España - Madrid

La sencillez del coloso

Germán García Tomás
miércoles, 12 de mayo de 2021
Joaquín Achúcarro © 2021 by Teatro de la Zarzuela Joaquín Achúcarro © 2021 by Teatro de la Zarzuela
Madrid, sábado, 8 de mayo de 2021. Teatro de la Zarzuela. Joaquín Achúcarro (piano). 75 aniversario. Obras de Claude Debussy, Frederic Mompou, Maurice Ravel, Isaac Albéniz y Enrique Granados. Ocupación: 70%.
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Venía el admirado Joaquín Achúcarro, maestro de maestros, al Teatro de la Zarzuela a ofrecernos no uno más de sus innumerables recitales, sino una cita muy especial en la que íbamos a acompañarle celebrando sus nada más y nada menos que 75 años de exitosa carrera internacional. Un concierto que volvió a convertirse en una nueva clase magistral de una de las mayores glorias del piano que ha dado nuestro país. 

En plena forma física aún con 88 años -ya dijo en una entrevista con su habitual sentido del humor que tenía pensado retirarse con 84 pero que había cambiado de idea-, el músico bilbaíno venía, no a darse un baño de multitudes, como así iba ser sin duda ninguna, sino a demostrar una vez más al público de Madrid la desbordante pasión por su instrumento. 

Achúcarro no puede renunciar a su vena divulgativa y explica las obras que va a interpretar con la misma sencillez y entusiasmo de un maestro de música enseñando a sus alumnos. Transmite de manera simple el conocimiento de aquellas partituras de las que es, como muy pocos, absoluto especialista, con modestia y humildad, que es el distintivo de los grandes maestros. Hasta que se sienta al piano y es entonces cuando se impone la majestad del coloso.

En un diálogo entre el impresionismo francés y España, el programa se abría con tres evocativos preludios de Debussy en los que tradujo toda la alquimia musical por medio de sonoridades cristalinas, desde la espectral Brouillards -que ya anticipa a Ligeti-, pasando por el componente marítimo de Voiles y la pura pirotecnia de Feu d’artifice y su velada cita final a La Marsellesa. Fascinante la pulsación, siempre diáfana y delicada cual caricia, la exquisita atención a los matices dinámicos, la generación de tensión interna y el modélico uso del pedal, que convierten cada pieza que revive nuestro pianista en un pequeño universo sonoro, revestido de una técnica extraordinaria. Porque Achúcarro es como el cuidadoso orfebre que, sobre el teclado, va modelando la forma de las obras, regulando y graduando la intensidad con el atributo cuasi celestial de construir los más bellos y depurados sonidos.

Siguieron las Variaciones sobre un tema de Chopin de Mompou, una mirada al Romanticismo a través de la sutil inventiva del compositor catalán, quien es capaz de metamorfosear el Preludio nº 7 en la mayor op 28 del músico polaco creando un poético y nostálgico microcosmos. Una obra que domina Achúcarro desde todos sus ángulos y vértices, concibiéndola como un bloque unitario y continuo pero a la vez individual a través de sus 12 variaciones, -tras un equilibrado tema sin concesiones al rubato-, que desde la 8 hasta la 11 (con la 10ª citando a su vez la chopiniana Fantasía Impromptu op. 66) alcanzaron niveles de pura ensoñación y éxtasis lírico capaces de detener el tiempo, hasta la enérgica irrupción del Galop conclusivo, con notas sostenidas y expresión arrebatada a la manera de Rachmaninov. Una lástima que el auditorio no conociera la página, pues la ovación irrumpió tras la última variación, y aún restaba el sosegado epílogo, cuando Mompou retoma casi con su ropaje original el preludio de Chopin.

La mirada a España desde el impresionismo llegó de la mano de La soirée dans Grenada y La Puerta del Vino de Debussy, toda una lección a la hora de traducir el ritmo y las cadencias andaluzas y orientales, que es el sustrato de las piezas, como quiso subrayar el propio pianista. Nuevas muestras de magia en las que el bilbaíno manejó a su antojo la materia musical creando climas y ambientes únicos, articulando cada motivo, cada diseño desde el registro agudo al grave en una riquísima gama cromática. El complemento desenfadado fue La sérénade interrompue, trazada sin exceso de teatralidad.

La traca final del recital comenzó con la pieza más virtuosa de todo el programa, la Alborada del gracioso de Ravel en una explosiva lectura, muestra de la asombrosa resistencia física del maestro. Y entrando con Albéniz en terreno netamente español, el Tango de la suite España en arreglo de Leopold Godowski y una Navarra de altísimo voltaje coronaron una actuación que obligadamente demandaba propinas. 

Tras un recuerdo al final trágico de Enrique Granados y su esposa Amparo Gal, abordó “La maja y el ruiseñor” de Goyescas con unos trinos de una limpidez inmaculada. Con una evanescente versión del Claro de luna debussiano, se despidió de un público que le adoraba y que quería mucho más. “Yo seguiría toda la noche, pero es que son las 10 menos cuarto”, dijo el maestro al retirarse. Y es que cuando el magisterio y la profunda generosidad de un artista se entrelazan mutuamente, la experiencia artística es imborrable. 

Salimos del teatro rozando el cielo gracias al arte de este coloso atravesado por la aureola de la sencillez. Larga vida a Don Joaquín Achúcarro.

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