España - Galicia

La inesperada utilidad de la guitarra ortopédica

Alfredo López-Vivié Palencia
lunes, 11 de abril de 2022
Petri Kumela © 2021 by Marek Sabogal Petri Kumela © 2021 by Marek Sabogal
A Coruña, sábado, 9 de abril de 2022. Palacio de la Ópera. Petri Kumela, guitarra. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, director. José María Sánchez Verdú: Memoria del Ocre; Nikolai Rimski-Korsakov: Capriccio espagnol, op. 34, Schehérezade, suite sinfónica op. 35. Ocupación: dos tercios
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Antepenúltimo programa de abono de Dima Slobodeniouk como director titular de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Y enésima demostración de que en estos diez años se ha ganado a la orquesta y al público. Claro que su carrera en los últimos tiempos ha tomado un impulso notable cosechando éxitos al frente de orquestas de relumbrón a uno y otro lado del charco (llama la atención cuántos buenos maestros bálticos hay en el panorama actual), y es lógico que quiera emprender nuevas aventuras en un nuevo destino (o en más de uno, cosa que también viene siendo cada vez más habitual). Lo que no quita –al contrario, pone- que le vayamos a echar de menos.

Slobodeniouk no es un director efectista. Más bien lo contrario: prefiere la contención y jamás pierde la concentración, incluso cuando la música pide un cierto desmelenamiento. Como el Capricho sobre temas españoles (así se tituló inicialmente esta pieza) de Rimski-Korsakov. Por eso la “Alborada” no sale escandalosa ni el “Fandango” se convierte en un desmadre; y por eso también las “Variaciones” se hacen un pelín monótonas. Pero qué rotundo y qué claro suena todo. Por cierto, al percusionista encargado de las castañuelas habría que colgarle de los pulgares porque en una orquesta española las castañuelas se tocan colgando de los pulgares y no con ese sucedáneo que se golpea contra las piernas; pero acto seguido habría que aplicarle una eximente de responsabilidad, habida cuenta de que no era ése el único artilugio que tenía encomendado.

Estreno absoluto de Memoria del Ocre, para guitarra y orquesta, del compositor gaditano José María Sánchez Verdú. Por de pronto me resultó chocante que el finlandés Petri Kumela emplease un brazo ortopédico para apoyar la guitarra en el muslo, en lugar de la tradicional alza para el pie; pero al fin y al cabo eso sólo daña la vista. El dolor de verdad viene con los veinticinco interminables minutos –en tiempo de Adagio, faltaría más- en los que el solista no hace sino tocar machaconamente una misma nota mientras va modificando la afinación, con algún excurso para llevar ambas manos al mástil (todo ello ayudado de una discreta amplificación electrónica). Mientras, en la orquesta la cuerda recurre al socorrido col legno –algún grito aparte-, la madera sopla sin más, los trompistas dan palmaditas en la boquilla del instrumento, y en la percusión alguien restriega un arco de contrabajo sobre una bandeja de horno.

De todos modos, gracias a los meros aplausos de cortesía nos libramos de ninguna propina indeseada, y sobre todo –aunque ésa no fuese la pretensión del autor- este sufrimiento sirvió para apreciar y disfrutar todavía más de Schehérezade. Pocas obras hay tan apropiadas para el lucimiento de una orquesta –en conjunto y en solistas- y que el público agradezca tanto; y sin embargo se toca poco, tal vez porque los programadores la consideran –equivocadamente- una symphonie manquée. Por suerte, no hace muchos años Leif Segerstam dio aquí una interpretación que ya es legendaria, y esta noche Slobodeniouk volvió a ponerla en atriles.

El resultado fue muy distinto, pero igualmente válido. Con Slobodeniouk las emociones nacen desde dentro, merced a un control absoluto de la orquesta, a su precisión gestual, y al empeño en favorecer la claridad sonora por encima de los colores. No hay apasionamiento en el primer número, sino contención expresiva; en lugar de la trompetería, en el segundo las violas destacan rítmicamente su inexorable conclusión; en el tercero hay más seducción que arrebato con un empleo de la percusión tan sutil como jugoso; y en el final no hay ningún cataclismo sonoro porque no hizo falta tras un arranque lleno de tensión.

Escuchando una pieza como ésta es cuando uno más lamenta la penosa acústica del Palacio de la Ópera. Aun así, da gloria comprobar la buena forma de la Sinfónica de Galicia respondiendo como un solo hombre. Entre sus primeros atriles –todos con intervenciones impecables, particularmente el clarinete y el oboe-, es de justicia destacar la labor del concertino Massimo Spadano: el virtuosismo es lo de menos; lo importante es que supo adaptar su parte al concepto de Slobodeniouk, y la protagonista de la obra sonó con el convencimiento de que el sultán no se saldrá con la suya.

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