Alemania

El canto de los pájaros, por la paz y contra la guerra

Juan Carlos Tellechea
jueves, 24 de marzo de 2022
Gautier Capuçon © 2021 by J. Bort / Warner Gautier Capuçon © 2021 by J. Bort / Warner
Düsserldorf, lunes, 14 de marzo de 2022. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Solista Gautier Capuçon (violonchelo). Kammerorchester Wien – Berlin. Director y primer violinista Rainer Honeck. Wolfgang Amadé Mozart, Serenata para cuerdas en sol mayor KV 525 “Eine kleine Nachtmusik“. Joseph Haydn, Concierto para violonchelo y orquesta en do mayor Hob. VIIb:1, Concierto para violonchelo y orquesta en re mayor Hob. VIIb:2, Sinfonía en fa menor Hob. I:49 “La passione“. 70% del aforo, reducido por las estrictas medidas de prevención e higiene contra la pandemia. Organizador Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf.
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Lo primero que sorprende de la Kammerorchester Wien – Berlín, dirigida por su primer violinista, Rainer Honeck, en esta velada organizada por Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf, es que sus 17 instrumentistas son todos hombres; no hay ninguna mujer en el colectivo musical. La reliquia de tiempos menos emancipadores subsiste en esta orquesta, así como en otras de categoría mundial, muy luminosas por fuera, pero con un espíritu muy conservador por dentro.

Los varones, cuando son chicos, prefieren jugar con varones y no con niñas; una experiencia que, como bien sabemos, cambia solo con la adultez. El grupo ha sido reclutado entre los líderes de las secciones, predominantemente mezcladas, de la Filarmónica de Viena y de la Filarmónica de Berlín. Conservadores del bello sonido por excelencia, así suenan, más bien inclinados al tradicional timbre vienés.

La Serenata para cuerda en sol mayor KV 525 "Eine kleine Nachtmusik" de Mozart es, como siempre, un entretenimiento de alto nivel en perfecta armonía. Los tempi son enérgicos, los violines dignos, de vez en cuando un rubato delicado e inteligente. Muchos timbres aéreos, una interacción perfecta caracterizada por una estricta jerarquía, bien armada y ensamblada.

Es tan bonita que a uno le pitan los oídos, lo que hace que el audífono de algún espectador en el parqué se asuste al final del primer movimiento. Tan conocida - y sin embargo no tanto. Poco se sabe de las circunstancias en las que Mozart creó esta pieza en 1787.

En ese entonces estaba reflexionando sobre su ópera Don Giovanni. Por el camino, escribía esta serenata que se convertiría en un éxito mundial, pero con 100 años de retraso. Cada uno de sus cuatro movimientos (Allegro; Romanza. Andante; Menuett. Allegretto; y Rondo. Allegro) contiene pegadizas melodías clásicas, a cual de ellas más popular.

Después viene Haydn por partida doble: el Concierto para violonchelo y orquesta en do mayor y el Concierto para violonchelo y orquesta en re mayor, con Gautier Capuçon como solista. Al cierre la Sinfonía en fa menor, “La passione“. Magnificencia y desenfado exhala la Kammerorchester Wien – Berlin. El conjunto nunca da la impresión de tener que esforzarse demasiado. La música fluye con facilidad, de forma majestuosa y convincente, con precisión, sin que parezca trabajar con denuedo.

En el Concierto en do mayor, una composición muy bonita, muy familiar y muy agradecida por todos, Capuçon logra un magnífico equilibrio con su violonchelo (Matteo Goffriller, 1701), entre una interpretación históricamente informada, que desentraña la estructura de la venerable música con poco vibrato, pocos trucos y un fraseo claro, así como una visión completamente nueva de muchos detalles, que ilumina de nuevo el conocido texto musical.

Capuçon piensa a lo grande, sin perder nunca de vista el impulso, la energía de la música, incluso en las cadencias. Al virtuoso del oropel le gusta utilizar el arco saltarín, que no siempre suena bien, rasca un poco, pero hace un gran efecto. Sus digitaciones son pura aventura, sin red ni doble fondo, a riesgo propio. El concierto en re mayor canta maravillosamente. Y esto de ninguna manera en íntimo acuerdo con los muchachos de la orquesta de cámara, por cierto, quienes lo miran de reojo no sin cierto asombro.

Con cuatro años de edad Capuçon ya sabía que su pasión era el violonchelo. El instrumento, dice, tiene algo muy arraigado, se mantiene con su columna vertebral clavado en la tierra. Se acerca más al cuerpo humano y lo abraza literalmente. El violonchelo se ha convertido desde hace mucho tiempo en parte integral de su vida y él mismo en uno de sus principales cultores internacionales. Tras la pandemia, Capuçon acaba de crear una fundación que lleva su nombre para promover a jóvenes talentos musicales al comienzo de sus carreras y fortalecer su compromiso con nuevas generaciones de artistas.

Al final, la orquesta tocó "La passione", para variar. Dos trompas sonaban oscuras y aterciopeladas al principio, y más tarde en alturas brillantes. Los dos oboes eran eufonía pura. Mientras que el tempo de los movimientos finales de los dos conciertos para violonchelo era ya muy molto, el Finale-Presto de la Sinfonía terminó siendo arrollador. Los aplausos fueron prolongados y muy efusivos.

Sin embargo, el efecto más emocionante sobre el público lo produjo el suave bis "El canto de los pájaros" de Pablo Casals. El conmovedor silencio que se extiende durante los pasajes más serenos es de una fuerza seductora impresionante. Capuçon dejaba que los pájaros transmitieran por sí solos su saludo musical “por la paz y contra la guerra“, antes de que los espectadores, de pie y visiblemente impresionados, estallaran en frenéticas ovaciones y vítores al cierre de esta magnífica velada.

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