España - Euskadi

Un latido contagioso

Joseba Lopezortega
miércoles, 2 de marzo de 2022
Joël Mérah © Instituto Cultural Vasco Joël Mérah © Instituto Cultural Vasco
Bilbao, sábado, 5 de febrero de 2022. Palacio Euskalduna. Christina Daletska, mezzosoprano. Varvara, piano. Euskadiko Orkestra. Mei-Ann Chen, directora. Joël Mérah: Jakinduriaren usaina. Béla Bartók: Concierto para piano número 3. Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 7. Euskalduna Jauregia. Aforo restringido a 800 localidades.
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La pandemia, qué si no, ha condicionado el itinerario previsto para Mundubira musika bidelagun, el proyecto que Euskadiko Orkestra puso en marcha para conmemorar la primera circunnavegación del globo terráqueo, culminada por el navegante vasco Juan Sebastián Elkano en 1522. Jakinduriaren usaina, interpretada en Bilbao en estreno absoluto, es la tercera de las obras del proyecto. Se centra en la travesía del Pacífico de aquel inconcebible viaje, de Sanlúcar a Sanlúcar dando la vuelta al mundo. 

Joël Mérah ha trabajado esa etapa no como una memoria, ni como una parte definida de un relato, sino como una inmersión sonora en un mundo de sensaciones, en los horizontes de un mar visto a través de la conciencia, en las fuerzas de una naturaleza quizá coyunturalmente gentil, pero sobrecogedora y llena de invencibles potencias; inmensidad ante la que cabe la paz, que no la calma. Las palabras, tomadas de un poema de Joxean Artze, las cantó la mezzo Christina Daletska. Las cantó muy bien, tiene una voz hermosa y amplia. La obra es muy rica y sugerente, el público fue cálido en su acogida. 

Varvara tocó el Concierto número 3 de Bartók. Su interpretación fue correcta pero no deslumbrante, quizá porque este concierto no es un ejemplo de equilibrio entre las partes. Varvara demostró su clase en una delicada entrega del segundo movimiento, siempre bello, ahí sí acunada y en equilibrio con unas cuerdas que gozan de excelente salud. Vale lo mismo para la orquesta en su conjunto, con las maderas cantando y flotando, mágicas, en sus diálogos con el piano. Pero no era una noche para Bartok, enmarcado entre las poderosas corrientes interiores de Merah y la Séptima de Beethoven intensa, generosa e interesantísima que propuso la directora Mei-Ann Chen, por primera vez al frente de la Euskadiko Orkestra.

No hay margen para la especulación en el Beethoven de Mei-Ann Chen, una directora  que trabaja con un gran caudal de energía: muy inquieta en el podio, extremadamente generosa en su gesto, amplio y claro; pero nada superflua, ni sobreactuada, al contrario, y plenamente controladora. Uno de esos maestros que impone su forma de hacer música sin hacer ni enemigos ni prisioneros. 

Fue una Séptima de una fluidez admirable, equilibrada y homogénea, una perfecta geometría conceptual y expresiva, y fue ante todo una interpretación ofrecida con un sonido intenso, muy intenso, pero no voluminoso ¡Qué bendición! Apenas unos compases y la Séptima nos transportaba no sólo hacia su magnética belleza sonora, hacia esa interioridad rítmica tan arrebatadora, sino hacia un tiempo distinto, haca una forma de hacer un Beethoven accesible, sencillo, expuesto sin dobleces ni rebuscamientos. Como si Chen hubiera desechado de un manotazo buscar una respuesta a la pregunta “¿qué puedo hacer?” para responder a la pregunta “¿qué quiso hacer?”. Así hacía Beethoven Otto Klemperer, por ejemplo, y así no lo sabe hacer Currentzis -otro ejemplo-, que lo aborda respondiendo al objetivo expreso de “repensar a Beethoven” (sic), ¿perdón?. 

La Euskadiko Orkestra sonó seca (es un elogio), exacta, sin sedas ni terciopelos ni almíbares: ritmo, ritmo, tiempo, tiempo; magnífico Alegretto, magnífico Allegro, el timbal y las maderas sonando como en una época indefinible, pero reconocible, no me atrevería a decir pretérita, y Chen dirigiendo Beethoven para que se entienda que dirigirlo así, tocarlo así y poder escucharlo así es lisa y llanamente una gozada. La música era un latido único y liberador, y además Chen tuvo la virtud de ser generosa y natural en los saludos, en las sonrisas, en los agradecimientos. Una velada feliz. Redonda y feliz. 

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