Italia

Una Butterfly 'a lo japonés'

Andrea Merli

viernes, 5 de julio de 2002
Milán, martes, 11 de junio de 2002. Teatro degli Arcimboldi. Giacomo Puccini, ‘Madama Butterfly’. Tragedia japonesa en tres actos. Libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica. (1904). Director de escena: Keita Asari. Escenografia: Ichiro Takada. Vestuario: Hanae Mori. Coreografia: Hidejo Kanzaki. Iluminación: Sumio Yoshii. Daniela Dessí (Cio-Cio-San), Elena Canzian (Suzuki), Fabio Armiliato (Pinkerton), Roberto Gazale (Sharpless), Adelina Scarabelli (Kate), Mario Bolognesi (Goro), Fabio Maria Capitanucci (Yamadori), Riccardo Ferrari (Zio Bonzo), Tino Nava (Yakuside), Ernesto Panariello (Commissario Imperiale), Antonio Novello (Ufficiale del registro), Fancesca Garbi (La madre de Cio-Cio-San), Anna Zoroberto (La Cugina), Lucia Mastromarino (La Zia). Orquesta y coro del Teatro alla Scala. Director: Carlo Rizzi. Maestro del coro: Roberto Gabbiani. Aforo: 2500 Localidades. Ocupación: 90%
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Esta reposición del fracaso más sonado de Puccini, precisamente en el Teatro alla Scala el dia de su debut en 1904, en el nuevo Teatro degli Arcimboldi, sigue una política de ‘repertorio popular’ que garantice una afluencia de publico en una sala efectivamente situada en una zona muy periférica. No es que uno no pueda llegar, el que escribe coge el metro y en diez minutos ya está en la puerta, pero el drama es por la noche, porque como tardes en subir a uno de los autobuses que hacen el servicio ‘especial’, o no pilles un taxi, de hecho te quedas abandonado en un descampado con escasa iluminación y ... allá tu ‘recitando rosari e miserere’ para que no pase na’!Pero las noches se alargan, y aquello de ‘quante stelle non le vidi mai sí belle’ atrae el publico, siempre disponible a dejarse llevar por la inefable melodía de Puccini y a emocionarse con la patética historia de la pobre geisha. Así, pues, el inmenso Arcimboldi se llenó ‘casi’ todo: este también es un resultado.Claro que una Madama Butterfly se programa en función de una autentica prima donna. ¿Cabe la duda de que Daniela Dessí no reúna las condiciones para ser un sensacional ‘Cio-cio-san’? La delicadeza del fraseo, siempre matizado con extrema dulzura, la emisión leve y natural –esa expresividad que era la de la inmensa Victoria- hacen que la soprano genovesa pueda identificarse plenamente en un personaje que a lo largo de la ópera tiene que madurar forzosamente de una infantil ilusión a la dramática y cruel realidad.Pero en la interpretación de esta sensible artista, que ya da escalofríos en el segundo acto cuando describe el destino de la pobre geisha que se arrastra por las calles pidiendo limosna para el hijo, y que en el momento que precede el suicidio llega a ser más sincera ‘della stessa veritá’, se captan también la frágil psicología y las ilusiones de una persona herida, que concientemente rechaza el mundo que la rodea, ensimismándose en una idealización fantástica que la protege en principio, pero que finalmente la lleva a un desenlace que es, también, una liberación. Todo esto en una interpretación que no deja indiferentes y que valió a la Dessì un triunfo sin fisuras.La puesta en escena de Keita Asari la sostuvo en este recorrido, con una insistencia muy marcada sobre los significados Zen del teatro Kabuki que, para ser sinceros, poco entran en la dramaturgia de Giacosa e Illica, quienes sacaron el libreto del acto único de David Belasco. Ni tampoco en la música de Puccini, que sí, es verdad, utiliza muchas melodías originales japonesas (inclusive el himno nacional) pero es en su extraordinaria modernidad absolutamente occidental y europea.Los decorados de Ichiro Takada, esa casita que se mueve sobre los raíles y deja espacio para un jardín con piedritas blancas que NO se pueden pisar (y la occidental ‘Kate’ hará caso omiso al violar la intimidad de ‘Butterfly’), los trajes ‘originales’ de Hanae Mori, los movimientos coreográficos de Hidejo Kanzaki y las luces de Sumio Yoshii, contribuyeron a esa intencional veracidad, que, sin embargo se ha contaminado a lo largo de los años y de las muchas reposiciones con un poco de rutina, perdiendo el esmalte y, sobre todo, un rigor en la economía de la acción. La sensación es que muchos detalles estaban porque, como dicen los catalanes, fa bonic pero sin una intima justificación.La dirección de orquesta, la de la Scala con Puccini tiene buena onda, iba a cargo de Carlo Rizzi, un director que se ha ganado mucha fama en el repertorio italiano, sobre todo en Inglaterra. Bien, sin más. Mucha, demasiada sonoridad, pero quizás debido al hecho de que en ese dichoso espacio teatral es muy difícil entender por quien doblan las campanas, es decir, a dónde va el sonido: para oir los cantantes tienen que estar frente a la orquesta como alcachofas. Si se dan la vuelta o deambulan por el escenario, la ‘pifian’.Buen ritmo narrativo y, eso es apreciable, una lectura meticulosa de la ultima versión aprobada por Puccini (¡que elaboró cinco veces la partitura!) respetando toda la escena de la boda (casi siempre cortada por la dificultad musical que supone para solistas y coro: perfecto el de la Scala, dirigido por Roberto Gabbiani) y, con una acorde de unión, uniendo los dos actos segundo y tercero. Lo que se le agradece por dar una continuidad lógica al acaecer del drama.El resto del reparto se las arregló con onore. Fabio Armiliato, actual compañero de la Dessì, es un tenor de segunda línea que, sin embargo, tiene una voz de primera. Bien timbrada, de buen cuerpo y varonil en el centro, fácil al agudo. La afinación, el fraseo, fueron bien empleados y ese toque de ‘verismo’ que supuso un verdadero beso entre los protagonistas –pero no es una novedad, porque ya lo habían ensayado siendo novios la Caballé y Bernabé Martí- enardeció al publico, siempre ansioso de ‘verdad verdadera’ en una ópera verista. Muy compuesto y sonoro el cónsul ‘Sharpless’ trazado por el valiente barítono Alberto Gazale; buena emisión y bonito color el de la voz de Elena Canzian, una mezzo romana que hacía de ‘Suzuki’. Mario Bolognesi, perfecto en el rol melifluo de ‘Goro’, y Fabio Maria Capitanucci que la reggia impuso vestido al estilo occidental, completaron un elenco en el que hizo su meteórica aparición Adelina Scarabelli, ‘Kate Pinkerton’, una soprano que lleva ya un buen tiempo paseando roles de comprimariado, solventados con el ‘aplomo’ de una gran artista. Una manera inteligente para seguir pisando el escenario... ¡y en este caso, el jardin Zen!

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