España - Castilla y León

Aquí se viene con hambre

Samuel González Casado
martes, 20 de abril de 2021
Antonio Méndez © OSCyL Antonio Méndez © OSCyL
Valladolid, sábado, 17 de abril de 2021. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Lucas Macías, oboe. Antonio Méndez, director. Beethoven: Leonora n.º 1, op. 138. Mozart: Concierto para oboe en do mayor, K. 314. Chaikovski: Sinfonía n.º 4 en fa menor, op. 36. Ocupación: 95 %.
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El programa n.º 13 de la OSCyL, primero de la temporada de primavera, consistió en tres obras muy diversas cuyo nexo de unión son las circunstancias en que fueron creadas, específicamente en momentos difíciles de la vida personal o profesional de sus autores. En la práctica, la multiplicidad de estilos resultó demasiado heterogénea como para funcionar conjuntamente, aunque en cierta medida esa variedad dio chispa a un concierto que en realidad no estuvo entre lo mejor que se ha escuchado últimamente en la sala Jesús López Cobos.

La obertura Leonora n.º 1 de Beethoven fue una decepción: el conjunto sonó poco trabajado, la cuerda desempeñó su labor muy poco cohesionada y los errores de coordinación ocurrieron demasiado a menudo. Fue difícil conseguir concentrarse de esta manera, y realmente la obra se hubiera merecido un poquito más de originalidad y cariño en sus planteamientos, máxime cuando no ha sido plato habitual en este auditorio.

Afortunadamente, aunque sin mejorar algunos errores técnicos sustancialmente, algo pareció cambiar desde el principio en el Concierto para oboe de Mozart: algunas acentuaciones insuflaron vida a los primeros violines, y la sensación fue otra en toda la obra, pese al discutible empleo de los metales en el tercer movimiento, poco alineados con el delicado tono que el solista ya había conseguido a esas alturas.

Lucas Macías, en una prestación instrumental mucho más satisfactoria que sus anteriores visitas a la OSCyL como director, se encontró con bastantes problemas al principio del concierto, sobre todo en una zona aguda calante y desde evidentes obstáculos con algunas agilidades. Afortunadamente, Macías se fue centrando y pudo terminar el primer movimiento con muy buen nivel, lo que corroboró en un adagio repleto de delicadeza, aunque con más lustre sonoro apoyado en lo técnico que elaboración en el fraseo. Fantástico en el último, donde la expresividad bien controlada se combinó perfectamente con un exquisito toque galante no exento de jovial exhibicionismo.

La especialísima versión de Antonio Méndez de la Cuarta de Chaikovski daría por sí sola para una reseña, porque arrojó valentía y flecos sueltos a partes iguales. Esta interpretación del ruso es alemana, furtwängleriana y lutzköhleriana; pero para decantarse por esta opción, perfectamente legítima y puede que hasta satisfactoria, hay que controlar algunas cosillas que, cada una a su manera, terminaron resultando excesivas.

La primera y más evidente es la sobredimensión sonora de todo el conjunto, atronador; en parte, probablemente por la especial distribución de las familias o la ubicación en el escenario ampliado. La cuerda, especialmente en el primer movimiento, reclamaba tal espacio para sí que su volumen terminaba por engullir los clímax encomendados a los metales, que no iban mucho más allá de esa especie de tormenta dinámica más efectista que efectiva, porque en realidad se ofrecía más volumen que dinámica. No hubo piani en esta versión, y entre el desayuno con mezzoforte y la cena con fortissimo solo se podía comer un buen codillo. ¿Suculento? Sin duda. ¿Indigesto? Depende de las costumbres de cada cual.

Pude disfrutar de todo lo que, respecto a cierta tradición interpretativa, se me estaba contando. Pero no disfruté con las evidentes caídas de tensión en el primer movimiento debido a un tempo que provocaba que ciertos momentos quedaran sin direccionalidad, musicalmente inanes; un tempo así implica cierto mimo, cierto color. Tampoco con el trazo grueso del Andantino, cuyo pizpireto y tontaina segundo tema, que me encanta, esta vez me provocó más miedo a una pérdida de células ciliadas que el habitual arriscamiento filosuicida por algo que se me antoja un eco de algún tipo de felicidad finiquitada.

Mucho mejor resultó el scherzo, fluido en su acentuación y en general muy animado; y atronador, como no podía ser de otra manera, el allegro con fuoco, cuya desmadrada carrera hacia todo lo que pudiera retumbar se trocó en algo deliciosamente demodé con esa conclusión acelerada, tan espectacular como valiente y sobre todo entrañable: los grandes maestros viven para siempre, y a veces incluso se pasean por los escenarios. Este final fue muy adecuado en múltiples sentidos, y Méndez recogió los largos aplausos de un público que ante todo supo apreciar la contundente originalidad de la propuesta.

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