España - Castilla y León

Un concierto de guerra

Samuel González Casado
viernes, 18 de marzo de 2022
Thomas Dausgaard © 2021 by Thomas Grøndahl Thomas Dausgaard © 2021 by Thomas Grøndahl
Valladolid, sábado, 12 de marzo de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Pablo Ferrández, violonchelo. Thomas Dausgaard, director. Mozart: Sinfonía n.º 35, K. 385, “Haffner”. Saint-Saëns: Concierto para violonchelo n.º 1 en la menor, op. 33. Nielsen: Sinfonía n.º 4 , op. 29, “Lo inextinguible”. Ocupación: 90 %.
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Interesante programa en nº 6 del ciclo de abono de la OSCyL, con tres obras pertenecientes a autores muy distintos y que parece sugerir un recorrido histórico. Interpretar obras de Mozart, Saint-Saëns y Nielsen en un mismo programa es un reto para cualquier director, porque se deben mostrar ideas trabajadas sobre los estilos y, dentro de estos, una visión personal sobre los autores.

Pocos problemas encontró Dausgaard para dejar claro que tiene las ideas muy claras sobre estos tres compositores. Su Mozart, de tintes claramente historicistas en proporciones y fraseo, se desarrolla tensionado y muy vigoroso, y así conecta de forma muy coherente con el resto del programa. El director danés concibe la Sinfonía Haffner como una obra en la que subyacen conflictos, y lo demuestra añadiendo multitud de detalles contrastantes que hacen que su escucha no sea un camino precisamente despreocupado. En alguna ocasión el discurso sonó poco natural, como en el trío, sobrecargado, y también algunas pequeñas informaciones de los violines tendieron a perderse o difuminarse. Salvo eso, nada que objetar a una interpretación personal y bien organizada.

La intensidad general de Dausgaard casó muy bien con la intensidad romántica de Pablo Ferrández, y juntos supieron trabajar desde el detalle. Ferrández es un gran violonchelista en las distancias cortas, un perfecto fraseador, aunque después de escuchar su versión del Concierto para violonchelo nº 1 de Saint-Saëns sigo sin saber qué es Saint-Saëns para Ferrández. Su versión está repleta de ideas muy definidas, pero poco definitorias. No es tanto un problema de concepto, porque este se aporta más o menos desde su perpetua entrega y desde unas características como músico perfectamente reconocibles que adapta con pocas fisuras a la obra; es más bien un asunto de originalidad y de caracterización.

Toda interpretación necesita un motor complejo que la aleje de una visión obvia como conjunto y que abra así un abanico de posibilidades amplio; y no sé cuál es el motor que mueve a Pablo Ferrández, ni tengo claro cómo quiere él que se recuerde su aportación al Concierto de Saint-Saëns, salvo por un minucioso trabajo interior muy bien realizado. No es poco, dirán muchos; pero me gustaría poder disfrutar de una versión de una obra conocida no solo mientras la escucho, sino también mientras la evoco. O, mejor dicho, tener razones para evocarla en relación a la maraña de recuerdos de interpretaciones estupendas que habitan la memoria. No voy a recordar todos los fraseos de Ferrández, sino el conjunto que los justificaba. Y en este caso no sé qué recordar.

El plato fuerte de la velada, la Sinfonía nº 4 de Nielsen, no decepcionó. Nombrada a veces como una sinfonía de guerra, es una obra complejísima que la OSCyL resolvió con nota, añadidas además las exigencias de tempo e intensidad de Dausgaard, que siempre transitó por un terreno segurísimo pese a lo radical de su visión de una sinfonía ya por sí radical y rompedora. Me hubiera gustado más claridad por ejemplo en el maravilloso leit motiv conclusivo, que es una melodía que apela directamente a las emociones; en cualquier caso, aunque suene de otra época, aquí había circunstancias excepcionales que creo influyeron en el ánimo de todos: se había comenzado con la lectura de un manifiesto y con un pequeño homenaje musical en recuerdo del pueblo ucraniano, y esos tintes bélicos, unidos a otras sensaciones relacionadas, de alguna manera culminaron, furtwänglerianamente, en esta potentísima y dolorosa versión de Lo inextinguible, que contó con una batalla de timbales brutal donde los timbres de desgarraron en un efecto cuya justificación no necesita de explicaciones. Todo ello, sin ninguna duda, logró trascender la escena y conectar con un ánimo general en el cual, como en el final de la sinfonía, cabe la esperanza.

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