España - Madrid

Verismo a la rusa

Germán García Tomás
martes, 17 de mayo de 2022
Giordano, Siberia © 2022 by Teatro Real de Madrid Giordano, Siberia © 2022 by Teatro Real de Madrid
Madrid, lunes, 9 de mayo de 2022. Teatro Real. Siberia. Ópera en dos actos. Estreno en el Teatro Real. Ópera en versión de concierto. Música: Umberto Giordano. Libreto: Luigi Illica. Dirección musical: Domingo Hindoyan. Director del coro: Andrés Máspero. Reparto: Sonya Yoncheva (Estefanía), Murat Karahan (Vassili), George Petean (Gleby), Elena Zilio (Nikona), Alejandro del Cerro (Príncipe Alexis), Albert Casals (Iván / El cosaco), Fernando Radó (Walinoff / El Capitán / El Gobernador), Tomeu Bibiloni (El banquero Miskinsky / El inválido), Moisés Marín (el sargento), Claudio Malgesini (el inspector). Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Ocupación: 85%.
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El verismo es una de las estéticas operísticas más evocadoras que han existido. Si Madama Butterfly, estrenada en 1904 en la Scala de Milán con un sonoro fracaso, es la ópera italiana que mejor ha conseguido retratar el universo japonés, Siberia, que subió a escena casi dos meses antes (el 19 de diciembre de 1903) en el mismo escenario milanés por cancelación de la anterior, es una obra verista que posee una de las mejores ambientaciones rusas en cuanto a realismo musical se refiere. 

Bien se afanó en ello el compositor Umberto Giordano, pues en su gusto por la dramaturgia histórica, y como ya hizo en Andrea Chénier de 1896 citando literalmente La Marsellesa, introdujo en la partitura de Siberia melodías populares y cantos directamente extraídos de la Iglesia Ortodoxa Rusa. 

Como ejemplo baste citar el coro a capella del comienzo de esta ópera, continuadora de ese tenso y trágico ambiente pascual de la mascagniana Cavalleria rusticana, un tratamiento que puede recordarnos al canto ortodoxo que a su vez da inicio a la Obertura 1812 de Chaikovski, situando inmediatamente al oyente en la fría nación de la estepa y el hielo. Pocas veces se ha retratado con tan extremo realismo el gélido ambiente a las afueras de una prisión rusa como en los ásperos compases orquestales que abren el segundo acto de esta ópera, toda una descripción meteorológica mediante disonancias y violentos trémolos de la cuerda, técnicas expresivas propias de la música atonal que iba a experimentar una eclosión con Schönberg y que ni el mismo Puccini se hubiera planteado utilizar para pintar paisajes o climas de especial desolación en sus óperas. Un acto además que en su estreno parisino despertó la admiración de Gabriel Fauré y donde el coro recuerda en ocasiones la nobleza de los cantos ortodoxos que Mussorgski despliega en Boris Godunov o Jovanshchina

Como haría Pablo Sorozábal con su Katiuska de 1931, Giordano sabía recurrir muy bien al folclore del país evocado para verterlo a lo largo del continuum verista de drama y pasión que es Siberia, que deja pequeñas gotas líricas de la más pura tradición melódica italiana como el galante aria del ladino y despiadado personaje de Gleby del primer acto, una página subrayada por los demás personajes, procedimiento muy propio de esta estética operística, como Puccini había dejado claro con, por ejemplo, su vals de Musetta en La bohème.

Para cantar verismo se necesitan cantantes que sepan enfrentarse a las exigencias de una partitura de alto voltaje dramático, y en el Teatro Real, en su estreno de la ópera de Giordano en versión de concierto, se pudo asistir a una función de verismo en estado puro. La veteranía y la juventud se aunaban de forma natural en el reparto propuesto, que contaba con una antológica Elena Zilio con la friolera de 82 años interpretando al maduro personaje de Nikona, con la voz correctamente colocada y una elocuencia, gravedad y expresión teatral que demuestra las tablas que hay detrás de esta mezzosoprano. El arte de Zillio consigue hacer creíble su personaje, que sigue la línea de una Mamma Lucia. 

Pero la atracción del cartel era sin duda la soprano Sonya Yoncheva, tras haberla visto en este mismo escenario hace tres temporadas dando vida a una inolvidable Imogene de Il pirata de Bellini. Tiene todas las bazas para poderla considerar una diva, por seductora presencia escénica -que potencia igualmente en una versión de concierto- y por características vocales. Además de destacar en otros repertorios, como el belcantista, su afinidad con el verismo ha manifestado ser plena, pues imprime en todo momento dramatismo y caudal sonoro a un rol titular, el de Stephana, muy exigente en el plano de la expresión, que favorece la densidad de su voz y los penetrantes acentos mediante un robusto registro grave. Junto a la explosión del grito, por lo general nunca estridente, la búlgara obtiene momentos de gran sensibilidad musical. 

Su partenaire amoroso en el triángulo de esta ópera, el tenor turco Murat Karahan, con una correcta línea de canto y muy apasionado en los dúos del primer y segundo acto junto a Yoncheva, posee el agudo pero tiende hacia el engolamiento, con lo que su aportación no termina de lucir con naturalidad ni con entera brillantez. George Petean como el vil Gleby se adapta idóneamente al parlato verista con una presencia vocal digna en todo momento. Por lo demás, muy equilibrado resultó el resto de personajes secundarios, destacando entre otros a un Alejandro del Cerro de gran volumen como el Príncipe, un siempre correcto Albert Casals y un Fernando Radó que llamó la atención por su dignidad canora en sus múltiples y breves salidas.

Todo ello se sostuvo sobre la dirección, pendiente de las voces y al matiz dramático, del venezolano Domingo Hindoyan, esposo de la Yoncheva y todo un especialista en estas lides operísticas, que extrajo a partes iguales paleta de color y continuidad de una implicadísima orquesta del Real. Completan la redonda función el coro, el elemento de acervo más autóctono, que se luce en los atmosféricos momentos del acto segundo, y la rondalla de temas populares en el tercero, uno de esos instantes donde lo popular y la inminente tragedia se fusionan en un detalle de genio por parte de Giordano. Sólo faltó la escena para haber vivido con fuerza e intensidad un descubrimiento operístico de elevado interés.

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