España - Madrid

Julio César saca pecho

Germán García Tomás
viernes, 28 de mayo de 2021
Giulio Cesare in Egitto © 2021 by CNDM Giulio Cesare in Egitto © 2021 by CNDM
Madrid, domingo, 23 de mayo de 2021. Auditorio Nacional de Música (Sala Sinfónica). Giulio Cesare in Egitto HWV 17 (George Frideric Handel). Ópera en tres actos. Libreto de Nicola Francesco Haym, basado en el de Giacomo Francesco Bussani. Versión de 1725. Estreno en España. La Cetra Barockorchester Basel. Andrea Marcon (clave y dirección). Reparto: Carlo Vistoli (Giulio Cesare), Emöke Baráth (Cleopatra), Beth Taylor (Cornelia), Juan Sancho (Sesto Pompeo), Carlos Mena (Tolomeo), José Antonio López (Achilla). Ocupación: 70%.
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La más popular y representada de las óperas de George Frideric Händel y uno de sus mayores éxitos en vida, Giulio Cesare in Egitto, ha servido para cerrar el flamante ciclo Universo Barroco del Centro Nacional de Difusión Musical. Una ópera no representada que se ha ofrecido no en la versión original de 1724 estrenada en el King’s Theatre Haymarket de Londres, sino en la versión revisada que vio la luz un año después nunca vista en España hasta este momento, en la que el compositor sajón añade cuatro arias más y destina el papel de Sesto a la tesitura de tenor, desde su original adjudicación a una soprano. 

Contra todo precedente, esta ha supuesto una maratoniana cita musical en tiempos pandémicos, puesto que la duración alcanzó casi las 4 horas, contando un descanso de media hora durante el cual el público se desperdigó por los pasillos del Auditorio Nacional sin demasiados miramientos a la distancia mínima de seguridad. No sabemos si era el momento más idóneo para programar una ópera barroca completa en una sala de conciertos –algo más propio de un coliseo netamente operístico como es el Teatro Real, el único que desde julio pasado está programando óperas íntegras con sus consabidos intermedios-, pero bien es cierto que se hubiera deseado por parte del CNDM una propuesta artística menos ambiciosa con las restricciones de aforo aún vigentes y que se aprovechó de la ausencia del toque de queda. Aun así, siempre supone una dificultad seguir el argumento de una ópera tan enrevesada en una versión de concierto, pese a los sobretítulos y el cambio de posición de los cantantes en el escenario.

La polivalente agrupación de música antigua La Cetra Barockorchester afincada en Basilea ha sido la encargada de llevar a cabo esta empresa, liderada por uno de sus principales conductores, el italiano Andrea Marcon, quien dirigió desde uno de los dos claves. La plantilla orquestal, bastante nutrida para una orquesta historicista al uso, contó con cuatro violines primeros y cuatro segundos, dos violas, dos violonchelos, dos oboes, un traverso, un fagot y cuatro trompas naturales, además del bajo continuo, integrado por el mencionado par de claves, violonchelo, tiorba y arpa. 

Desde la obertura inicial, la energía del director imprimió tempi de una agilidad y un ritmo vertiginoso con acentos muy marcados y dinámicas bastante desbordadas. Veíamos al director italiano completamente implicado derrochando un buen caudal de volumen desde el clave, cuyo compañero, Andrea Buccarella, destinó imaginativos y elocuentes acordes en los recitativos. El brillo de la cuerda en los registros altos en esta formación está fuera de toda duda, aunque la coloración que añade el arpa a la plantilla instrumental a partir del segundo acto apenas se percibió en absoluto. Además, completamente deslucidos resultaron los solos de la primer violín, Eva Saladin, desafinados y fuera de sitio en el aria de Giulio Cesare “Se in fiorito ameno prato”, a lo que hay que unir las destempladas trompas naturales que sonaron al principio de la obra.

En el plano vocal, el contratenor Carlo Vistoli brindó un irreprochable Giulio Cesare. Poseedor de unas elevadas habilidades virtuosísticas, la voz del italiano, de bello color, salvó con pasmosa facilidad y limpieza el sinnúmero de pirotecnias y florituras que recorren su complicada y extensa parte, aunando tanto ternura y sensibilidad como gran temperamento en los momentos más fieros y guerreros, donde destinaba poderosos y sonoros graves en los finales de frase, siempre comportándose de forma muy teatral en los recitativos. 

La soprano húngara Emöke Baráth dando vida a Cleopatra obtuvo los mejores momentos de toda la velada. La hermosura y dulzura de su timbre, de centro cálido y homogéneo, su limpísimo canto fiorito, -excelente manejo de las agilidades en momentos como “Da tempeste”- otorgaron un completo retrato de la reina egipcia. 

La mezzo Beth Taylor también ofreció una sensacional Cornelia, sentida y emocional en todo momento en el registro grave, bordando arias como la inicial, “Priva son d’ogni conforto”. 

El tenor Juan Sancho como Sesto, un espléndido cantante en todo el repertorio barroco, evidenció ciertas incomodidades en los pasajes más veloces de sus arias, pero hizo lucir su personalidad vocal, bello color y sus buenas dotes de actor. Se echó muy en falta el magistral dúo de madre e hijo “Son nata a lagrimar”.

El Tolomeo del contratenor Carlos Mena tuvo sus más y sus menos, pues no se mostró al mismo nivel de lucimiento que otras veces en las exigencias vocales que presenta su personaje, encontrándose en ocasiones hasta forzado y descolocado en tesitura. A pesar de toda la buena intención de gran artista que siempre pone, parecía como si no se viese realmente en la piel del rey egipcio. 

Todo lo contrario del barítono José Antonio López, otro estupendo cantante que se compromete en cada papel que emprende, como aquí en el de un Achilla matizadísimo, al que revistió de autoridad en una majestuosa prestación vocal que teatralizó cada palabra en los recitativos. Generosos aplausos al final del concierto más largo registrado hasta la fecha.


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