España - Cataluña

El sopor de la autocomplacencia

Meritxell Martí

jueves, 4 de julio de 2002
Barcelona, sábado, 8 de junio de 2002. Palau de la Música Catalana. Ciclo ‘Concerts Simfònics al Palau’. ‘Beethoven a la carta’. Orquestra Simfònica del Vallès. Lluís Claret, solista. Achim Fidler, director. Programa: Ludwig van Beethoven: Obertura ‘Leonora III’ y '6ª Sinfonía, Pastoral'. Joseph Haydn: 'Concierto para violonchelo y orquesta en re mayor'. Ocupación: 95%.
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El siglo XVIII se distingue por los siguientes contrastes: las luces de unos pocos letrados frente a la oscuridad intelectual de la mayoría; la Revolución Francesa, la Declaración de Derechos de Virginia y la Independencia norteamericana, junto con la explosión de la Revolución Industrial, ante un arte autocomplaciente y aburguesado que en pintura culmina en el rococó (Gainsborough, Boucher, el Goya de La gallina ciega), un arte que se desarrolla en los salones de la Europa que está a punto de perder sus privilegios de clase más vergonzosos.La música clásica, en el sentido estricto del término, también es de este período. Mozart, Haydn, el mismo Beethoven -aunque éste, como Goya, se aleja progresivamente de los postulados clasicistas porque descubre otros campos estéticos- son los re/creadores de sonidos que en la actualidad resultan aptos para todos los públicos. Tomad a alguien aleatoriamente y hacedle citar el nombre de dos autores de música clásica (sin especificar esta vez a qué época os referís), e invariablemente aparecerán los nombres de Mozart y de Beethoven.Sábado en el Palau. En lugar de Mozart tuvimos a Haydn. El Concierto para violoncelo interpretado por Claret no tiene la estridencia del metal ni el latido de la percusión. Exceptuando la cuerda, en el escenario sólo quedan un par de trompas y dos oboes. La textura tímbrica se reduce a una sola familia, así como la armonía, que tiende a resolver sin tensiones. El canto del cello tampoco escapa a la indulgencia de la obra: se aventura por los agudos, perdiendo la sobriedad, la gravedad habitual de este instrumento. Haydn lo rehúye, y Claret subralla con tics y muecas las pocas notas graves que pisa su arco. Un sonido burgués, que diría algún estudioso de tendencias marxistas.Beethoven, antes y después, culmina con sus bastonazos estos motivos amodorrados, de tarde de lluvia (fuera, en Barcelona, el chaparrón limpia las calles, pero no consigue alejar a los turistas). La Obertura de Leonora inicia el recital. La Pastoral lo cierra. Podría extenderme en la narración sinestésica de esta última obra, la Sinfonía número 6, pero prefiero hablar de la reacción del público, internacional y de todas las edades. Los observo. No están ni alterados, ni absortos, ni asustados. No parecen cautivados ni agobiados. Tengo la sensación de ser la única persona aburrida que podría dormirse de un momento a otro. Es decir, que Beethoven gusta al gran público, aunque no lo apasiona: su actitud es de abandono complaciente.¿Por qué, entonces, esta atracción por Beethoven?, atracción que hace que se le programe hasta la saciedad. Según mi análisis es por ese deseado equilibrio entre lo que podríamos llamar “políticamente correcto” con un toque de transgresión. O trasladado al lenguaje musical, por la tradición clásica europea, de formas bien estructuradas, de armonías que resuelven des de la dominante, pasando por la subdominante, a la tónica, mediante una conducción sólida de voces (¡nada de disociaciones complicadas!), y unos cuantos golpes de timbal.Por suerte, me dedico a comparar La Pastoral con La gallina ciega de Goya. Sinestiesia gracias a la cual consigo cierto grado de placer. Se trata de un sentimiento bastante aburguesado, pero dinámico, en evolución. No es una pastoral que pueda, afortunadamente, compararse con el cuadro homónimo de Boucher, la antonomasia del excelso y aburridísimo rococó.

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