España - Castilla y León

Sonidos de otra época

Samuel González Casado
martes, 26 de abril de 2022
Rafael Aguirre © 2021 by Liz Isles / European Music Foundation Rafael Aguirre © 2021 by Liz Isles / European Music Foundation
Valladolid, viernes, 22 de abril de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Silvia Schwartz, soprano. Rafael Aguirre, guitarra. Ludovic Morlot, director. Palomo: Sinfonía a Granada. Rachmáninov: La isla de los muertos, op. 29. Debussy: Ibéria. Ocupación: 90 %.
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El concierto de abono n.º 9 de la OSCYL se saldó con un resultado irregular, que ya podía intuirse desde su extraña concepción: dos obras de carácter ibérico con otra que no tenía nada que ver. Esperaba con expectación El cazador maldito, de Franck, una obra de alto voltaje que me apasiona; pero se sustituyó por La isla de los muertos, más habitual en el Centro Cultural Miguel Delibes.

Precisamente la interpretación de este poema sinfónico fue lo menos logrado de noche: Morlot desperdició cualquier organización dinámica efectiva y toda la obra sonó hipertrofiada entre el mezzoforte y el forte. La falta de tensión fue tal que los clímax llegaron como quien no quiere la cosa, y no tanto porque no hubiera un carácter romántico en el fraseo, en el que se pudieron apreciar aspectos interesantes, por ejemplo en los chelos; sino porque esa especie de volumen casi plano vetaba cualquier conato narrativo, e incluso desordenaba lo descriptivo. Hubo una anécdota curiosa: justo sobre una cita literal del Dies irae se oyó desde las alturas lo que parecía ser una voz de ultratumba, que debió de partir de un walkie-talkie de alguien de seguridad que se olvidó de ajustar el volumen.

La decepción de este comienzo de la segunda parte contrastó con la frescura interpretativa de Ibéria, de Debussy. El cambio fue radical, y color y ritmo lo invadieron todo. No fue la versión más sutil que he escuchado en mi vida, pero sí la más consciente de su propio carácter. Destacaron, como suele ocurrir, y más en este caso, los movimientos extremos, muy desinhibidos, y quedó algo más desaprovechado el central.

La primera parte del concierto estuvo dedicado a Sinfonía a Granada, de Lorenzo Palomo. Se trata de una obra de estilo retro muy resultona, estupendamente orquestada (destaca la Danza del Sacromonte) y con influencias que no se ciñen solo al folclore andaluz (tanto popular como inventado), sino que se detectan también algunos toques jazzísticos. La obra está en consonancia en cuanto a tono con los poemas de Luis García Montero de los que parte, con su aroma estilístico a otra época.

Pero, dentro de que la música no entraña ninguna dificultad para cualquier tipo de público, Palomo no coincide con Montero en cuanto a la sencillez: Sinfonía a Granada resulta demasiado aparatosa, pues hay recitado, canto solista, guitarra solista y partes orquestales, y digamos que las relaciones entre ellos nunca terminan de desarrollarse demasiado. Así, la obra de Palomo no me aburrió pero tampoco me emocionó, porque no vi que aquello transcurriera hacia mundos que a mí me motivaran demasiado.

En cualquier caso, hubo elementos que elevaron la calidad interpretativa, como la prestación orquestal, una dirección que pareció transcurrir con cierto compromiso y sobre todo las intervenciones del guitarrista Rafael Aguirre, muy creativo desde el dominio técnico del instrumento y una sensibilidad capaz de mostrar matices inesperados en cualquier nota perdida. Nada carece de importancia cuando lo interpreta este gran músico, al que hay que escuchar sí o sí en repertorio trillado; seguro que lo ilumina.

No ocurrió exactamente lo mismo con la soprano Silvia Schwartz, cantante con una técnica que de alguna manera parece haber salido de una máquina del tiempo: es un sonido con poco cuerpo, al que le falta un desarrollo “moderno”, dentro del espectro ligero, que aumente sus posibilidades artísticas. Hay desequilibrios dentro de la tesitura (centro poco audible con acompañamiento de la cuerda) y existen escasas posibilidades para el color, lo que se intentó compensar con otro tipo de recursos que convirtieron a su interpretación en algo elaborado pero manierista, poco genuino. En el lado positivo, es cierto que el sonido en sí mismo tiene cierta utilidad, sobre todo en comparación con otros más de moda hoy día de centros ampliados y con otro tipo de carencias, y que la parte de la articulación es muy solvente. Además, algunos momentos de lucimiento de la obra estaban relacionados con sus puntos fuertes, lo que hizo que su prestación, en general, transmitiera eficiencia.

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