España - Euskadi

Sobrevolando Bohemia

Joseba Lopezortega
martes, 18 de mayo de 2021
Unai Urrecho © Unai Urrecho Unai Urrecho © Unai Urrecho
Bilbao, viernes, 30 de abril de 2021. Euskalduna Jauregia. Avner Norman: Spices, Perfums, Toxins! Anton Dvorak: Sinfonía nº 8. Conrado Moya y Vicent Zaragoza, percusión. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Unai Urrecho, director. Aforo y ocupación: irrelevantes, dados los condicionantes de Covid-19.
9,61E-05

Cada vez que un crítico escribe que la orquesta sinfónica de su localidad es la mejor del país muere una melodía. Afortunadamente hay un buen número de buenas orquestas que no merecen ser escuchadas con la camiseta del equipo puesta, sino con los oídos bien abiertos. Una de esas buenas orquestas es la Sinfónica de Bilbao, que como todas las de un nivel equiparable sabe esquivar los arrecifes cuando está a las órdenes de un director poco dotado y vuela sobre las aguas cuando tiene delante a un director de calidad. El viernes la orquesta de Bilbao voló.

Unai Urrecho dirigía por vez primera en la temporada de la Sinfónica bilbaína. Con un gran prestigio en Korea, país tan exigente y sólido musicalmente como periférico respecto al circuito musical de nuestro ámbito, Urrecho pudo mostrar su clase con una sinfonía, la número 8 de Dvorak, que más allá de su aparente jovialidad y su quebradiza serenidad posee una consistencia casi física, labrada a través de una orquestación realmente deslumbrante. No es esta número 8 un paseo evocador por unos paisajes o unas costumbres o un folclore, es una incursión en una realidad física y en un espacio cultural -y musical, obviamente- de una riqueza y una complejidad exuberantes, que hay que encauzar y liberar haciendo que la música brote compás a compás e instrumento a instrumento: eligiendo visiones y colores, exponiendo unos ritmos de una calidad casi mágica, avanzando en caminos no siempre lineales ni apacibles. Podría decirse que esta obra es de una simplicidad endiablada, lápiz que dibuja a una orquesta y retrata a un maestro.

El retrato que Dvorak hizo de Unai Urrecho fue para enmarcar. Es un maestro elegante y preciso, un director que conoce y concibe el sonido y que sabe muy bien lo que desea extraer de la orquesta, que trabajaba entregada y consciente de estar en muy buenas manos. Dvorak alzaba el vuelo y se abría todo cuanto esa música grande pueda tener de extraordinario. Con unas maderas particularmente inspiradas, pero con toda la orquesta en un buen tono, Urrecho marcaba unos tiempos quizá lentos, pero de gran coherencia global, y desplegaba Bohemia en el auditorio. La número 8 se suele escuchar con formaciones algo más nutridas, pero incluso con pocos atriles (Covid impone, la BOS respeta) Urrecho supo desenvolverse para que se escuchara en toda su grandeza. Un trabajo de los que se recuerdan, ciertamente, y una ovación cerrada y merecida.

Antes se había interpretado Spices, Perfums, Toxins!, de Avner Dorman. No conocía la obra, ni logró interesarme gran cosa. Fueron solistas Conrado Moya y Vicent Zaragoza, excelentes percusionistas, y creo que quedó en el aire una doble sensación: su buen trabajo conjunto en un despliegue de agilidades, pero también el deseo de volver a escuchar a Conrado Moya pronto como único solista y enfrentado a una música distinta. 

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