Alemania

Los siete pecados capitales

Juan Carlos Tellechea
jueves, 19 de mayo de 2022
Simon Rattle y Magdalena Kozená © 2022 by Julia Wesely Simon Rattle y Magdalena Kozená © 2022 by Julia Wesely
Essen, lunes, 2 de mayo de 2022. Gran sala auditorio Alfried Krupp de la Filarmónica de Essen. Kurt Weill, Die sieben Todsünden (Los siete pecados capitales), ballet cantado en siete cuadros, con texto de Bertolt Brecht. Robert Schumann, Sinfonía.nº 2 en do mayor op 61. Bis: Gabriel Fauré, Pavane op. 50. Intérpretes: Anna I y II: Magdalena Kožená (mezzosoprano); la familia: Andrew Staples (tenor), Alessandro Fisher (tenor), Ross Ramgobin, (barítono), Florian Boesch, (bajo-barítono). London Symphony Orchestra. Director Sir Simon Rattle. 40% del aforo.
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¡El ocio...ahhhh el ocio...la madre de todos los vicios! Probablemente este sabio refrán resuene por mucho tiempo en las mentes de los pocos espectadores que vinieron a presenciar este concierto. Quizás con la misma intensidad con la que entona siete veces en fanfarria el exquisito cuarteto vocal masculino (Andrew Staples y Alessandro Fisher, tenores; Ross Ramgobin (barítono); y Florian Boesch (bajo-barítono).

Los cuatro se divierten visible y audiblemente en su actuación como “la familia“ (padre, dos hermanos y -en el bajo- la madre) en este irónico ballet chanté de Kurt Weill con libreto de Bertolt Brecht: Los siete pecados capitales, con siete cuadros (la pereza, el orgullo, la ira, la gula, la lujuria, la codicia, y la envidia).

Es la historia de una familia que envía a su hija (o hermana) Anna (Magdalena Kožená) al mundo, o al menos a las grandes ciudades de los Estados Unidos, para ganar el dinero suficiente como para comprar una casita en Luisiana, a orillas del Misisipi. Pero la joven tiene doble personalidad, Anna I y Anna II, la "sensata" (es decir: fríamente calculadora) y la emocional, respectivamente. Así es como Brecht convierte los clásicos siete pecados capitales en su opuesto. ¿La gula? Según su contrato como bailarina, Anna puede pesar 52 kg, ni un gramo más.

La fornicación tiene lugar cuando vives con la persona que amas, aunque otra persona pagaría mucho mejor. ¿Rebelarse contra ello? La ira y el orgullo también se encuentran entre los pecados capitales. Al final Anna I canta su última canción:

Luego regresamos a Luisiana,
Donde las aguas del Mississippi fluyen bajo la luna.
Siete años llevamos en las ciudades
Probando nuestra suerte.
Ahora lo hemos hecho.
Ahora ahí está, nuestra pequeña casa en Luisiana.
Ahora vamos a volver a nuestra casita
En el río Misisipi, en Luisiana.
¿No es así, Anna?
Sí, Anna.

Se podría estudiar este texto con más detenimiento, pero es de temer que ya en 1933, cuando Weill compuso este ballet cantado, nada menos que para George Balanchine (prólogo y epílogo), el público parisino lo tratara más como material edificante para el álbum de poesía que para la lucha de clases. El estreno fue el 7 de junio de aquel mismo año en el Théâtre des Champs-Élysées. Más tarde Brecht ampliaría el título de la obra y la denominaría Die sieben Todsünden der Kleinbürger, (Los siete pecados capitales del pequeñoburgués).

Cuando este ballet chanté se abría paso en las salas de concierto como una cantata, subrayaba lo burgués del tema. Simon Rattle no niega ni por un momento que ha llegado a esta sala con una formidable orquesta sinfónica y no con un dudoso conjunto para amenizar bailes. Sin embargo, es embriagador el tono despreocupado con el que la excelente London Symphonic Orchestra se compromete con la música (de danza) como algo natural y no se la toma demasiado en serio, pero tampoco muy a la ligera.

Además, la música vibra con la tensión interior, que se refleja en ritmos enérgicos y elásticos. Magdalena Kožená canta a Anna con un tono luminoso, casi de soubrette, cantarín e ingenuo. Los pervertidos ideales se apuntalan con una seriedad aparentemente sagrada. En cierto modo, esto es muy británico en su humor subyacente, pues por supuesto el ingenio y la ironía brillan en todo momento. La obra no se desliza hacia la revista. Más bien, Los siete pecados capitales se convierte en un placer ambiguo. El cuarteto masculino agradeció los estruendosos aplausos con una Barbershop cantada de forma deslumbrante.

El anclaje de Brecht/Weill en la vida concertística burguesa prosigue cuando la orquesta interpreta Robert Schumann como algo tan natural después del intervalo. Se trata de la difícil Segunda Sinfonía en do mayor, que ha estado durante mucho tiempo a la sombra de las otras tres sinfonías, pero que parece haber ganado en estima en el pasado reciente. Con su ejecución altamente concentrada, Rattle argumenta muy fuerte en favor de esta obra, que aborda con contención camerística, tocando todo con mucha finura y manteniendo de forma muy elevada la tensión interna.

Las grandes descargas sinfónicas se producen solo muy ocasionalmente. El sonido sigue siendo ligero y brillante. Rattle es muy cuidadoso con los pequeños motivos, los matices, casi como si no quisiera herir una nota. Porque los grandes gestos harían rápidamente ruidosa la pieza, los pequeños, en cambio, la protegen. El sonido orquestal es magro, los vientos se integran en el sonido general con enorme discipliina. Se siente muy de cerca una fragancia de Mendelssohn. El tema principal del tercer movimiento, Adagio espressivo, (tomado de la Ofrenda musical, de Bach) pasa de instrumento en instrumento como un tesoro. Esto es más una maravilla de color melancólico que un cansancio del mundo, de lo terrenal.

Así continúa en el bis, con la Pavane op 50 de Gabriel Fauré, en la que el flautista solista Gareth Davies brilla con tono seductor en el piano y en el pianissimo. Es el enfoque casi humilde el que salva de la cursilería a esta pieza de concierto solicitada. Cada repetición del tema se convierte en un pequeño milagro sonoro. Rattle también aborda la enérgica sección central con moderación, unas nubes en la brisa primaveral. Las ovaciones del público, espontáneamente de pie, se prolongaron durante varios minutos en la gran sala Alfried Krupp de la Filarmónica de Essen, desgraciadamente demasiado poco concurrida.

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