España - Galicia

Cuando el cómo se impone al qué

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 26 de mayo de 2021
Sofya Melikyan © RFG Sofya Melikyan © RFG
Santiago de Compostela, jueves, 20 de mayo de 2021. Auditorio de Galicia. Sofya Melikyan, piano. Real Filharmonía de Galicia. Jaume Santonja, director. Camille Saint-Saëns: Concierto para piano nº 5 en fa mayor, op. 103 “Egipcio”; Louis Spohr: Sinfonía nº 9 en si menor, op. 143 “Las Estaciones”
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De los cinco elementos del cartel de esta noche -tres intérpretes y dos obras-, para mí tres de ellos planteaban interrogantes. Conozco a la Real Filharmonía de Galicia y también el Concierto “Egipcio” de Saint-Saëns; pero nunca había oído hablar de la pianista ni del director invitados de hoy, y si en alguna ocasión anterior he podido escuchar la Novena Sinfonía de Spohr desde luego no la retenía en la memoria. Nada mejor que acudir a un concierto con este tipo de alicientes, porque la curiosidad –siempre que esté bien orientada- estimula el pensamiento y los sentidos.

Como sus cuatro hermanos mayores, el Quinto Concierto de Saint-Saëns es una obra intrascendente en lo intelectual aunque infinitamente grata en lo sensorial. A ratos su estructura rapsódica lleva a pensar que el compositor andaba algo desnortado mientras lo escribía, y sin embargo su escucha proporciona una sonrisa continuada. Porque Saint-Saëns fue –detrás de Mozart, claro está- de los pocos autores que supo concertar el piano y la orquesta, en lugar de enfrentarlos; la diferencia con Mozart estriba en que éste siempre le echaba una miaja de drama a la cosa, mientras que Saint-Saëns sólo se preocupó por divertirse.

La armenia Sofya Melikyan (Ereván, 1978) se divirtió de lo lindo correteando por el teclado del piano, haciendo que sonara fácil algo que no lo es tanto: no es sólo que la pieza exija del solista una agilidad tremenda, sino que esa agilidad debe cobrar sentido mediante la elegancia y el buen gusto. Y a Melikyan esas cualidades le sobran: su sonido no es muy poderoso –ni falta que hace, porque ésta no es una partitura de fuegos artificiales-, pero sí sabe encontrar esa atmósfera, ese perfume fabricado a base de limpieza en el toque, inteligencia en el fraseo y empleo juicioso de los pedales. Orquesta y director se empaparon de la misma fragancia, y entre todos lograron hacer una creación de una obra de circunstancia. Después de eso no podía haber mejor propina que La maja y el ruiseñor de Enrique Granados, ni mejores manos que las de Melikyan para dar una versión de ensueño.


Porque todavía no se había inventado el aparato, que de otro modo Louis Spohr podía haber cambiado el título de su última sinfonía de Las Estaciones (1850) a Los Listines telefónicos, y no se hubiera notado la diferencia. La obra es tan aburrida, tan monótona y tan sosa que no hay por dónde cogerla. Pues a pesar de tantos pesares, el valenciano Jaume Santonja (Bocairent, 1986) la agarró por los cuernos y la toreó con la seriedad de un maestro. Su gesto con la batuta es claro y flexible, y aunque a la mano izquierda le falta un hervor expresivo las indicaciones son eficaces; se había estudiado la pieza y construyó una interpretación arquitectónicamente bien cimentada y discursivamente pausada; y consiguió que la Real Filharmonía rindiese como en las mejores ocasiones logrando diferenciar las texturas sonoras sin descuidar el empaste. Y sin perder el pulso: Santonja ya conoce uno de los secretos del oficio, que consiste en saber cuándo hay que llevar a la orquesta y cuándo se la debe dejar tocar sola. Por si fuera poco, Santonja descartó cualquier aproximación “históricamente informada” que le hubiera podido tentar en una pieza como ésta.

El éxito de las interpretaciones de esta noche estuvo en conseguir hacer importantes dos obras que no lo son. La orquesta y el público lo entendieron así y lo agradecieron con toda evidencia. A mí sólo me queda desear que Melikyan y Santonja regresen pronto; y si es con un programa de más enjundia, mejor.

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