Reino Unido

Tres lamentos junto al Támesis

Agustín Blanco Bazán
jueves, 21 de abril de 2022
Nadia y Lili Boulanger en 1913 © 2019 by Wikipedia Nadia y Lili Boulanger en 1913 © 2019 by Wikipedia
Londres, sábado, 2 de abril de 2022. Royal Festival Hall (RFH). Lili Boulanger, Salmo 129 para coros y orquesta. Olivier Messien, Le Tombeau resplendissant, Johannes Brahms, Un Requiem Alemán, op 45. Christine Karg, Roderick Williams, Coro de la Filarmónica y Rodolfus Chorus y Orquesta Filarmónica de Londres bajo la dirección de Edward Gardner
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El próximo concierto en el Royal Festival Hall prometo enviar una foto propia, para que el lector pueda apreciar el paisaje del enorme órgano iluminado con sugestivos tonos de azul. O de suave rojizo otoñal, porque ocurre que a veces una iluminación ligeramente cambiante va acompañando la ejecución de algunas obras. En este caso, las diferentes tonalidades acompañaron la similarmente sutil variación cromática de la interpretación de Edward Gardner para el Requiem de Brahms. Fue una interpretación concentrada, nunca bombástico, y de transparente expresividad polifónica.

Selig sind die de Leid tragen’ emergió del silencio inicial con la espontaneidad de un lied y los marcados de ‘Denn alles Fleisch es ist wie Grass’ fueron de una acentuación clara pero nunca aplastante. También aquí la línea melódica balanceó con el tiempo de marcha preservando así un lirismo que terminó siendo la característica definitoria de toda la obra. Gloriosamente lírica y luminosa, y extática como una profecía celestial fue ‘Ihr habt nun Traurigkeit’ de Christiane Karg y efectivo, aunque tal vez algo liviano y sin la fuerza de proyección requerida el ‘Herr, lehre doch mich’ de Roderick Williams. En ‘Denn wir haben keine bleibende Statt’ los dos magníficos coros reunidos para esta ocasión, el de la Filarmónica de Londres y el Rodolfus Choir precipitaron finalmente el contraste de sobrecogedor dramatismo de la obra y espetaron los fugados con maravillosa contención y claridad. Finalmente, coros y orquesta cantaron un ‘Selig sind die Toten’ de conmovedora simpleza.

Y así terminó esfumándose este Réquiem, en un silencio tan espontáneo como el que había precedido su iniciación., Gardner prolongó este silencio que nadie osó quebrar suspendiendo su batuta durante casi un minuto, literalmente. Y sólo después comenzaron, muy tímidamente, algunos aplausos.

En la primera parte, el coro de la Filarmónica acompañó un Salmo 129 de Lili Boulanger (versión coral de su hermana Nadia) que Gardner dirigió sin ahorrar el color, la redondez y la riqueza armónica reminiscente de Berlioz que alberga esta obra.

Y también hubo ecos de Berlioz en Le tombeau resplendissant, una obra juvenil de Messiaen, de formidable brillantez y contraste de ritmos iniciales y una maravillosa, infinita frase melódica de cuerdas sobre el final. En otras palabras: una agitada rebelión ante la muerte de la madre del compositor al comienzo y finalmente, el consuelo o autoengaño que hace resplandecer a cualquier tumba. Algo parecido a las muertes que animaron a Brahms a escribir su Requiem.

Felicitaciones a Gardner por un programa tan inteligente y tan rico en reflexiones sobre las honduras psicológicas que animan a creadores de obras maestras. En este caso, el leitmotiv del dolor y, tal vez, la aceptación. 

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