España - Galicia

Diez años en diez minutos

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 14 de junio de 2022
Dima Slobodeniuk © Marco Borggreve | Afundación Dima Slobodeniuk © Marco Borggreve | Afundación
A Coruña, viernes, 10 de junio de 2022. Palacio de la Ópera. Seong-Jin Cho, piano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, director. Igor Stravinski: Sinfonías de los instrumentos de viento (revisión de 1947); Wolfgang Amadè Mozart: Concierto para piano nº 23 en La mayor, K 488; Johannes Brahms: Sinfonía nº 1 en Do menor, op. 68. Ocupación: 60%
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Como quien no quiere la cosa, han pasado diez años desde que un desconocido Dima Slobodeniouk se hizo cargo de la dirección musical de la Orquesta Sinfónica  de Galicia. Entonces ya era la mejor orquesta de España, y hoy, al dejar la titularidad, Slobodeniouk puede presumir de haber subido el nivel notablemente. Como en España –y en Europa- los maestros no tienen que dedicar parte de su tiempo a relacionarse con la sociedad civil para buscar financiación, Slobodeniouk se marcha siendo el mismo desconocido, pero ahora con dos excepciones: el público coruñés -fiel a su orquesta como ninguno-, que le ha tomado cariño; y los músicos de la orquesta, que con su trabajo en estos años le han tomado respeto, demostrando que el flechazo inicial no fue un amor pasajero.

El caso es que la próxima temporada la Orquesta Sinfónica de Galicia no tendrá un director titular, recurriendo a su amplia plantilla de directores invitados (es curioso que la OSG nunca haya tenido un “principal director invitado”), muchos de reconocida solvencia, con alguna nueva incorporación. Lo cual suscita la discusión sobre la necesidad de mantener ese puesto –aquí y en cualquier otra parte-, habida cuenta de que la costumbre actual es que el director titular no esté presente más de cuatro meses al año, que las orquestas están cada vez mejor preparadas técnicamente (a costa de perder sus rasgos sonoros distintivos), y que un buen maestro invitado sabe montar un concierto magnífico en tres o cuatro ensayos. La cuestión estriba, para mí, en la toma de decisiones sobre el proyecto artístico de la institución, que idealmente debería ser liderado por el director musical, pero no necesariamente: ¿alguien piensa en serio que Klaus Mäkelä es capaz de hacerlo en Oslo y en Amsterdam? 

Sea como fuere, yo también echaré de menos a Slobodeniouk, que me ha regalado muchas buenas funciones en estos diez años. Aunque de esta última sólo guardaré en mi memoria el Concierto de Mozart. Para empezar, porque las Sinfonías de instrumentos de viento de Stravinski es una obra curiosa, muy representativa del lenguaje más seco del autor, pero no pasa de ahí: él mismo la definía como “un ritual austero”, y la revisión de 1947 no es más que la puesta en orden de unos papeles que andaban desperdigados desde 1920, así que el recuerdo de La consagración de la primavera está muy presente. Sin que ello reste mérito a la espléndida prestación de las maderas y los metales de la OSG.  

Estoy casi seguro de que, si en el momento de programar este concierto se hubiese sabido que era el último de Slobodeniouk para sus abonados, no se habría incluído la Primera Sinfonía de Brahms. A ningún maestro ruso se le ha dado bien Brahms; y ningún maestro de la edad de Slobodeniouk al que le guste Brahms tendría necesidad de dirigir esto con los papeles delante. El resultado fue una ejecución impecable con una interpretación inexistente. Claro que Slobodeniouk se preocupó por que todo estuviese en su sitio y por que se escuchasen todas las voces, cada una en su plano (en la medida de las posibilidades acústicas de esta casa). Pero con Brahms eso no basta.

A las sinfonías de Brahms no se las puede dejar que suenen solas, sino que hay que cargarlas a la espalda y hacer cosas con ellas. Slobodeniouk no hizo nada: los tiempos fueron firmes pero también monótonos, y no hubo el menor atisbo de tensión (no hace falta poner toda la carne en el asador en el arranque, pero tampoco vale hacerlo sonar blandengue), ni de luminosidad (el clímax del Andante ha de tener un contraste de expresividad en los violines), ni de solemnidad (la introducción del Finale), ni de excitación (el ascenso acelerado a la conclusión de la obra). Total, que el intermedio salió estupendamente, pero el resto fue un aburrimiento (y menos mal que Slobodeniouk se saltó la repetición en el primer movimiento).

En cambio, el Concierto nº 23 de Mozart fue una preciosidad de principio a fin. Slobodeniouk dispuso una plantilla muy reducida (tres contrabajos), pero no desaprovechó las posibilidades de los instrumentos modernos; al contrario, dejó bien a las claras que esta pieza aparentemente sencilla requiere mucho trabajo: tiempos juiciosos para cantar sin languidecer, expresividad contenida, fraseo elegantísimo, y entendimiento con el solista. Y ahí estaba el coreano Seong-Jin Cho, que aún no ha cumplido los treinta y ha sido capaz de dar este concierto con la madurez de los grandes: toque limpio, respiración profunda, los ornamentos de cosecha propia muy discretos y reservados sólo para el Finale, y sobre todo un rubato inteligente por lo (casi) imperceptible. Juntar todo eso en los diez sublimes minutos del Adagio -uno de los momentos más conmovedores de toda la historia de la música- significa que Cho y Slobodeniouk acertaron en la dosis justa del drama mozartiano. Hazaña que no está al alcance de cualquiera.

No fue un concierto que provocase la locura del respetable, pero los aplausos sonaron con calor y con emoción. Cho correspondió con una propina de muy buen gusto que a mí me sonó a Scarlatti, aunque no puedo asegurarlo. Slobodeniouk (por cierto, la única vez que le he visto encorbatado) tuvo que salir a saludar más veces de lo acostumbrado, hasta que cogió su partitura brahmsiana y se la llevó. 

Y el público acabó en la cola tercermundista ante el único cajero automático del aparcamiento del teatro: ya que el próximo curso nos ahorramos el estipendio de un director titular, ¿sería posible, por favor, emplear algo de ese dinero en poner remedio a esta vergüenza?


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