España - Andalucía

Sáinz-Villegas homenajea a Andrés Segovia en Granada

José Amador Morales
jueves, 15 de julio de 2021
Festival de Granada 1952 © 2021 by Festival de Granada Festival de Granada 1952 © 2021 by Festival de Granada
Granada, lunes, 5 de julio de 2021. Patio de los Arrayanes de la Alhambra. Pablo Sáinz-Villegas, guitarra. Enrique Granados: Danza española nº 5 “Andaluza”, op. 37; Danza española nº 10 “Danza melancólica”, op. 37. Joaquín Rodrigo: Invocación y Danza. Francisco Tárrega: Capricho árabe; Lágrima; Adelita; Recuerdos de la Alhambra. Isaac Albéniz: Torre Bermeja, op. 92; Mallorca, op. 202; Asturias, op. 47. 70 Festival Internacional de Música y Danza de Granada
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Durante los primeros días del verano de 1952, multitud de aristócratas, diplomáticos y personalidades franquistas desembarcaron en Granada, una ciudad entonces golpeada duramente por la penuria de la posguerra como el resto del país, con la finalidad de asistir a los conciertos y espectáculos de lo que sería el primer Festival de Música y Danza. Utilizado indudablemente por el régimen dictatorial para dar una potente imagen cultural en un intento de neutralizar la ofrecida por la inmensa pobreza, la falta de libertades y el aislamiento internacional que ensombrecían un país que aún esperaba ser admitido en la ONU, el festival tuvo en los salones y patios más hermosos de la Alhambra un marco inigualable y en artistas nacionales como los bailarines Antonio y Rosario, Ataúlfo Argenta y la Orquesta Nacional, la soprano Victoria de los Ángeles y el guitarrista Andrés Segovia, sus principales cabezas de cartel. 

Este último volvía de América después de trece años sin pisar suelo español, rompiendo de esta forma su particular exilio iniciado al finalizar la Guerra Civil. Así, el 24 de junio de ese año Segovia daba el primero de dos recitales, del que la prensa destacaba por supuesto el éxito rotundo, pero también el hecho de finalizar a las dos de la madrugada y el destino benéfico de la recaudación.

Recordando aquel acontecimiento, el septuagésimo Festival de Música y Danza de Granada ha querido dedicar un recital guitarrístico en homenaje a aquellos que ofreciera Andrés Segovia en el alborear de esta cita anual granadina, ya consagrada e ineludible no ya sólo en el panorama musical español sino también europeo. Para ello ha sido elegido un artista como Pablo Sáinz-Villegas, de fulgurante carrera internacional y, si no el más genial (la sombra de Gallén es muy alargada), desde luego el más carismático y mediático de nuestros guitarristas. No en vano, el concierto que comentamos fue retransmitido a través tanto de radio como de televisión.

En una breve alocución al público presente en el bellísimo Patio de los Arrayanes, el guitarrista riojano dijo sentirse muy agradecido e inspirado por la figura de Andrés Segovia, al que dedicaba este programa netamente español, y celebró el mero hecho de compartir música en un contexto como el actual. Fue tras interpretar unas iniciales Danzas españolas nº5 y nº10 de Granados, en unas versiones en las que el guitarrista no parecía sentirse cómodo pues carecieron de la limpieza sonora que acostumbra, de fraseo atrancancado con algún que otro tropiezo, algo realmente insólito en este músico de acreditada solvencia técnica y virtuosismo. En el calor (35º al inicio), que tanto condiciona la sudoración de los dedos y la afinación de la guitarra y en los comprensibles nervios del comienzo probablemente estuvo la causa de ello, entre otras cosas porque quedó en eso, en un simple mal arranque. 

Sin embargo, fue justamente tras este inicio cuando Sáinz-Villegas ofreció lo mejor de la noche, esto es, una Invocación y Danza de Rodrigo realmente visionaria, con un carácter y expresividad acordes con las reminiscencias flamencas y con la complejidad de la partitura. A la misma altura estuvo su Tárrega, compositor con el que su personalidad ha encontrado siempre una especial complicidad en base a su rico sonido (algo tamizado por la lógica amplificación, por otra parte de gran calidad), volumen contundente y musicalidad; desde un Capricho Árabe en el que logró una mágica simbiosis con el entorno, hasta unos Recuerdos de la Alhambra (no incluidos inicialmente en el programa) personalísimos como en su reciente grabación discográfica, con un trémolo uniforme, equilibrado y sin el canónico énfasis en el ataque, así como una planificación dinámica extremadamente contrastada y expresiva. Ambas piezas escoltaban una emotiva Lágrima y una refinada Adelita. 

El Albéniz de Pablo Sáinz-Villegas fue a un tiempo personal e idiomático, si bien en algunos momentos con un exceso de afectación. Al compositor de Camprodón dedicó el tramo final del programa, que comenzó con una colorista Torre Bermeja, que Albéniz dedicara a Granada, y siguió con Mallorca en una lectura de marcado romanticismo pero en donde acusó en exceso su tempo ensimismado y los pesantes silencios. Finalizó el programa con una pieza tan aclamada como Asturias donde volvió a utilizar el contraste dinámico del fraseo como recurso expresivo. 

Ante los entusiastas aplausos, el guitarrista ofreció una versión solista del célebre “Adagio” del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, interpretada ciertamente con buen gusto pero realmente decepcionante por la escasa originalidad de la elección y lo naif del arreglo en sí, y la Gran Jota de Tárrega, habitual bis del riojano en sus conciertos, que volvió a sorprender por su derroche de virtuosismo -del bueno-, de musicalidad y de fantasía interpretativa. 

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