España - Castilla y León

El arte del déja vù

Samuel González Casado
martes, 18 de enero de 2022
Thomas Larcher © 2021 by Richard Haughton Thomas Larcher © 2021 by Richard Haughton
Valladolid, viernes, 14 de enero de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Katarina Karnéus, mezzo. Andrew Gourlay, director. Thomas Larcher: Sinfonía n.º 3, “Una línea sobre el cielo”. Wagner/Henze: Wesendonck Lieder. Strauss, R.: El caballero de la rosa: Suite. Ocupación: 80 %.
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La nueva subtemporada de conciertos de la OSCyL comenzó de forma rotunda: el esperado estreno de Thomas Larcher de su Sinfonía n.º 3, “Una línea sobre el cielo”, supuso un revulsivo total para un animado público que volvía a sus butacas prepandemia, ya con un cien por cien del aforo, y que se afanaba por comunicarse con vecinos antiguos y nuevos.

El día en que murió Bofill

Pero, antes de entrar en materia, es justo mencionar que el concierto tuvo lugar el día de la muerte del arquitecto del Centro Cultural Miguel Delibes, Ricardo Bofill, razón por la cual la orquesta publicó un recordatorio en las redes sociales. Proyecto controvertido desde el principio, tras su finalización pronto se debieron solucionar algunos problemas, el más sonado de los cuales supuso la modificación de las aulas del conservatorio.

Pieza enlazada

Hoy, el dispendio de enormes espacios poco aprovechados, acentuado más si cabe en época de pandemia, el evidente desentendimiento del concepto de arquitectura sostenible y errores en el sistema de drenaje de cubiertas siguen causando problemas.

Sin embargo, hay que reconocer que la Sala Sinfónica Jesús López Cobos y otros espacios comunes (mención especial a la infrautilizada sala de cámara) han conseguido lo que hace 15 años parecía imposible: crear una tradición sinfónica, gracias a la calidad, a la que muchos abonados se adscriben con un sentimiento de pertenencia. Orquesta y sede han conseguido miles de adeptos que, sin pertenecer a una masa culturalmente predominante, no parecen sentirse miembros de ninguna minoría. Y eso ha acontecido en tiempo récord. Puede que en una sala distinta hubiera pasado lo mismo, pero es evidente que la buena acústica y sus aceptables comodidad y calidez estética han contribuido.

El efecto como inquietud

Una línea sobre el cielo, de Thomas Larcher (Innsbruck, 1963), está construida desde una enorme disposición instrumental (acordeón, címbalo, piano preparado, clarinete contrabajo, celesta, percusión poco habitual…) y más que una sinfonía parece un poema sinfónico (por su carácter narrativo más que por su organización) que parte estilísticamente de Una sinfonía alpina, de Strauss; las referencias son evidentes. Además, media hora es suficiente para poder citar, o la mayoría de las veces hacer recordar de alguna forma sutil, muchas de las grandes obras de la tradición centroeuropea.

Estructuralmente se comporta de una manera más clásica que su referente straussiano: tiene una base melódica que después se desarrolla normalmente de forma muy dramática y agresiva, en una sucesión de efectos onomatopéyicos que sugieren gráficamente el programa: la vida y muerte de Tom Ballard, alpinista fallecido en una expedición al Himalaya, famoso por haber abierto nuevas rutas, por ejemplo la bautizada como “Una línea sobre el cielo”, que se encuentra en los Dolomitas y que da título a la sinfonía.

Estos efectos, a veces brutales, condicionan los desarrollos, de tal manera que, mientras el que escucha no se termina de sentir cómodo, a la vez se ve imbuido de una especie de atracción, de curiosidad por ver qué será lo siguiente. Hay quizá sobreabundancia de pasajes que terminan por no golpear todo lo que deberían, ya que en muchas ocasiones no da tiempo a que la tensión se vuelva a acumular. Pero la creatividad es tanta, el sonido tan espectacular y el empaque tan convincente que esta Sinfonía n.º 3 es sin duda un gran éxito de uno de los compositores más importantes de la actualidad, como reconoció el público, que respondió de forma mucho más cálida en comparación con otros estrenos acaecidos la sala; también porque la interpretación de Andrew Gourlay y la OSCyL mostró una entrega digna de aprecio.

La mixtura en el canto

Después del pequeño descanso, la mezzo Katarina Karnéus, un nombre importante dentro del repertorio “pesado” de Wagner y Strauss, interpretó los Wesendonck Lieder en una versión de Hans Werner Henze. En esta nueva manifestación del déja vù (Isolda está por todas partes) no terminé muy convencido en cuanto a la parte orquestal, más que nada porque me interesaba mucho lo que estaba haciendo la mezzo y esa nueva combinación de sonidos me despistaba, aunque debo reconocer que su sutileza camerística, que evidentemente miraba muy hacia adelante, no sentaba mal a los Wesendonck.

La cantante sueca destacó por sus tremendas tablas y apreciable arte en muchos aspectos. Para empezar, su postura corporal para el canto era de manual, lo que redundó en un sonido habitualmente muy seguro. Costaron los dos primeros lieder, Der Engel e Stehe still!, excesivamente graves, aunque las notas difíciles nunca se perdieron, al menos desde mi posición en la fila 12. Estuvo fantástica en Im Traubhaus; a partir de ahí todo cogió vuelo y la intérprete se soltó, gracias al mayor protagonismo del centro.

De todas formas, la mezzo destacó algo que hoy día no es muy habitual: el arte de mezclar la zona grave con la media, es decir, tener resuelto ese primer paso del que se suele hablar poco y que en este repertorio es fundamental (y más en esta versión). Fue gozoso asistir a una interpretación de alguien que sabía hacerlo tan magistralmente, y que había trabajado sobre ese asunto para que todo fluyera sin estridencias. Es cierto que a su posición le falta mayor referencia en el agudo, con lo que la cantante tendría otras posibilidades; pero está claro que Karnéus es una artista muy consciente de lo mucho que tiene, y sabe utilizarlo al servicio de la música.

Cómo hacer una suite

Toda la suite de El caballero de la rosa, arreglada por Artur Rodzinski aunque no acreditado, es el colmo del déja vù: una referencia resumida y consciente a una ópera que precisamente es la reina en el campo de la referencia. De todas la suites que existen esta es la de mayor éxito, y con razón: aúna todo lo “clásico” de una obra que también tiene larguísimos periodos que lindan con la atonalidad. Realmente, el conjunto estilístico de El caballero de la rosa supone antes una conveniente adaptación al asunto tratado que la consabida “vuelta atrás” con la que suele explicarse.* Pero la suite solo reúne lo melódicamente memorable. Entre los pasajes animados se ubican la presentación de la rosa y el trío (ahí de nuevo se percibe el aroma de Tristán e Isolda), con lo que la sucesión de extractos contrasta ambientes con inteligencia.

La interpretación, más lenta de lo que es habitual, me pareció algo apagada al comienzo, pero Gourlay hizo lo que tenía que hacer, porque con una orquesta masiva y la acústica de la sala se podría haber emborronado todo. A veces se estuvo al límite, pero la potencia rítmica de los valses y sobre todo el lirismo del trío y la emoción que fue capaz de desbordarse en su culmen provocaron el entusiasmo del público, un claro reconocimiento a la labor de Andrew Gourlay durante sus cinco años de titularidad, y gran final para un concierto variadísimo donde la gran tradición se proyectó sin conflictos hacia la modernidad.

Notas

Strauss cambia la agresividad de la ananké (transliterada al posromanticismo) de Elektra por el diálogo cortesano (no siempre relajado), pero el estilo empleado para ello sigue estando lejos de cualquier “vuelta atrás”; de hecho, gran proporción de El caballero de la Rosa es mucho más moderna que Elektra, que en muchos pasajes parte de Wagner. En mi opinión, la mirada al pasado más evidente de Strauss es su obra maestra La mujer sin sombra, dejando a un lado su entusiasta participación en la corriente neoclásica; pero esa es otra historia. Recordemos, en cualquier caso, que Elektra termina con un vals.

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