España - Madrid

Mudan los tiempo, mudan las voluntades

Maruxa Baliñas
sábado, 16 de abril de 2022
Teodor Currentzis © 2022 by La Filarmónica Teodor Currentzis © 2022 by La Filarmónica
Madrid, miércoles, 30 de marzo de 2022. Auditorio Nacional de Madrid. Oleksandr Shchetynsky, Glosolalia para orquesta. Jörg Widmann, Concierto para viola y orquesta. Dimitri Shostakovich, Sinfonía nº 5 e re menor op 47. Antoine Tamestit, viola. Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart. Teodor Currentzis, director. La Filarmónica.
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Aunque el programa inicialmente propuesto por Tamestit, Currentzis y la Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart era distinto, la invasión de Ucrania hizo sentir a sus responsables que debían adaptarse a estas nuevas circunstancias y transformaron el concierto para presentar, como se indicó al comienzo de la velada

La interpretación de las obras de un compositor ucraniano, un alemán y un ruso. De esta forma, el director y la orquesta dan su respuesta a la situación actual para hacer un llamamiento musical por la paz y la concordia.

Currentzis ha desarrollado toda su carrera en el siglo XXI y es un producto de la época. Para él tanto las partituras como las tradiciones interpretativas de las mismas son documentos históricos que funcionan como guiones de los que tomar ideas y reconformar su propio discurso interpretativo, el cual realiza en tiempo real. Es decir, las tres obras que hemos escuchado son perfectamente contemporáneas y fueron creadas por Currentzis, Tamestit y la Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart en el Auditorio Nacional de Madrid el pasado 30 de marzo de 2022.  

Este discurso interpretativo se basa en buena medida en la formación dramática de Currentzis, que se ve reflejada en múltiples detalles de su propia puesta en escena tanto como director, como de la orquesta, especialmente en las formas de saludar. Algo que puede parecer secundario, pero no lo es en absoluto: bien conocida es la anécdota de Karajan y su rizo-tupé sobre la frente, que colocaba cuidadosamente antes de cada concierto y al que atribuía -y quizá no se equivocaba tanto- un buen porcentaje de su caché como director. 

Pero no es sólo teatro. Un viejo dicho nos enseña que en los ensayos el director ayuda a la orquesta y en el concierto la orquesta ayuda al director. Es obvio que el trabajo de Currentzis en los ensayos es escrupuloso, direccional, lúcido, perfeccionista, riguroso, sabio y técnico. Vamos, ¡que no deja un cabo suelto! 

Y estos ensayos incluyen el conocimiento y comprensión por parte de la orquesta de la enorme variedad de gestos e indicaciones de Currentzis, que parecen claramente influidos por la forma de dirigir tan inusual y precisa como teatral de Frank Zappa, al tiempo que parecen tener algo de la seriedad y rigor de Maris Jansons o Thielemann

Pero luego, llegado el momento del concierto, la orquesta está muy relajada al tiempo que parece ser consciente de que está actuando, en escena. En ese sentido, el decoro de Currentzis recuerda al de Marina Abramovic o Jeff Koons, y los resultados son igualmente brillantes. 

Glosolalia para orquesta (1989) de Oleksandr Shchetynsky (1960) fue claramente una obra introducida a tenor de las circunstancias. Bien escrita y con un final efectivo, es todo un estudio para las sonoridades de la orquesta, pero treinta y dos años después de su estreno se nota envejecida, incluso algo banal y tópica. Seguramente en 1989, cuando se estrenó, su interés era mucho mayor por lo que tenía de imbricación de la música occidental mainstream dentro de la tradición local. 

El Concierto para viola y orquesta (2015) de Jörg Widmann (1973) fue en cambio una agradabilísima sorpresa. Aún apreciando la música de Widmann, esta obra me entusiasmó desde su peculiar comienzo, con el violista entrando en aparente despiste mientras golpea y pellizca su instrumento hasta que le contesta un percusionista y luego entra la orquesta, lo que permitió nuevamente el lucimiento del sentido dramático de Currentzis y su concepción del concierto como espectáculo, en el mejor sentido de la palabra. Este sentido teatral es cuidado por Tamestit y Currentzis a lo largo de todo el Concierto, en el que el solista no tiene un  lugar fijo, sino que se va moviendo entre la orquesta explorando sonoridades y relaciones (por si acaso, tenía diversos atriles con su parte en diferentes lugares); y sólo al final de la pieza, una especie de aria -por cierto, de sonoridades muy judías- que se aproxima a la idea clásica de cadencia virtuosa, se colocó Tamestit en el lugar convencional a la izquierda del director y se comportó como un solista convencional. 

El concierto estaba -como ya se indicó- muy marcado por la idea de la guerra de Ucrania, la paz y la concordia a través de la música, y en estas circunstancias, ante los aplausos, sólo cabía Bach y eso es lo que nos ofreció Tamestit para responder a los abundantes aplausos: un arreglo para viola de la 'Sarabande' de la Segunda suite para violonchelo de Bach que combinó inteligentemente con una canción de cuna popular ucraniana. Bach fue nuevamente la propina ofrecida al final del concierto, tras la Quinta sinfonía de Shostakovich, un arreglo del coral final de la Cantata 147, 'Jesus bleibet meine Freude', con la particularidad de que parte de la orquesta cantó mientras otros tocaban y alguno se atrevía a hacer ambas cosas a la vez. 

La segunda parte del concierto presentó una obra, y una versión de ella, muy adecuada a la ocasión, la Sinfonía nº 5 en re menor op 47 (1937) de Dimitri Shostakovich, la que se anunció en su momento como “Respuesta de un artista soviético a unas críticas justas” y que fue vista siempre por el público con especial simpatía como símbolo de la persecución estalinista a Shostakovich. Currentzis comenzó acaso algo acelerado pero con una enorme fuerza, la marcha del primer movimiento sonó con una potencia desoladora, especialmente teniendo en cuenta que eran los días en que los telediarios mostraban las largas caravanas de tanques rusos avanzando hacia Ucrania. El segundo movimiento fue muy 'petruskiano', el inocente enfrentado a un mundo que no entiende y que destroza sus ilusiones. Pero fue el final del tercer movimiento y el cuarto los que nos aplastaron y exaltaron simultáneamente, gracias a una cuidadisima gradación de la tensión emocional, incluyendo momentos que sólo se pueden denominar románticos (algo que muy pocos directores se atreven a hacer con Shostakovich) junto a otros de un salvajismo descarnado, descaradamente bélicos, o acaso faltos de sinceridad y bombásticos. Porque así es la guerra ...

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