, de manera que tocarla sin tensión conlleva dejarla sin sustancia. Dar el clímax del primer movimiento como un coral religioso, o no querer adentrarse en el abismo del tiempo lento me dejan indiferente; y por más que reconozca la claridad de exposición, la contención del metal no tiene por qué suponer que no toquen con garra: de nada sirve darle alas en la poderosa conclusión de la obra si lo que ha venido antes deja ese episodio sin sentido.

El público aplaudió con ganas y la orquesta pataleó al maestro. Señal de que era de justicia reconocer un trabajo muy bien hecho: siempre da gusto escucharlo todo, y en particular las intervenciones de los primeros atriles de trompa, clarinete y oboe fueron de alta categoría. Pero yo había venido a cenar dos platos principales y salí con hambre.


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