Reportajes

VI Jornadas de la Fundación Manolo Paz

Paco Yáñez
lunes, 30 de agosto de 2021
Fundación Manolo Paz © 2021 by Paco Yáñez Fundación Manolo Paz © 2021 by Paco Yáñez
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Situada en la orilla izquierda de la desembocadura a través de la cual el río Umia entrega sus aguas al océano Atlántico, la Fundación Manolo Paz es uno de los espacios de arte y naturaleza, de naturaleza y arte, más bellos de cuantos podamos visitar ya no sólo en Galicia y en España, sino en el mundo, como destacó el crítico de arte, comisario y gestor cultural David Barro el pasado 13 de agosto; precisamente, durante las que han sido VI Jornadas de la Fundación Manolo Paz, en las cuales Barro ejerció de maestro de ceremonias a lo largo de las diversas actividades que, desde la mañana hasta el anochecer, han hecho dialogar, como ya es marca de la casa, a diversas artes en el mágico espacio creado por el escultor Manolo Paz (Castrelo, 1957) en la fundación que lleva su nombre y cuya actividad vivifica mano a mano con su directora, Julia García Escudeiro.

Cambados. Viernes, 13 de agosto de 2021. Fundación Manolo Paz de Arte Contemporáneo. VI Jornadas de la Fundación Manolo Paz.

Alcanzada la sexta edición, las Jornadas de la Fundación Manolo Paz siguen teniendo un vínculo especialmente directo con la arquitectura, como demuestra la presencia entre la nómina de galardonados, a lo largo de estos seis primeros certámenes, de arquitectos como Xerardo Estévez (en 2016) o Álvaro Siza (en 2019), ya no sólo en su dimensión más puramente constructiva, sino por cómo ambos han entendido la relación del ser humano con la naturaleza y el paisaje: una de las cuestiones clave a las que nos enfrenta el propio museo de escultura en el que se emplaza la obra de Manolo Paz a orillas del Umia, así como algunas de las instalaciones más icónicas del artista cambadés: desde su emblemática Familia de Menhires (1994) -también conocida como Menhires por la Paz-, que, emplazada en A Coruña, se erige como uno de los conjuntos escultóricos más bellos de cuantos uno haya visitado en Europa, a los recientes Espellos (2020), ubicados en lo alto del monte Gaiás compostelano para enmarcar, desde diversas perspectivas y puntos de vista (tantos como personas a ellos se hayan asomado), esa rosa pétrea que es el casco histórico de la capital gallega.

En el otro extremo del sistema de pequeñas colinas que conforman la laberíntica Compostela, se erige, en lo alto del Monte Pío, la residencia institucional del presidente de la Xunta de Galicia: obra no menos emblemática de Manuel Gallego Jorreto (O Carballiño, 1936), arquitecto que el pasado 13 de agosto recibió el VI Reconocimiento Fundación Manolo Paz como premio a una larga y fructífera carrera que incluye, entre otros muchos galardones, dos Premios Nacionales de Arquitectura (1997 y 2008); el primero de ellos, por su exquisito y sobrio trabajo en el Museo de Bellas Artes de A Coruña, una intervención de una elegancia y de una sutilidad en su diálogo con el antiguo convento de la Capuchinas dignas de alabar, dando como resultado un edificio en el que su gran vestíbulo hace dialogar la luz con los dos grandes bloques constructivos del museo, creando ese haz central que, desde el corazón del mismo, señala y personaliza los espacios por medio de una hendidura construida que recuerda -repensando la obra de Manolo Paz que podemos disfrutar en su fundación- a piezas del escultor gallego creadas en esa misma década de los años noventa como Espacio aberto (1991) o Tensión (1991).

Son, estos, dos de los muchos vínculos a través de los cuales dialogan las obras de ambos artistas, cuyas piezas no dejan de abrirse a la naturaleza y de interpelar nuestro papel ante ella, así como de abrazarla, por medio de la apertura a la misma y a la luz: tal sucede tanto en los estupendos Edificios para Institutos de Investigación (1992-97), diseñados por Manuel Gallego para la Universidad de Santiago de Compostela, como en piezas nuevamente coetáneas de Manolo Paz, como Terra e aire (1995) o Penúltima cena (1995), escultura, esta última, que no sólo extiende sus brazos hacia el aire en la propia Fundación Manolo Paz, sino que sirve de auténtico balcón para que, desde sus sólidas piezas de granito horizontales, podamos disfrutar de la ría de Arousa en su encuentro con el Umia y la vegetación que reverdece dicha desembocadura. La Lonja de Lira (2007-10), obra de Gallego Jorreto que enmarca y realza a ese olimpo galaico que es el Monte Pindo, y la forma en la que los ya citados menhires herculinos nos proponen un marco para el océano Atlántico, serían nuevos reflejos entre las propuestas poéticamente volumétricas de ambos creadores: nuevas formas de unir arte, paisaje, geografía, naturaleza y un ser humano que aprende de, con y para ese reto que es el de la convivencia con lo natural, con esa madre de la que tanto se ha abusado.

Esta última idea figura entre las líneas de fuerza que han vertebrado el discurso de agradecimiento pronunciado por Manuel Gallego Jorreto tras recibir el VI Reconocimiento Fundación Manolo Paz: un discurso por medio del cual hemos tenido el privilegio (cada vez más raro en esta sociedad de ruido, prisas, banalidad y furia) de haber escuchado de viva voz a un hombre sabio, que ha alquitarado el tiempo que le ha sido dado de forma cabal y provechosa, compartiendo con nosotros esas gotas de sabiduría a través de los ecos de la naturaleza en la Fundación Manolo Paz y de las reverberaciones que de sus edificios pueblan nuestra memoria. Las palabras de Gallego Jorreto se adentraron, asimismo, en el propio espacio de la Fundación Manolo Paz, que ha leído con clarividencia para quienes lo escuchábamos, hablándonos de «piedras transformadas por el espíritu del hombre que les ha dado vida», algo que, según el arquitecto orensano, es parte de esa mezcla de arte y naturaleza que apasiona a los que vivimos en esta tierra, citando al escritor mindoniense Álvaro Cunqueiro y su concepción del paisaje como un puzle en el que el hombre es un pieza más del todo, con las responsabilidades éticas y estéticas que ello comporta, algo que extiende Manuel Gallego a una idea muy bella -también derivada de Cunqueiro-: «que nosotros tenemos el paisaje dentro» y que hay que buscarlo, pues ese paisaje somos también nosotros mismos.

Manuel Gallego Jorreto recibiendo el VI Reconocimiento de la Fundación Manolo Paz, 13 de agosto de 2021. © 2021 by Adrián Baúlde.Manuel Gallego Jorreto recibiendo el VI Reconocimiento de la Fundación Manolo Paz, 13 de agosto de 2021. © 2021 by Adrián Baúlde.

Ahora bien, la relación de la sociedad con la naturaleza, el territorio y el paisaje es algo que a Gallego Jorreto le produce cierta «cólera apacible» -así la definió, usando el término gallego «carraxe»- por el reto no siempre bien resuelto (escasamente, habría que decir) que supone ese triángulo en su dimensión de transformación por medio de la urbanística y la arquitectura: un desafío en el que cifró buena parte de nuestro futuro éxito como especie, y en el que las autoridades políticas tanto tienen que decir, con su capacidad legislativa, promotora y sancionadora (algo tan olvidado y que deja en Galicia todo un reguero de restos del más atroz feísmo). Así que esperamos que buena nota de todas estas perlas de sabiduría destiladas por Manuel Gallego haya tomado el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, presente en este acto de entrega del VI Reconocimiento Fundación Manolo Paz y que en su discurso incluyó diversos guiños a los recientes éxitos olímpicos de los deportistas gallegos, además de algunos tópicos y lugares comunes que, después, cierto es que precisan de medidas reales para potenciar esa sociedad del conocimiento y la cultura a la que, cual mantra, se refiere nuestra casta política de forma continuada. En dicho discurso, se refirió Núñez Feijóo al privilegio que para él supone habitar una residencia (la institucional de Monte Pío) diseñada por Manuel Gallego, ya no sólo por sus virtudes arquitectónicas (que, pienso, todos los compostelanos envidiamos), sino por su privilegiado emplazamiento, que recuerda al presidente cada día, al ver la catedral de Santiago cara a cara, la evidencia de ser el presidente de Galicia, en su propio corazón, algo que Feijóo afirmó que resultaba el aspecto material más gratificante de su cargo.

Dicha residencia es otro buen ejemplo de esa integración de naturaleza, paisaje, urbanismo y arquitectura que Manuel Gallego afirma que es uno de nuestros principales retos: palabras que reverberaron en ese círculo mágico de menhires creado por Manolo Paz en su fundación y, desde la cual, con el mar, las montañas, la vegetación y las esculturas habitando nuestra mirada, pudimos comprender mejor, y de primera mano, el significado de las palabras de este hombre sabio (en un espacio que une, como buena parte de la obra de Paz, la tradición y la modernidad, remitiéndonos a esa Galicia primigenia y arcaica que también reverbera, a través del granito, en otros grupos escultóricos de reminiscencias ancestrales: obras de artistas como Leopoldo Nóvoa -un creador tan querido por Manolo Paz-, en su Espacio crómlech ocupado (1998) del compostelano parque de Bonaval).

Con las palabras de Manuel Gallego aún reverberando en nuestro pensamiento, las actividades de la tarde comenzaron con la inauguración de la exposición A diferenza repetida, del pintor gallego Uxío López (Irún, 1958), un muy atractivo conjunto de cuadros individuales y series (en técnica mixta sobre cartón dispuesto en panel composite) que forman parte de esa emocionalidad que define el trabajo del pintor vilagarciano, marcado -en sus propias palabras- por el desorden, la ansiedad, las influencias, la duda, la alegría, o su admiración por el artista imperfecto (que, revirtiendo la idea y tirando de budismo zen, podríamos decir que es el más perfecto de los artistas, por su potencialidad de cambio y desarrollo). Pero la crítica social y política también nos interpela desde los cuadros de Uxío López, en series presentes en la muestra que hoy se inauguraba, como Agasallo consumista (2017-21), surgida -según leemos al propio López- «con el objetivo de suscitar la reflexión sobre la necesidad que tenemos de regalar algo, cuando no es realmente necesario. Esa ansia de comprar, comprar y comprar». La propia serie es un producto de esa compra que ya casi parece ¿ineludible?, pues, según nos explica el pintor, «su origen está en los sobres de mensajería online, en los que me enviaban discos de música y yo iba guardando. Cuando llegué a tener cierta cantidad, comencé la serie. Ya más tarde decidí comprar directamente los sobres, adaptándolos a un soporte de panel composite». Por tanto, proceso y producto, contenido y continente, estrechamente ligados, fertilizándose mutuamente en unos cuadros en los que parecen confluir las densas Color Field Paintings rothkianas, así como su multiplicación en la pintura de Sean Scully, sobre cuyas múltiples tramas horizontales cobran forma otras nubes pictóricas que, pese a su potente abstracción, a uno le han recordado la recogida dignidad de los personajes baconianos inmersos en las típicas referencias geométricas del pintor dublinés.

Inauguración de la exposición A diferenza repetida, de Uxío López. Fundación Manolo Paz, 13 de agosto de 2021. © 2021 by Adrián Baúlde.Inauguración de la exposición A diferenza repetida, de Uxío López. Fundación Manolo Paz, 13 de agosto de 2021. © 2021 by Adrián Baúlde.

Tomadas en conjunto, u observadas cual secuencia cinematográfica, las sucesivas piezas de estas series nos adentran en otro de los aspectos clave que vertebran A diferenza repetida (un título que tantas reminiscencias porta de las piezas musicales que conforman las Differenz / Wiederholung de Bernhard Lang), como es la variación de formas tan similares como las vistas en los sucesivos paneles de estos polípticos de denuncia. Sobre este hecho, reflexiona Uxío López que «todo parece repetirse, intento hacer lo diferente muy parecido, y viceversa. Marcar distancias cortas entre las piezas que integran cada obra, plasmando ideas muy semejantes, pero en el fondo diferentes entre ellas. Trato de jugar un poco con la fragilidad de la mirada y también de la memoria. Igual que cada sobre en sí es único, un distinto regalo, con su nombre, dirección, color o precio, aunque en el fondo no lo sea tanto. En realidad, muchos de ellos pertenecen a un solo pretexto, consumir, que es el factor que los iguala. Sólo aquí es donde concibo cada conjunto como una obra diferente, para hacerla más distante entre las diferentes partes de la serie. Pinto cajas destapándose para ofrecer una sorpresa, y cubos para ocultar esa misma sorpresa».

De este modo, esa tensión entre la similitud y la diferencia, matizada por la repetición, confiere al trabajo de Uxío López; especialmente, a esas fantasmagorías que habitan la región central de sus cartones, un carácter muy musical, ya por concepto, ya por su plasmación estética, resultando como conjunto una muy bella propuesta repleta de detalles para disfrutar y hacernos reflexionar -como lo había hecho, horas antes, Manuel Gallego- sobre la sociedad que somos y queremos ser: ésa en la que, como reconoció Uxío López, «todo somos muy parecidos, nos diferenciamos en casi nada». Serán la mirada, la memoria, la fragilidad, la apropiación y la reordenación —algunos de los procesos que han llevado al pintor vilagarciano hasta estos cuadros— los que concreten su idiosincrasia e individualidad: esas nimias diferencias en las que, paradójicamente, tanto y tan importante se juega: toda una visión personal del mundo. Teniendo en cuenta la perseverancia que, a lo largo de su carrera, ha mostrado Manolo Paz por encontrar matices diferenciales en formas que, grosso modo, podrían parecer repetidas (pensemos en sus grandes menhires o en sus cubos de rejilla), los puntos de diálogo y conexión entre ambos artistas arousanos no podrían ser mayores ni más fructíferos. La presencia de esta exposición de Uxío López en la Fundación Manolo Paz así lo demuestra.

Continuando esta intensa jornada de diálogo entre las artes y la naturaleza, tuvo lugar, de nuevo en el corazón del mágico círculo de menhires, la acción poética O lugar que non hai, del escritor gallego Estevo Creus (Cee, 1971), que con su actuación convocó ecos de la poesía social y neodadaísta de Grupo Rompente, así como de algunos de sus continuadores, como el propio Antón Reixa. Una vez más, la repetición, los mantras y sus sutiles variaciones se asomaron a las palabras de Creus, tan deudoras de esa radical renovación poética del Vigo de la Transición como de la experiencia literaria de un Samuel Beckett (en las palabras de Creus habita la esencia, tan beckettiana como valentiniana, del no-lugar) o de un Antonin Artaud. Como estas propias Jornadas de la Fundación Manolo Paz, Estevo Creus muestra a lo largo de su trayectoria un deseo constante de potenciar lo interdisciplinario, ya en el campo de la edición, ya en sus propias acciones poéticas, en las cuales -como hoy ha sido el caso- se adentra la música electrónica de forma muy sutil y puntual, para realzar el texto y hacerlo girar en bucle sobre sí mismo, creando texturas perturbadoras, pues el de las obsesiones es uno de los temas recurrentes en el trabajo de Creus, con la exploración del yo por sí mismo, encontrando sus puntos de ruptura y sus fugas poéticas (de nuevo: unidad y diferencia, heterodoxia y obstinación).

Estevo Creus en la Fundación Manolo Paz, 13 de agosto de 2021. © 2021 by Adrián Baúlde.Estevo Creus en la Fundación Manolo Paz, 13 de agosto de 2021. © 2021 by Adrián Baúlde.

Si la acción poética de Estevo Creus convocó ecos de esa rompedora Vigo de los años setenta y ochenta del pasado siglo (que tan necesarios nos parecen, hoy en día, en este imperio de lo políticamente (in)correcto), qué decir de la actuación musical de la compositora, guitarrista y cantante gallega Su Garrido Pombo (Vigo, 1982), una artista cuyo estilo musical -leemos en su página web- «abraza varios géneros con matices de bossa, folk, jazz o latin». A estas influencias añadiría, sin dudarlo, la canción protesta gallega y española del antifranquismo, así como al cantautor (en sentido histórico amplio, desde los trovadores medievales a los nuevos modos de expresión electrónica hibridados con la voz: algo que tan bien demostró dominar Su Garrido). Esta presencia vocal multiplicada por la electrónica convoca, asimismo, improntas no menos proteicas de compositoras y cantantes norteamericanas de la segunda mitad del siglo XX, como Joan La Barbara, cuyo densificado y evanescente trabajo de la voz cual materia plástico-musical tan evidente resuena al escuchar a la cantante gallega.

Por otro lado, el uso de la electrónica y de la amplificación en un espacio tan sugerente como el de los menhires centrales de la Fundación Manolo Paz ha hecho que, al igual que en Three Voices (1982), de Morton Feldman, o en piezas de la propia La Barbara como Autumn Signal (1978) o as lighting comes, in flashes (1981), la voz de Su Garrido reverberase de modo que los propios menhires, su cúbico espacio central (esa creación de espacio por parte del vacío, de reminiscencias tan oteizianas), parecía ser un lugar musical en sí mismo por sus inasibles reverberaciones, que han ampliado los efectos de fuga y delay que Garrido lanzaba desde la electrónica, en todo un alarde de multiinstrumentista de ley.

Pero el concierto de Su Garrido no hizo circular entre las esculturas de Manolo Paz únicamente reminiscencias e improntas estéticas y artísticas, sino que convocó, muy premeditadamente, a lo poético, para dotar de contenido a sus canciones: una poesía emanada de las vivencias de la propia cantante, de aquéllas de su infancia, así como de los tiempos no vividos (pero que la estaban aguardando, para ser cantados) que le relataron sus abuelas: tiempos que se suman y leen en palimpsestos verticales con aquellos que ella misma vive y observa, cada día, en las calles de la ciudad olívica: espacio de denuncia y de destellos de belleza, pues las canciones de Su Garrido son tan políticas como poéticas, capaces de encontrar toda una lectura crítica del urbanismo en el crecimiento de una hierba entre los escombros (en Flores silvestres, todo un  canto a la naturaleza) como de evocar el festín polifónico de un patio de luces: verdadera alfaguara poética que ha inspirado muchas de las canciones esta tarde escuchadas. La propia poesía es, también, fuente de inspiración de estas canciones, como la de la escritora orensana Chus Pato, a quien Garrido escuchó de viva voz contar cómo a las mujeres de las fábricas de Vigo se les prohibía, como represalia política durante el franquismo, cantar, algo que ella hace ahora música, a modo de reivindicación y devolución de la voz a sus protagonistas, en sus propias canciones: un nuevo puente intergeneracional de los muchos que en su recital ha tendido la cantante viguesa, que en la memoria tiene uno de sus principales centros de interés.

Otro tema principal en las vivencias y en la música de Su Garrido es el de la tensión entre lo rural y lo urbano, mostrando cómo las ciudades se pueblan y fertilizan por medio de esa sabiduría ancestral que Garrido no deja de evocar, por lo que su música tiene, en muchos momentos, ese aroma de un mundo tan antiguo como intemporal, con ecos de una saudade que conectan su música con el fado portugués, cuya melancólica dulzura recuerdan las canciones hoy escuchadas entre unas esculturas que, como ya hemos apuntado en esta reseña, no dejan de mostrar la pervivencia de lo arcaico, la actualización de formas transversales al ser humano como cultura. La voz de Su Garrido es un perfecto ejemplo de ello, a nivel técnico y estilístico: de dicha intemporalidad, con un dominio vocal digno de destacar, tanto en la modulación como en la articulación, manejando los registros de forma muy delicada en función de todos estos mundos tendidos hacia tantas direcciones. Canciones como Rúa do pracer materializan a la perfección esas bondades artísticas, con un delay que convierte la voz de la viguesa en eco de otras muchas mujeres (las que a Vigo llegan cada año desde distintas latitudes, para buscarse una vida mejor); un eco, a su vez, multiplicado por las reverberaciones producidas en y por los ancestrales menhires, de forma que el tiempo ha devenido esta tarde en tiempos; y lo local, en global, pues no hay duda de que en el uso de la electrónica por parte de Su Garrido, ya sea al tratar su voz o al establecer una base rítmica y armónica con la guitarra eléctrica, hay una clara voluntad de trascender una contingencia y una cotidianeidad, para buscar un mensaje transcultural, que supere las fronteras (lo que se muestra, asimismo, en algo tan extraño en un recital de esta naturaleza como el que no sólo haya alternado el gallego -mayoritariamente- y el castellano en sus canciones, sino que algunas de ellas hayan sido bilingües).

Su Garrido en la Fundación Manolo Paz, 13 de agosto de 2021. © 2021 by Adrián Baúlde.Su Garrido en la Fundación Manolo Paz, 13 de agosto de 2021. © 2021 by Adrián Baúlde.

Grata sorpresa, por tanto, la de Su Garrido, cuya música no conocía, y que ha dejado una muy buena impresión a quienes nos hemos quedado hasta las últimas horas de estas intensas VI Jornadas de la Fundación Manolo Paz tan marcadas por lo emocional en cualquiera de las manifestaciones artísticas hoy convocadas, ya fuese la arquitectura, la pintura, la poesía, la música, o la propia escultura, que nos rodeaba y confería un espacio para todas estas artes: un espacio que hoy he tenido la ocasión de vivenciar de un modo poco habitual, pues mis anteriores visitas a la Fundación Manolo Paz se habían limitado a una parte del día, ya fuese de mañana o de tarde, pero nunca a una estancia que comprendiese hasta siete horas en las que hemos podido disfrutar de una experiencia que no dejaría de recomendar a quienes hasta esta Fundación se acerquen: el comprobar cómo esa otra escultora que es la luz del sol cambia las sombras y el aspecto de las propias esculturas de Manolo Paz a lo largo del día, revelando nuevos matices y perfiles en ellas, y ya no sólo en sí mismas, sino con respecto a la naturaleza y al diálogo que entre las propias esculturas a orillas del Umia se tiende, ya sea entre las más estructurales y geométricas rejillas, como Contrastes transparentes (2001); en la vertical y delicada danza del grupo Mundos de pedra (1986); o en piezas más rocosas y severamente volumétricas como Dentán (1998). En algunas de esas series de esculturas, muchas de ellas habitantes de esta Fundación a modo de verdaderas familias, como el grupo Parellas (1998), se puede ver cómo los líquenes nos hablan de otra dimensión del tiempo que trasciende al de una sola jornada, por lo que la visita a este espacio se convierte en una experiencia renovada con el paso de los años, ya no sólo por las nuevas incorporaciones a su extraordinario paisaje, sino por el cambio que en las superficies la luz y el tiempo señalan en las ya conocidas (si es que una obra de arte puede agotar tal adjetivo, algo que Stéphane Mallarmé refutaría categóricamente).

Aunque las transformaciones producidas por el paso de los años y los cambios en la inflexión de la luz no sean perceptibles en una exposición temporal ubicada en un espacio interior, sí podrán disfrutar, quienes se encuentren en Madrid durante los próximos dos meses, de la obra de Manolo Paz en la capital de España, incluyendo algunas de sus últimas creaciones, como las de su serie de Espellos. Y es que, del 9 de septiembre al 23 de octubre, la prestigiosa galería madrileña Max Estrella muestra la obra de un Manolo Paz al que la galería dirigida por Alberto de Juan (a quien también hemos visto estas VI Jornadas) representa desde 2021. Continúa, de este modo, la presencia de Manolo Paz en la escena expositiva madrileña, pues este mismo año, entre el 3 de febrero y el 26 de abril, y en el patio del Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque, se pudo disfrutar (allí, en espacio abierto) de la muestra escultórica Los mares del mundo, un bellísimo trabajo de Manolo Paz utilizando redes de pesca como materia escultórica que rubrica el poderoso ascendiente que lo oceánico tiene sobre un creador en el que las improntas del mar y de la tierra gallega son más que evidentes, como nos muestra una atenta visita a su Fundación.

No cabe duda, por tanto, de que el apoyo de las galerías y de los centros culturales y expositivos es fundamental para la difusión de la obra de nuestros mejores artistas, como también lo debería ser el de las instituciones públicas, cuando el valor de una propuesta adquiere el calado de esta Fundación Manolo Paz: un espacio que subsiste sin apoyos institucionales y cuya disponibilidad para el acceso continuado del público aumentaría de apostar diputaciones y gobierno autonómico por joyas diseminadas por nuestro territorio como ésta. Si Alberto Núñez Feijóo se refería, en su discurso matinal, a que artistas como Manuel Gallego Jorreto y Manolo Paz son «un reflejo de lo que los gallegos queremos ser», aquellos lugares donde con más intensidad y belleza se condensan estos reflejos han de ser protegidos, pues en ellos se define lo mejor que somos como sociedad. En parte, de ello dependerá el que podamos seguir disfrutando, en años venideros, de jornadas de arte y naturaleza como éstas, el que en la Fundación Manolo Paz los amantes del arte se puedan seguir encontrando con las obras del escultor cambadés, así como con otros artistas que en estas tan necesarias ágoras se reúnen, como fue el caso el pasado 13 de agosto, entre otros, de creadores como Antón Lamazares o Silverio Rivas. Cuando sean llegadas las séptimas jornadas, de ello les hablaremos, esperando un compromiso institucional mayor y que estos tiempos tan peligrosos y complejos nos sigan respetando a todos. Mientras, tanto en Madrid como en Cambados, o en cualquiera de los espacios públicos donde sus esculturas confieren una nueva lectura y perfiles al paisaje, nos podremos seguir encontrando con ese luminoso gozo que es el arte de Manolo Paz. 

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