España - Galicia

Una pianista ante el público

Maruxa Baliñas
jueves, 16 de junio de 2022
Marianna Prjevalskaya © by Xun Wang Marianna Prjevalskaya © by Xun Wang
Culleredo, lunes, 13 de junio de 2022. Conservatorio de Culleredo. Auditorio Gustav Mahler. Viaje al éxtasis. Marianna Prjevalskaya, piano. José de Nebra, Sonata en sol mayor. Aarond Copland, Sentimental Melody y Three Moods. Marianna Prjevalskaya, Valse a la manera de Ravel. Alexander Scriabin, Estudios op 8 nº 1, 4, 5, 7, 11 y 12; y Sonata nº 3 op 23.
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Un artista se define ante su público y eso es algo que Marianna Prjevalskaya tiene muy claro. Aprovechando que el próximo domingo 19 de junio se presenta en el Auditorio del CentroCentro de Madrid en la primera edición del festival Piano City Madrid, el pasado lunes 13 acudió al Conservatorio de Culleredo (una pequeña localidad limítrofe con A Coruña) con el mismo programa que tocará en Madrid, con ese curioso título de 'Viaje al éxtasis'. El centro del programa es la música de Scriabin (Moscú, 1872-1915), compositor del que en este 2022 se celebra el 150 aniversario de su nacimiento, y sin duda es él el que da su nombre general al programa. 

Pero la visión de Scriabin de Prjevalskaya no es apenas 'extática'. Frente al compositor visionario y sumamente excéntrico que se nos suele presentar, Prjevalskaya mostró un compositor pianista firmemente anclado en la tradición, con pocos de esos misticismos que caracterizan su música orquestal posterior, especialmente su Poema del éxtasis (1905-1908), al que se alude en el lema del concierto. Las obras elegidas por Prjevalskaya fueron seis de sus Doce estudios op. 8 (1894) -incluyendo el famosísimo nº 12- y la Sonata nº 3 op 23 (1897-98), compuesta poco después que los Estudios, aunque como Scriabin es de esos artistas 'veloces' -Van Gogh es otro buen ejemplo- que en poco tiempo avanzan mucho en su estilo, la Sonata parece muy posterior. 

Aunque algunos autores ven influencias de Rachmaninov en algunos de estos estudios, la interpretación de Prjevalskaya pareció resaltar más bien los elementos chopinianos y la rica tradición del pianismo de salón ruso de finales del XIX, bastante más virtuosístico que el que se estilaba en otras partes de Europa. Destacaría especialmente su versión de los Estudios nº 7 y nº 11, enfocados con una gran libertad e incluso 'despreocupación' en el buen sentido de la palabra. Y por supuesto el Estudio nº 12, donde construyó un sólido y potente enfoque capaz de enfrentarse con solvencia a las grandes versiones tradicionales incluida la de Vladimir Horowitz, que siempre ha sido mi favorita (existe además una versión de bastante buena calidad grabada por el propio Scriabin), y sin desmerecer en potencia de un Kissin. 

La Sonata nº 3 op 23 de Scriabin que cerró el concierto fue seguramente la mejor interpretación de la velada, y de algún modo el resumen de todo lo que hasta entonces se había oído. Sonido limpio y pulcro, unido a un uso del pedal cuidadosamente calculado, que incluso le permitió crear con él efectos sonoros constructivos y no meramente ornamentales; y una amplia potencia sonora que a ratos resultaba extraña en una persona de apariencia frágil y delicada (fue alumna de Alexander Toradze en Indiana)Nuevamente Prjevalskaya planteó un Scriabin 'tradicional', acorde con el programa de esta Sonata que Scriabin subtituló "Estados del alma", y que se mueve entre el romanticismo tardío y un claro modernismo que no se excluyen mutuamente. 

El concierto había comenzado con una obra muy lejana en el tiempo a Scriabin, la Sonata en sol mayor de José de Nebra (1702-1768), cuyo estilo 'gracioso' reaparece sin embargo en algunos momentos del Allegretto de la Sonata nº 3 -como en otras obras de la Belle Époque- y que aunque a veces se quiera asociar con Mozart es anterior en el tiempo y se debe vincular con Scarlatti, compositor que Prjevalskaya trabajó para su tesis de doctoradoPrjevalskaya la planteó pianísticamente, con uso de pedal, amplios contrastes y bastante variedad dinámica. 

Más interesantes fueron las cuatro piezas siguientes, de A. Copland. Los Three Moods (1921) son piezas breves -I. Amargada, II. Nostálgica, y III. Jazzística-, apenas apuntes de diferentes estilos pianísticos del jazz o la música urbana de la época, mientras la Sentimental Melody (1926) es una obra preciosa, un auténtico blues (este fue su título original), que merece ser mucho más interpretada. Prjevalskaya mostró en todas ellas una flexibilidad rítmica y un sentido de la síncopa y del blues propias de un pianista que como ella ha desarrollado una amplia carrera en EEUU. Un gracioso contraste con su habitual estilo ruso, mucho más sensible y romántico. 

Entre este primer bloque de piezas y Scriabin, Prjevalskaya interpretó una obra propia, el Valse a la manera de Ravel, que constituye una biografía estilística de las diferentes escuelas pianísticas y compositores que más le han marcado a lo largo de su historia personal. Porque aunque el título parezca remitir a Ravel y su nostálgica La Valse, hay mucho más en esta obra, que encaja bien con Copland, es brillante a ratos -en ocasiones me pareció que había más de diez dedos sobre el teclado-, tiene elementos norteamericanos, pero sobre todo es -a mi modo de ver- profundamente rusa. 

No es fácil escuchar a Marianna Prjevalskaya en recital y resulta una experiencia apasionante, más aún en este caso por las circunstancias del concierto, en una sala sencilla de un conservatorio pequeño, con un público compuesto mayoritariamente por alumnos del centro y algunas personas de la zona que tienen casi nulo acceso a los circuítos musicales si no pueden desplazarse a A Coruña. Un público por ello muy atento y muy dispuesto a disfrutar de la ocasión. Prjevalskaya también lo entendió así y no dudó en dirigirse al público para hablar de las obras que iba a tocar con una naturalidad que la convirtió en figura muy cercana sin perder su halo de magia una vez que se sentó al piano y se puso a tocar. Una pianista que se crece ante su público, porque el arte no es creación abstracta, sino ante todo comunicación y contacto. 

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