España - Galicia

Si muero y tú no mueres

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 22 de octubre de 2021
Joana Carneiro © RFG Joana Carneiro © RFG
Santiago de Compostela, jueves, 14 de octubre de 2021. Auditorio de Galicia. Dame Sarah Connolly, mezzosoprano. Real Filharmonía de Galicia. Joana Carneiro, directora. Carlos Chávez: Discovery; Peter Lieberson: 5 Neruda Songs; Aaron Copland: Three Latin-American Sketches.
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Programa sin concesiones el que ha elegido Joana Carneiro (Lisboa, 1976) para el primer concierto de esta temporada en su calidad de principal directora invitada de la Real Filharmonía de Galicia, centrado en músicas de origen o de inspiración hispanoamericana, aunque todas ellas compuestas y estrenadas en los Estados Unidos. Sin concesiones, pero con total entrega, gracias a lo cual obtuvo un éxito rotundo entre el público y entre los miembros de la orquesta: por la sencilla razón de que la música difícil deja de serlo cuando se toca tan bien como esta noche.

En 1969 Carlos Chávez (1899-1978) compuso Discovery por encargo del Festival de Cabrillo para conmemorar el bicentenario del descubrimiento de la bahía de San Francisco por parte del capitán leridano Gaspar de Portolá. La invitación –que Chávez recibió por telegrama, y cuya honra le supuso 4.000 dólares- especificaba que la obra duraría veinte minutos y que se debía escribir para una orquesta de alrededor de treinta y cinco instrumentistas-, y Chávez se atuvo a las instrucciones. Por otra parte, aquéllos eran los años en que la vanguardia musical fue más radical que nunca, así que quienes esperábamos alguno de los rastros indigenistas por los que reconocemos al autor nos quedamos con las ganas.

La obra cuesta de escuchar. Desde el susurrante despertar en los contrabajos hasta su culminación en tutti, todo parece ser una serie de exploraciones deliberadamente alejadas de cualquier conexión temática (no digamos cohesión armónica), que progresan despacio dentro de un ambiente obstinadamente oscuro. Sin embargo, Carneiro la sirvió con tal perfección que hizo brillar esa oscuridad, logrando de la cuerda de la Real Filharmonía un empaste impecable y encontrando el pulso para avanzar allí donde aparentemente no lo hay. Tal y como están hoy las cosas, ignoro si el monumento conmemorativo de la hazaña sigue incólume en Sweeney Ridge mirando al océano; pero sí tengo claro que, al aplaudir, me estaba negando a pedir perdón a AMLO por el hecho de que un mejicano pusiese música a una gesta española en las Américas.

Precisamente porque no hay motivo para pedir perdón, Pablo Neruda escribió en español sus Cien sonetos de amor. Peter Lieberson (1946-2011) eligió cinco de ellos para hacer unas canciones en honor a su esposa -la célebre cantante Lorraine Hunt-, quien a pesar de padecer una enfermedad terminal tuvo arrestos para estrenar la obra en Los Ángeles en 2005. Por fortuna, para entonces los compositores americanos ya se habían librado del yugo serialista y Lieberson pudo recurrir a un lenguaje que bordea la tonalidad pero desde el lado correcto, como hacía el primer Schoenberg. Dadas las circunstancias, Lieberson dispone para la solista una parte sin exigencias técnicas extremas, al tiempo que reduce la plantilla orquestal a fin de asegurar que no tape la voz.

De manera que todo queda a expensas de que la cantante y la orquesta sepan transmitir aquella triste intimidad que, a pesar de todo, celebra el amor. Y justamente eso fue lo que hicieron Carneiro y Sarah Connolly (Durham, 1963). Connolly tiene una voz preciosa de color, más que suficiente en fuelle, una educación formidable, y todas las tablas del mundo para no sólo pronunciar el español correctamente, sino sobre todo comprender el significado de los versos y frasear y actuar en consecuencia. Carneiro, por su parte, mostró la mejor compenetración para –intuyendo la respiración de la solista sin necesidad de mirarla- extenderle el sonido cálido de la orquesta cuando y como la cantante lo necesitaba. Aquí tuvo más valor el silencio emocionado del público –esas cosas se notan-, que sus aplausos. Y Connolly –ahora en su condición de Dame Sarah- se quitó la mascarilla cada vez que salió a agradecerlos (hace unos pocos días, Connolly publicó un “tweet” lamentando que en España incluso el director de orquesta tuviese que llevar mascarilla todo el tiempo).

Con los Three Latin-American Sketches de Aaron Copland (1900-1990) pasa lo mismo que con la obra de Chávez. Uno tiene en la cabeza la exuberancia de El salón México y se encuentra con una pieza estrenada en 1972 –fue el último trabajo orquestal del autor- y escrita en lenguaje prácticamente minimalista. Al fin y al cabo es eso, esbozos para pequeña orquesta (la partitura prescribe dos pianos, aunque sólo había uno) con un sutil elemento rítmico y un aún más sutil trasfondo folclórico. Ni uno ni otro se le escaparon a Carneiro y la Real Filharmonía, en una interpretación mimada y brillante que cerraba un programa muy bien pensado, y un concierto de los que renuevan la esperanza en el futuro de la orquesta.

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