España - Galicia

¿Qué fue de Smetana?

Cherubino

miércoles, 17 de julio de 2002
Lugo, sábado, 13 de julio de 2002. Círculo das Artes. W. A. Mozart, Cuarteto en si bemol 'la caza'; B. Bartók, Cuarteto nº 1; B. Smetana, Cuarteto nº 1. The RTÉ Vanbrugh Quartet: Gregory Ellis y Keith Pascoe, violines, Simon Aspell, viola, y Christopher Marwood, violonchelo. IV Festival Internacional de Música de Galicia. Aforo: 300 localidades. Asistencia: 40 %
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El cuarteto Vanbrugh hizo su aparición en Lugo, ciudad con poquísima actividad musical y casi inexistente tradición camerística, con un programa ambicioso por el recorrido de estilos que conllevaba a lo largo de sus dos partes. En este caso - quiero decir el de la poca costumbre de escucha camerística del público, y lo denso del programa - , el problema resulta obvio: ¿Cómo dividir en las habituales dos partes, con descanso y refresco por el medio? Vi en el programa de mano la decisión de hacer la pausa tras Mozart y Bartók y ya me senté en mi butaca con cierta inquietud.Quiero decir que a esta inquietud inicial se sumó el hecho notablemente triste de la ausencia de cualquier adorno floral (primera vez que veo que esto sucede en el Círculo de las Artes). Sabiendo algo de la calidad del cuarteto, me pareció imperdonable, ya que en este mismo lugar se han aplaudido y festejado bolos de todo tipo. Medio inquieto, traté de aislarme del contexto para dedicar toda mi atención a la ejecución: me encontré con un Mozart correcto acentual y rítmicamente, con un comienzo en el que la viola y el violín segundo empezaron algo perezosos en sus intervenciones a dúo, pero pronto brilló en los cuatro componentes una agilidad de arco muy apropiada para el estilo de la obra. Dentro de este aspecto, maticemos que Ellis, aunque ágil y seguro en las dos manos, lució un timbre algo metálico en la primera cuerda, un spiccato demasiado blando en ocasiones para el gusto del que suscribe, y un ricoché perfecto. Se echó en falta mayor presencia de su papel de primer violín en los pasajes más líricos, donde quizás su buen hacer camerístico le hizo ceder a las partes rítmicas del acompañamiento. Quiero destacar la belleza con que fue ejecutada la modulación a fa menor en el primer tiempo y, siguiendo con Ellis, su excelente uso del legato de arco (quizás algo deslucido por un uso excesivo del glissando en la melodía). El cello (Marwood) destacó por encima de todas las otras cuerdas en los brevísimos momentos melódicos que Mozart le dedica, sabiendo retirarse a un discreto papel de bajo durante casi toda la obra. Lástima que el primer violín no se desmelenara demasiado durante el trío del minué, donde le faltó cuerpo de sonido – estoy convencido de que fue por un exceso de delicadeza, que sin embargo desequilibró los timbres. En el tercer movimiento, empecé a disfrutar de verdad de la labor camerística del conjunto. Ellis tuvo el detalle de exponer el tema de forma muy elegante y expresiva, recurriendo para ello a las cuerdas graves digitando en posiciones altas. En la vuelta a la tonalidad principal del tercer movimiento, hubo un momento donde la bajada de volumen general del acompañamiento benefició enormemente la expresiva ejecución de la línea melódica del violín primero. En este mismo movimiento, el cello se desmarcó ya por la redondez del sonido, impecable en sus cortas intervenciones melódicas. En el cuarto movimiento, confieso que sólo tuve oídos para las agilidades y adornos rapidísimos del cello.Por fin llegó el cuarteto de Bartók. Se vio confirmado el mayor nivel del cello, siempre en el momento justo de su intervención, de la forma más respetuosa para el conjunto. El movimiento de líneas cromáticas con el que se abre el cuarteto tuvo una ejecución irreprochable de las disonancias creadas por los instrumentos avanzando en forma de fuga. Armonía sorprendente, “pinitos” de dodecafonismo que no dejan de ser una simple anécdota en una obra de esta envergadura, que está situada más allá del bien y del mal (léase: de lo tonal y lo serial). En este momento, desde mi palco, miré al público y comprendí lo que se avecinaba: cuellos estirados como para oír mejor, entrecejos fruncidos, claudicaciones casi de siesta... (Perdóneseme la crueldad, pero ustedes ya saben que me gusta escribir lo que oigo, pero también lo que veo).La obra fue acometida con gran valentía, con enorme rigor y con un arduo trabajo de cámara latente que sin duda pocos supieron apreciar. Unísonos y pasajes homofónicos impecables, acentuación precisa, pasajes complicados en spiccato muy bien resueltos y con mayor equilibrio tímbrico. Excelente fue la primera entrada de la fuga, correspondiente a la viola (muy rítmica y afinada), y la perfecta coordinación de Aspell / Pascoe y Aspell / Marwood en los pasajes a dúo.Tras la pausa, pensaba yo (cándido de mí) que el público estaría ya deseando el desbordamiento emocional - melódico y rítmico, y muy accesible para los oyentes formados en la música romántica – del estilo de Smetana, el Smetana de las danzas y el nacionalismo, el Smetana divulgado y aceptado. Pero no fue así: ¡el público huyó! . La asistencia se vio reducida más o menos a un 20% del aforo (los incondicionales). Yo, la verdad, estaba ya contento y satisfecho con haber oído el Bartók interpretado con tanta valentía, aunque durante la pausa (siempre puntilloso) rumiaba algo acerca del exceso de vibrato que deslucía un poco los juegos de disonancias cromáticas, y algún que otro glissando fuera de contexto del primer violín. ¿Qué fue de Smetana? En primer lugar, se notó una mayor soltura, desde luego, aunque hubo algunos pasajes no muy limpios entre los violines y un exceso de intensidad un tanto desbordante, sin aprovechamiento de las partes anticlimáticas. En el segundo tiempo, el comienzo en el pasaje homofónico no fue ya tan limpio como los de Bartók. La viola hizo una entrada discreta, pero fue secundada por el violín segundo con desafinación. Después de una parte más viva y otra más calmada con ritmo de danza, bien tocadas ambas, sobrevino de repente un desajuste rítmico en un punto cadencial. En la repetición de las entradas viola-violín, volvió a brillar la desafinación.El tercer movimiento dio lugar al lucimiento del cellista, y también nos proporcionó el mejor momento del violín primero, que tocó francamente bonito la melodía sobre un cuidado pizzicato del cello. En el cuarto movimiento, se agravaron los pequeños desajustes de ritmo y afinación, y en compensación escuchamos un pasaje de tremolo de viola francamente bello.Ahora trato de ponerme en su lugar (el de los músicos). Después del esfuerzo de Bartók, ¿cómo habría encajado yo la fuga (y no musical) del público? Seguro que no muy bien. Y todo esto, además, sin flores en el escenario. Les deseo la suerte que se merecen como buenos profesionales que son de la música de cámara y, sobre todo, que olviden pronto episodios como el de la “fuga” primera de Smetana: la protagonizada por el público.

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