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Christie, el secreto de la eterna juventud

Jorge Binaghi
viernes, 4 de febrero de 2022
William Christie © 2022 by David Ruano William Christie © 2022 by David Ruano
Barcelona, sábado, 29 de enero de 2022. Gran Teatre del Liceu. Partenope (King’s Théâtre, Londres, 24 de febrero de 1730). Libreto anónimo sobre un original de S.Stampiglia, y música de G.F.Händel. Versión de concierto. Intérpretes: Anna Vieira Leita (Partenope), Hugh Cutting (Arsace), Alberto Miguélez Rouco (Armindo), Jacob Lawrence (Emilio), Helen Charlston (Eurimene/Rosmira) y Matthieu Waldenzik (Ormonte). Les Arts Florissants. Dirección: William Christie.
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Del gran director se puede decir que como los buenos vinos mejor cuanto más envejece. Se lo ve siempre alerta, feliz, de golpe deja de utilizar sus manos para escuchar a un grupo de instrumentos a un cantante, de golpe las vuelve a usar para dirigir a todo el conjunto, a un solista (instrumental o vocal). Incansable, aunque ante los aplausos que a lo mejor como buen inglés considera un pelín exagerados mira su reloj y da por terminada la función. 

Christie, más joven que nunca aunque la mayor parte de sus instrumentistas también peinen canas (más que ‘fleurissants’ deberían poner ‘fleuries’) pero se aplican con invariable entusiasmo. Y, por contraste, la elección de intérpretes jóvenes que pueden tener o no una gran carrera, pero que todos están preparadísimos y, evidentemente, adoran a su maestro, además de tener una noción de trabajo en equipo que les debería hacer caer la cara de vergüenza a algunos divos (o dives, como se quiera) reales o presunt@s, sin tensiones ni pretensiones. 

Partenope, producción de Les Arts Florissants. © 2022 by David Ruano.Partenope, producción de Les Arts Florissants. © 2022 by David Ruano.

Actúan si hace falta como coro, mueven objetos (hubo una escenificación ‘ligera’, yo diría ‘esencial’ pero justísima, debida a Sophie Daneman, que gustó e hizo sonreír e incluso reír al respetable, y que pone en su lugar a espectáculos costosos, sofisticados e ‘inteligentes’), y a nadie se le caen los anillos.

La obra es la Partenope de Haendel que parece estar volviendo a los teatros (este mismo año hubo una versión escénica en el Real), un éxito en su momento y hoy algo rezagada frente a otros títulos (me temo que siempre lo estará: la primera parte consta de arias breves, salvando un par o tres, y no muy difíciles; la segunda concentra todas las dificultades y efectos, y Haendel parece salir de una ‘placidez’ y ‘bonhomía’ no muy usuales para usar toda su artillería, que como se sabe es mucha. Ya en la obertura inicial se nos presenta claramente a todos los personajes y luego nos lanzamos de lleno en una acción de ópera seria con algún ingrediente cómico. Los cantantes son consumados actores, pero quien se lleva la palma es el tenor Lawrence que además de cantar muy bien tiene un dominio del escenario como si se tratara de un consumado veterano y una simpatía a prueba de roles (en principio el suyo es un malvado no muy malvado, pero una sola frase y un gesto logran una carcajada general).

Buena la protagonista Leita, soprano, aunque seguramente habrá quien tenga mayor precisión y virtuosismo en las agilidades y un agudo más extenso, pero dice muy bien.

Excelente –probablemente el mejor en términos estrictos- el Arsace (en cierto modo el verdadero protagonista con las arias más largas y difíciles, tanto de furor o arrojo como de lamento) del contratenor Cutting. El otro contratenor (en su origen al parecer una contralto) es el muy bueno Miguélez Rouco, que por timbre y expresividad parece alcanzar sus mejores momentos en los pasajes elegíacos o melancólicos. Correcto (no tenía demasiado que demostrar) y divertido el barítono Waldenzik. Tal vez el gran papel ‘en travesti’ de  Rosmira alias Eurimene sea un hueso demasiado duro de roer para la mezzo Charlston, de voz pequeña aunque bien proyectada, un grave no muy poderoso y un italiano perfectible en particular en las consonantes ‘r’, ‘d’ y ‘t’ (el de los otros es muy bueno). También ella es muy correcta y aplicada en los adornos aunque seguramente sus números darían para más.

Y así pasó el estreno de este título en el Liceu con la moral acostumbrada de tantas óperas de Haendel: se ama a quien no ama, pero ama a un tercero que a su vez no corresponde o no en la forma en que se querría o se podría, y así hasta el infinito. En este caso con un final feliz como corresponde y en el que nadie cree mucho aunque se finja con una sonrisa. Dice Partenope, quien tiene locos en serio o ficticiamente a todos y a quien le cuesta lo suyo decidirse, en su última aria: ‘Sempre Amor con doppia face/ or dà guerra, or dà pace/ Pena e Gioia  ad un sol cor”. Haendel, un contemporáneo.

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