España - Galicia

Más leña al fuego

Juan Gil

martes, 16 de julio de 2002
Santiago de Compostela, jueves, 11 de julio de 2002. Auditorio de Galicia. A. Gaos, Impresión nocturna; P. I. Chaicovsqui, Concierto para violín; A. Dvorák, Sinfonía nº 9 'del nuevo mundo'. Mijail Ovrutsky, violín. Orquesta Sinfónica de Galicia. Manfred Honeck, director. IV Festival Internacional de Música de Galicia. Aforo, 1000 localidades. Asistencia 90 %
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La Sinfónica de Galicia se movió entre la sutileza y la más arrebatada potencia en un concierto sin concesiones. Esta orquesta presentó dentro de la programación de la cuarta entrega del Festival Internacional de Música de Galicia una sonoridad tajante en los silencios y feroz en los tuttis marcados in extremis por la batuta de Manfred Honeck.El variopinto público, que prácticamente llenaba el aforo, recibió un paulatino baño de cuerdas al que poco a poco se le fueron sumando metales y percusiones. Un programa inteligentemente equilibrado y aparentemente populista (propio de un festival de verano) fue radicalizado en matices y extremos justificando así la selección.Un Gaos que sirvió de brisa introductoria y que surgió de un silencio total, que Honeck tan pacientemente supo esperar, y en el que la orquesta fluctuó sin baches y con total naturalidad dando cuerpo a una masa uniforme de acordes.Mikhail Ovrutsky fue el encargado de ocupar el primer plano en un Chaicovsqui endiablado y retorcido. Su único Concierto para violín es una tortuosa y apasionante senda por las esquinas de este instrumento. Mikhail inició el recorrido un tanto espeso en las escalas más vertiginosas que emitió con poca definición, pero se metió al público en el bolsillo compás a compás culminando con un más que Vivacissimo en el que propinó una sangrienta paliza a su violín consiguiendo la ovación final por parte de público y orquesta.Honeck, quien había delegado parte de su responsabilidad en el arco de Mikhail, recuperó su puesto para iniciar una travesía con un Dvorak arrebatado, acelerado en sus tempi especialmente en el 'Allegro final' donde la orquesta sufrió y sudó de lo lindo, pero sin perder nunca el sentido musical de la partitura.Destacar el papel de metales (trompetas) y madera, dulce como ninguna, con un ensamblaje perfecto en los planos sonoros aportando fuerza y suavidad respectivamente. Me preocupaba en cambio la calvicie de los arcos, que iban perdiendo parte de su cerdamen a medida que corrían por las cuerdas, y al tiempo que la batuta de Honeck les exigía más y más.Un concierto que no fue maravilloso gracias al individuo/a del móvil y los aplausos esporádicos entre movimiento y movimiento, ¡qué se le va a hacer!.

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