Una jirafa en Copenhague

Entrevista Intrapersonal Confrontada: Omar Jerez con Javier González Rodríguez

Omar Jerez
miércoles, 20 de abril de 2022
Javier González © 2022 by Javier González Javier González © 2022 by Javier González
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Javier González Rodríguez es el niño bonito de mis ojos, os hablo de alguien que posiblemente me saque 20 años, pero cuando os hablo de Javier González Rodríguez (escritor) es por que él, es uno de esos autores de culto que me hacen apostar por la literatura animándome así, a seguir vinculado con ella de manera vitalicia.

Siempre busco vanguardia y, Javier González Rodríguez, el protagonista de* EIC de esta semana, es militante incansable de esa vanguardia.

Para que os hagáis una idea, antes leía una media de 120 libros al año por placer y sensación de crecimiento, ahora leo alrededor de 200 libros por motivos laborales, y no son libros que yo selecciono para mi lectura estrictamente personal, son libros de editoriales que pasan bajo mi lupa crítica para evaluar en un informe si son publicables, o se descartan por numerosas razones de peso, por lo tanto tengo que abarcar todos los géneros sean o no de mi gusto estético.

Soy básicamente lo que se llama un lector beta.

Pero entre toda esta vorágine lectora tuve la fortuna de mi lado, aterrizó un manuscrito llegado del mismísimo maná del cielo; llegó La Biblia Según Gentil María y Winston Churchill.

Supe al instante, desde las tres primeras páginas, que estaba ante un trabajo colosal y sin paragón en la literatura española, sí o sí debía publicarse y conocerse por los lectores que amen nuevos estímulos literarios; unos estímulos que estén fuera de las narrativas convencionales

Y esta novela se publicó recientemente, tuvo una presentación abarrotada de público millennials que se entregó de forma entusiasta ante el ejercicio de honestidad de Javier González Rodríguez en comunión con el personal.

La historia colocará La Biblia Según Gentil María y Winston Churchill en el podio de la literatura española.

¡Si Dios quiere!

Entrevista Intrapersonal Confrontada-Javier González Rodríguez

Abogado, productor de cine publicitario, publicista, experto en Marketing, escritor… ¿con cual se queda? 

Al final uno es lo que es por sus circunstancias, como casi todo el mundo. Estudié Derecho por tener una carrera universitaria, por no dar un disgusto en casa y porque la etapa de tu vida en la Universidad es un lujazo que nadie debería perderse. Cuando terminé la carrera me di cuenta de dos cosas: la primera es que jamás podría ser un buen abogado porque me repugnaba moralmente defender a alguien que consideraba culpable, y la segunda es que aquella carrera que no me gustaba me había ayudado a ordenar mi cabeza, mi discurso, mi oratoria y mi redacción. Le estoy muy agradecido a Derecho por todo lo que me quitó y por todo lo que me dio.

Salí de la asesoría jurídica de una constructora familiar para montar con unos socios una productora de cine publicitario. Es una etapa profesional que recuerdo con profundo cariño y de la que solo me quedan buenos recuerdos. Los años salvajes que todo el mundo debe vivir para conservar cierta inmadurez en la madurez.

De allí al mundo de las Agencias de Publicidad, cuando las Agencias eran el trabajo más divertido del mundo y además bien pagado.

De Agencia pase al departamento de Marketing del anunciante, al Cliente. 

Confieso que he sido muy afortunado en mi accidentada vida laboral porque siempre he tenido la fortuna de trabajar en lo que me gusta, la Comunicación, y desde diferentes perspectivas.

¿Y lo de escribir?

Escribo porque leo. Leo mucho, pero nunca será lo suficiente, porque la lectura siempre le quita horas a la vida real y yo soy muy disfrutón fuera del metaverso y muy malo para estar quieto. La lectura es siempre una pausa. 

Lo de escribir se me daba bien desde el colegio. Hacía unas redacciones divertidísimas y cuajadas de faltas de ortografía. Mi tía Pilar me regaló Las Minas del Rey Salomón de Henry Rider Haggard y ese libro me envenenó. Ya no pude parar. Seguí leyendo y viviendo fuera del metaverso hasta que un día, después de cerrar un libro mediocre, me dije a mi mismo: “yo creo que si me pongo, con todo lo que llevo leído, lo hago mejor”. El resultado de esa apuesta contra mi mismo fue Un día de gloria, terminada en 1997.

Sale usted a editorial por libro, ¿es culo de mal asiento?

Mi primera novela estuvo aquel año entre las finalistas del Premio Planeta y del Premio Fernando Lara. Yo estaba convencido entonces de que el señor Lara se presentaría en mi casa con un contrato. No conseguí publicarla hasta tres años después, en el año 2000, en una pequeña editorial muy exquisita (Ediciones del Bronce) que entonces dirigía Miriam Tey, que era una señora con unos ojos oscuros y un pelazo negro intimidatorios, con un aire de actriz de película italiana, con mucho drama y con mucha coña al mismo tiempo. Yo creo que le caía bien a la Tey porque le parecía un tuercebotas simpático que escribía cosas muy raras. O sea que parecía normal, pero que no. Me habría casado con Miriam Tey, literariamente hablando, y me hubiese gustado que Ediciones del Bronce fuese mi casa editorial para siempre. No hay “para siempre” en casi nada en esta vida, en el mundo editorial menos; Miriam Tey acabó vendiendo su exquisita editorial a Planeta. Cuando presenté mi segunda novela a los nuevos propietarios me dijeron que aquella obra “no encajaba en su línea editorial”. Fue premonitorio, desde entonces me han repetido esa frase en muchas editoriales. Antes, durante y como excusa para echarme. Ni yo ni mis novelas encajamos en ningún sitio.

¿Se considera usted un escritor profesional?

En absoluto. Siempre me he considerado un escritor amateur. Para mi un escritor profesional es aquel que es capaz de vivir de lo que escribe. Mi vida profesional como le he mencionado antes siempre ha transcurrido por otros derroteros. Nunca he vivido de la escritura, pero escribir ha mejorado mucho mi vida, un poco más que leer; porque siempre he escrito los libros que me hubiese gustado leer.

¿Le habría gustado ser un escritor profesional?

Por desgracia no es cuestión de gustos, incluso ni de actitud. Es cuestión de capacidad. A riesgo de romper una vajilla entera de Mister Wonderful les descubriré una cruda realidad: para ser escritor profesional, y encadenar una obra literaria brillante tras otra que te permita vivir del oficio, hay que tener capacidad. Y yo no la tengo. Y les descubriré algo más de propina que muchos de ustedes, los más leídos; ya sospechaban: muy pocos autores la tienen. Los cementerios de escritores vivos están llenos de tumbas de autores que no pudieron con la presión de la “próxima entrega” y terminaron escribiendo y entregando una mierda que cavó su fosa.

Cada vez que termino una novela pienso que es mi última novela. Y me viene pasando desde mi primera novela. Tengo por norma no escribir nada si no tengo nada que contar. 

¿Cómo es su proceso creativo?

Después de siete novelas publicadas creo haber descubierto la pauta de mi proceso creativo. El secreto es volver a leer mucho (cuando escribo no puedo leer nada, para no contaminarme). Alterno novela y ensayo. El ensayo es fundamental para que se te caiga “el pelo de la dehesa” y escribas cosas con cierta decencia, que el lector decente agradece mucho. Me obligo a leer mucha novela, alternando trabajos brillantes (la excepción) con pura basura impresa (la norma). Y cuando encadeno tres cubos de basura seguidos, sin que medie voluntad por mi parte, me vuelve a la cabeza el reto personal que fue el origen de todo: “yo creo que si me pongo, lo hago mejor”. Y me pongo a escribir otra novela, que no sé si será mejor, pero seguro que es diferente.

¿En qué género clasificaría su novela? ¿Histórica? ¿Fantasía? ¿Romántica? ¿Aventuras? ¿Negra? 

Mis novelas no tienen etiqueta posible, algo que desespera a la mayoría de los editores y a Ramón Conesa, el mejor agente literario del mundo porque ha sido capaz de aguantarme hasta ahora.

Con mi última novela La Biblia según Gentil María y Winston Churchill ya me lo han puesto en negro sobre blanco: “… es una novela muy rara y aunque escriba muy bien el argumento no se ni como explicarlo en el comité editorial.” Transcribo la explicación que da una editora con muchas tablas, de una editorial importante, para mandar mi trabajo a corrales. Es una frase que resume perfectamente la historia de mi vida editorial.

Pero no escarmiento, cada vez voy a peor. En cada nueva novela me planteo un nuevo reto, un más difícil todavía, aunque con La Biblia reconozco que me he puesto el listón muy alto.

¿Cómo es el perfil de su lector?

Es un lector que busca algo diferente, que pasa de modas y tendencias y que le mola enfrentarse a sorpresas y retos, diría más, exige sorpresas y huye de lo de siempre, de lo esperable y de lo convencional. 

¿Qué puede cambiar el destino de un manuscrito como La Biblia según Gentil María y Winston Churchill?

Cruzarse con un lector como Omar Jerez, que en el fondo tiene “alma de editor de malditos” aunque él no lo sepa; que le escriba a su jefe un informe de lectura diciendo en su última frase “Publicadla por Dios”, que su jefe y socio de la editorial Libros Indie todavía crea en él y publiquen lo que no ha querido publicar nadie.

Y por último, la clásica pregunta, ¿para cuándo su próximo trabajo?

“Esta ha sido mi última novela”, como siempre pienso después de escribir mi penúltima novela. Ahora mismo no estoy escribiendo nada porque no tengo nada que contar. Me queda por delante leer mucha luz y mucha sombra para volver a provocarme de nuevo: “creo que si me pongo puedo escribir algo diferente”. O no. O sí.

*Entrevista Intrapersonal Confrontada (O cómo responder y después preguntar)

La entrevista es un género periodístico fundamental. De hecho, se podría considerar su piedra angular, porque permite al periodista confirmar, acceder y conocer los hechos de manera directa, sin intermediarios, hablando con la fuente y estableciendo un diálogo con los protagonistas.

Lamentablemente, y salvo honrosísimas excepciones, la entrevista, ese momento excepcional que combina conversación, reto y seducción, se ha convertido en un acto seco, forzado, en el que demasiado a menudo el entrevistado no quiere responder y al entrevistador le da lo mismo que no quiera. El momento sublime que permite al periodista ejercer su derecho a preguntar se transforma en un trámite, una penitencia o directamente un combate tosco y sin ningún vencedor.

En otras ocasiones, los entrevistados han tenido una clase por parte de sus asesores para evitar, rodear o directamente eliminar preguntas incómodas, que suelen ser precisamente las que el periodismo debe y puede hacer. El resultado, nuevamente, queda en un limbo de medias verdades y frases insulsas. Por no hablar de las entrevistas promocionales asociadas a algún producto cultural, tipo cine, literatura y música, donde la superficialidad es tan apabullante que se podrían mantener las preguntas hechas años antes y tendríamos la certeza de encontrar las mismas respuestas.

Ante este panorama, desolador y habitual en demasía, el artista y creador Omar Jerez propone una nueva fórmula, una nueva aproximación al género que exige una complicidad de ambas partes (tomando como inspiración las entrevistas noveladas que hizo durante años Milan Kundera) para generar un contenido atractivo, valiente, que enriquezca al lector y que suponga una aventura donde ni el camino ni el destino queda prefijado.

El nuevo concepto se llama Entrevista Intrapersonal Confrontada, (EIC), y tiene como cimiento inamovible la siguiente premisa: el entrevistado genera un discurso a priori, provocado y sugerido (o no) por el entrevistador, y posteriormente el periodista edita y da forma periodística a ese contenido. Se crea una arcilla pura que será moldeada por las manos expertas del entrevistador, a posteriori.

A continuación se exponen los 10 puntos que definirán cualquier EIC que se haga a partir de ahora, y que creemos supone una innegable revolución en este género. Es tan sencillo como invertir el orden para recuperar la pureza que nunca debió perder.

Decálogo para una Entrevista Intrapersonal Confrontada (EIC)
1- Cualquier persona, tenga o no relevancia pública, podrá solicitar a un periodista la realización de una EIC. Igualmente, cualquier periodista podrá solicitar la realización de una EIC a cualquier persona o personaje.
2-Cualquier EIC tiene como base fundamental la relación que se establece entre el periodista y el entrevistado, así como la reinterpretación del concepto de entrevista para el siglo XXI.
3- Una vez aceptada la realización de la EIC, se propondrá, por cualquiera de las partes, un tema sobre el que girará la narración, así como su extensión. Igualmente podrá ser de libre elección si así se decide de mutuo acuerdo.
4-El entrevistado construirá libremente una narración sobre la temática escogida, que podrá ser creada en cualquier formato: texto, audio, vídeo, ilustración, así como cualquier combinación entre estos. El periodista no intervendrá nunca en esta parte del proceso.
5-El periodista recibirá esa narración y a partir de ahí construirá una EIC en la que se compromete a mantener el sentido del texto original, y podrá modificar, eliminar, ampliar o extender la entrevista para tratar de llegar a la naturaleza real del entrevistado. Podrá solicitar más información al entrevistado, así como convertirla a otro formato.
6- Bajo ningún concepto el periodista podrá utilizar la información en bruto para difamar o menoscabar la figura o reputación del entrevistado.
7- El periodista deberá entregar una copia de la EIC antes de su difusión al entrevistado para que la confronte y certifique que se ha mantenido el sentido original, no entrando éste en consideraciones de estilo y forma.
8- El periodista puede declarar la EIC nula si percibe que está falseada o que el entrevistado se aleja del objetivo principal, que es un ejercicio de honestidad consigo mismo.
9- El espectador, para poder completar la experiencia, debería tener acceso al discurso en bruto enviado por el entrevistado y la EIC  definitiva, para comparar y enriquecer la lectura/visionado/escucha del proceso.
10- Al contrario que en la entrevista clásica, en cualquier EIC la búsqueda de la verdad queda supeditada a la experiencia compartida, confrontada y colaborativa entre las dos partes.
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