Italia

Las ruinas de Manon

Horacio Castiglione
jueves, 8 de agosto de 2002
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Torre del Lago, sábado, 27 de julio de 2002. Festival Puccini. Manon Lescaut, ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini. sobre libreto de Giacosa, Illica, Leoncavallo, Praga, Ricordi. (18??). Dirección escenica: Luis Castro. Escenografia y vestuario: Igor Mitoraj. Iluminación: Valerio Alfieri. Reparto: Norma Fantini (Manon Lescaut), Gabriel Sadé (Renato Des Grieux), Domenico Balzani (Lescaut), Luciano Leoni (Geronte di Ravoir), Cristiano Cremonini (Edmondo), Fulvia Bertoli (Musico), Massimo La Guardia (Maestro di ballo), Antonio Tasca (Lampionaio, Luca Gallo (Oste), Federico Longhi (sergente degli arcieri), Alessandro Luongo (Un comandante di marina). M° del coro: Stefano Visconti. Dirección musical: Alberto Veronesi. Aforo: localidades 3000. Ocupación: 90%.
0,0001447 Es evidente que el Festival Puccini está intentando crearse una precisa identidad en el ambito de la marea de festivales que pululan en el verano, no sólo en Italia. De hecho, al ocuparse sólo de óperas del conterraneo Sor Giacomo, una identidad musical ya la tiene y bien comprobada habiendo llegado a su 48 manifestación. Pero la originalidad anda también por el camino visual, de las producciones. Esta zona de la bellisima Toscana que linda con la también hermosa Liguria, tiene las celebres cavas de marmol de Carrara, por esa razón muchos escultores de renonancia internacional han elegido esta tierra –chiamali fessi, diría el inefable Totó Principe de Curtis- como residencia estable.Éste es uno de los motivos que ha indicado a los organizadores del Festival Puccini de elegir cada año un celebre artista para que firme los decorados de una producción. Una manera inteligente para rejuvenecer el apolillado mundo de cartón-piedra de la ópera, que sin embargo tiene sus inconvenientes. El primero y quizas más insuperable es el de conciliar la dramaturgia de una ópera a la inspiración, hoy en dia casi siempre abstracta, de los artistas plasticos. Una escultura, por muy bella que sea, dificílmente puede sugerir una posada, un boudoire parisino, un puerto con un barco y un desierto americano (hablamos de la Manon Lescaut de Puccini, obviamente). El segundo problema es que la exhibición de estatuas, por cierto bien construídas e iluminadas, se puede transformar sencillamente en una exposición personal del escultor, que a lo largo de cuatro actos no deja de ser un pretexto, más que una provocación gratuita.Todo esto fue lo que le pasó a uno por la cabeza al asisitir a la nueva Manon Lescaut el pasado 27 de julio. Las esculturas de Igor Mitoraj, escultor polaco que vive en Pietrasanta de Carrara y que tiene una merecida fama internacional, son sugestivas, enormes, preciosas. Neoclasicismo reinterpretado en clave moderna, con esas caras gigantescas, con los ojos vendados... en cuyo progresivo desgaste y ruptura, a lo largo de los cuatro actos, hubiesemos tenido que imaginar y leer la carrera in progress de Manon hacia su auto destrucción: algo muy pretencioso y de difícil interpretación hasta para los más corridos melómanos.La dirección escenica de Luis Castro, ayudado en los movimientos coreográficos por Alessandra Panzavolta, hizo lo que pudo, intentando dar credibilidad a una acción escenica que pareció, desde un principio, imposible entre esos engorrosos y engombrantes colosos. Como quien dice: le acompañamos en el sentimiento de una producción francamente inexportable. Para mayor Inri occurrió un incidente, que estuvo al punto de acaecer en desgracia. Durante el primer entreacto, mientras se montaba la escena, un pedazo de la voluminosa escenografia se les escapó a los maquinistas y se volcó en el foso. En el llamado golfo mistico, que pasados los cinco minutos de terminar el acto debería estar libre por ley, habian quedado unos cuantos profesores de orquesta y una instrumentista de los metales quedó malherida y tuvieron que trasladarla al hospital. Nada grave, por suerte, pero si ocasión para que el sindicato de los musicos proclamara una asamblea que duró más de una hora y media. El publico, en su mayoria, se quedó, demostrando una afición a la ópera superior a la profesionalidad de la orquesta. Ésta, reducida a treinta elementos (porqué una buena parte decidieron marcharse como resultado de la asamblea revindicativa) y amplificada, terminó como pudo la ópera, bajo la batuta de Alberto Veronesi, director musical estable, al que va el encomio de haber mantenido fuertes los nervios y acabar la función, aunque a costa de cortar el precioso intermedio con el famoso 'acorde de Tristan'.Por eso esta más que una critica quiere ser una cronica. Norma Fantini, profesional de una pieza, fue la 'Manon', más bien matronal, de esta producción infeliz. Dotada de una voz de soprano lirico puro, en un principio la parte le va que ni pintada. Sigue siendo un misterio el hecho que no alcanze la fama y el nivel que sus medios deberían haberle proporcionado ya. Parece como si la intérprete se hubiese estancado en una aurea mediocritas de la que, en está abortada 'Manon', desde luego no pudo salir.Gabriel Sadé es un tenor rumano, pero de formación israelí, que trota por esos mundos con afanes de lírico spinto. A falta de otro 'Des Grieux' se le tolera, pero con mucha condescendencia. Vaya manera brutal de cantar y como actor, mejor estender el clasico túpido velo. Muy correcto el 'Lescaut' de Domenico Balzani, mientras que para el 'Geronte' de Revoir se cayó, otra vez, en la tentación de elegir un joven elemento (el bajo Luciano Leoni) de voz escasa, y avegentada ante litteram, impresentable físicamente en un rol de persona mayor. Tampoco el 'Edmondo' de Cristiano Cremonini, de timbre tenoril francamente incalificable, convenció en su acometido que, por breve, es todo menos que fácil. Muy bien, en cambio, 'el músico' de Fulvia Bertoli, mezzosoprano de casa en Torre del Lago.
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