España - Galicia

El hielo que quema

Alfredo López-Vivié Palencia
lunes, 17 de enero de 2022
María Dueñas © 2022 by Pablo Rodríguez / OSG María Dueñas © 2022 by Pablo Rodríguez / OSG
A Coruña, viernes, 14 de enero de 2022. Palacio de la Ópera. María Dueñas, violín. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, director. Dmitri Shostakovich: Concierto para violín nº 1 en La menor, op. 77; Jean Sibelius: Lemminkäinen, suite op. 22.
0,0004267

Viernes a última hora de la tarde en Coruña; la meteorología acompaña con fresco pero sin lluvia ni viento; la Orquesta Sinfónica de Galicia y su director titular ofrecen uno de sus conciertos de abono; el programa es largo y denso, aunque muy tentador; el curso en el desangelado Coliseum ha quedado atrás, y la orquesta actúa como de costumbre en el Palacio de la Ópera; la acústica de este establecimiento no tiene remedio, pero las butacas son cómodas y su precio sigue siendo ridículo; el bar está abierto y se puede socializar. Para acceder al recinto debe uno someterse al escaneo del vademécum sanitario, pero por lo demás la única anomalía consiste en que no hay programa de mano impreso, aunque sí libritos con el compendio de esta trigésima temporada.

Sin embargo, la sala apenas se ocupa en dos tercios de su aforo, cuando “antes” era casi imposible encontrar una entrada suelta para un espectáculo así. ¿Qué ha sido de los numerosos y fidelísimos abonados de los viernes? Seguro que alguno se ha quedado en casa por miedo, pero me da que son los menos (fuentes de toda solvencia me aseguran que más de una abonada se sigue pintando los labios a pesar de la obligatoriedad de la mascarilla). La única respuesta es que los responsables del Consorcio no han sabido, podido o querido retenerles; lo cual da una evidente señal de alarma.

En lo estrictamente personal, yo también estaba alarmado al leer la biografía de la granadina María Dueñas, quien lleva desde los once años estudiando en Dresde y en Viena, y ahora con sus dieciocho acaba de ganar el Concurso Menuhin y debuta aquí nada menos que con el Concierto en La menor de Shostakovich (nada de Mozart, ni Beethoven, ni Mendelssohn: Shostakovich). En materia de interpretación musical soy declaradamente gerontófilo, los niños prodigio me dan grima, y encima resulta que estos días estoy leyendo una biografía de Bronislaw Huberman, cuya etapa como concertista fue tan brillante en lo artístico como miserable en lo humano.

Mi preocupación se disipó en cuanto Dueñas terminó de tocar el primer movimiento del concierto. Transitar por ese páramo orquestal con el aplomo con que lo hizo me dio a entender bien a las claras que a esta mujer no sólo le han enseñado a tocar el violín estupendamente, sino que su formación extramusical está a la misma altura. Lo volvió a demostrar en la tremenda cadencia que une los dos últimos movimientos (si hubo algún sobreagudo que no alcanzó el centro de la nota, pues c’est de la couleur!, como decía el gran Ivry Gitlis). El sonido que extrae de su violín no es muy grande aunque sí expresivo, y el concepto es acertado en lo que tiene esta obra de oscuridad y amargura, cuyos pasajes sarcásticos no logran –ni siquiera pretenden- disimular (conviene recordar que en la plantilla que Shostakovich dispone para ella no hay trompetas ni trombones… ni caja). La técnica la daba por supuesta para enfrentarse a la escritura diabólica de los dos tiempos rápidos, y así fue, gracias además a un entendimiento total con orquesta y maestro.

El resultado conjunto fue de gran calado, y el público lo premió con efusividad. Dueñas correspondió tocando un arreglo de Recuerdos de La Alhambra que me dejó con la boca abierta: ignoro cómo se pueden dar con cuatro cuerdas de un violín las mismas notas que con seis cuerdas de una guitarra, y encima transmitir la magia de tan hermosa pieza por encima del virtuosismo requerido para semejante hazaña; pero lo hizo. Con apenas un par de honrosas excepciones, en la actualidad son las mujeres quienes dominan el panorama violinístico mundial. Si Dueñas no se malea –y no tiene por qué, una vez hecho lo más difícil-, pronto será una de ellas.

Lemminkäinen es una obra que se da raramente en las salas de concierto (en cuarenta y tantos años de melomanía, creo que es la primera vez que la escucho entera), a pesar de que se trata de una composición preciosa. El único motivo que se me ocurre para ese abandono es que Sibelius la llamó Suite, en lugar de Sinfonía nº 2 -que es lo que en realidad es-, y en consecuencia los programadores la consideran una pieza menor al lado de las siete sinfonías numeradas.

No lo es; y por suerte Dima Slobodeniouk –moscovita de nacimiento y finlandés de corazón- lo sabe, y le dio una interpretación con todos los quilates que merece. Los tiempos me parecieron justos, ni arrastrados ni atropellados –tres cuartos de hora generosos-, y el entendimiento estuvo en línea con el Sibelius que hacen hoy en día sus mejores traductores: nada de arrebatos súper-románticos y nada de descender a las profundidades en batiscafo; sino mucho de concentración, mucho de contención, y mucho de brasa interior para llegar al tuétano del asunto, que no consiste tanto en narrar los episodios de la leyenda, como en trasladar la impresión de haber vivido una leyenda. Puede parecer frío, pero ese frío calienta cuando te acompaña largo rato tras el concierto.

Eso se consigue a través de la conducción del magma sonoro sibeliano a base de pulso firme, con una Sinfónica de Galicia en muy buena forma. El primer acorde de las trompas le pone a uno en situación, abriendo la puerta a lo que ha de venir; los violines cantan sus temas en el primer número con tensión (Slobodeniouk no escatima en gestos para pedir vibrato, pero con la emoción crecida desde dentro), lo mismo que las fanfarrias y la percusión de la última parte anuncian la conclusión sin estrépito. Mientras, el célebre cisne (dado en tercer lugar) navega con elegancia y sin languidecer: algo soso para mi gusto el fraseo del corno inglés, compensado sobradamente con el del violonchelo principal. Hablando de violonchelos, justo es que le reconozcan a Sibelius lo mismo que los trompistas le deben a Strauss; y más justo aún es que nosotros reconozcamos a Slobodeniouk el cuerpo que le ha sabido dar a la cuerda grave de la orquesta.

A pesar de que era la primera vez que la OSG tocaba Lemminkäinen, hay quien critica a Slobodeniouk por poner en atriles mucha música nórdica. A juzgar por los aplausos del respetable, hoy no habían venido. Peor para ellos: qué más dará que la música sea nórdica o sureña, mientras se interprete a tan alto nivel. Aunque también hay señales de alarma sobre el escenario, porque ¿quién nos va a proporcionar ese nivel –en música de cualquier latitud- a partir de la próxima temporada?

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.