Francia

El nacimiento de la comedia lírica en Francia

Francisco Leonarte
martes, 28 de junio de 2022
Platée, régie de Laurent Pelly © 2022 by Opéra de Paris Platée, régie de Laurent Pelly © 2022 by Opéra de Paris
París, martes, 21 de junio de 2022. Théâtre National de l'Opéra de Paris (sala Garnier). Platée, comedia lírica (ballet buffo) en un prólogo y tres actos. Creado en 1745. Libreto de Adrien-Joseph Le Valois d'Orville a partir de la obra de Jacques Autreau. Música de Jean-Philippe Rameau. Dirección escénica y trajes de Laurent Pelly. Decorados de Chantal Thomas. Coreografía de Laura Scozzi. Dramaturgia de Agathe Mélinand. Con Mathias Vidal (Thespis), Nahuel di Pierro (un sátiro, Citheron), Marc Mauillon (Momus), Julie Fuchs (Thalie, la Folie), Tamara Bounazou (L'amour, Clarine), Lawrence Brownlee (Platée), Jean Teitgen (Jupiter), Reinoud van Mechelen (Mercure), Adriana Bignagni Lesca (Junon). Coro de la Ópera de París. Jefa de coros, Ching-Lien Wu. Les musiciens du Louvre. Dirección musical de Marc Minkowski.
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En el repertorio operístico parece que la tragedia nació antes que la comedia. La cosa era una cuestión de aristócratas e intelectuales y – al menos para la fundación oficial de la ópera - tenía que ser seria. Otra cosa son los intentos a pequeña escala que tal vez vieran la luz incluso antes del nacimiento oficial. 

Pero la Historia no los ha retenido oficialmente ... Y aunque pronto la comedia se entremezclaría con el drama ya en la ópera veneciana, oficialmente hay que esperar más de un siglo (1733) para que un título, La Serva Padrona, nacido como un simple intermezzo, pueda ser reconocido oficialmente, como una comedia lírica, como una ópera cómica, lo que los italianos denominarán opera buffa.

Tratándose del repertorio operístico francés, ustedes imaginarán bien que un autócrata como Luis XIV, bajo cuyo reinado se importó el género a Francia gracias a Mazarino, favoreció la visión trágica del espectáculo. 

Y así como reunificó teatros (para controlarlos mejor) y expulsó a los italianos por haber tenido la osadía de presentar un título que lejanamente podía hacer pensar en Madame de Maintenon, su esposa secreta y morganática (La falsa puritana), de igual manera no se registra entre las obras maestras del género lírico francés de la época, Lully, Charpentier y compañía, sino tragedias – por supuesto hablamos de ópera, no de ballet ni de comédie-ballet ni de teatro de feria y otros géneros musico-teatrales

Hay que esperar pues a 1714, un año antes de la muerte de Luis XIV, para que, bajo los auspicios de la mujer del hijo predilecto del monarca, la muy activa y risueña Duchesse du Maine y sus caballeros de la mosca de miel, nazca la primera ópera cómica conocida en Francia, Les amours de Ragonde, libreto de Destouches y música de Mouret, breve y deliciosa obrita sobre los amores de una vieja de pueblo que pretende a un joven y que acabará más o menos saliéndose con la suya.

Pero al parecer la obra no sale del círculo privado y aristocrático, y su compositor, Mouret, muere loco en 1738...

Muchos años después del estreno, Rousseau y Rameau se interesan por la obrita de Destouches y Mouret, y gracias a ellos se vuelve a presentar ante el propio monarca, a la sazón Luis XV, y su favorita, Madame de Pompadour, y de forma pública, en la Académie Royale de Musique, en 1742.

Rameau (que, no lo olvidemos ya había escrito mucha música cómica para los teatros de feria) toma buena nota del éxito público y privado de Los amores de Ragonda y, con ocasión del matrimonio del Delfín de Francia con la infanta María Teresa, compone Platée.

Platée es una joya

El libreto está bien construido y tiene momentos de auténtica comicidad. La música sabe aunar aspectos populares con instrumentación sabia, melodías pegadizas con refinamiento armónico, pasajes de lucimiento orquestal con momentos de lucimiento vocal, sensibilidad con sentido del humor, siguiendo las sugestiones del libreto. Por su variedad, por su teatralidad, por la originalidad de sus planteamientos musicales, sí, Platée es una obra maestra.

Una puesta en escena mítica

La Ópera de París ha tenido la buena idea no sólo de volver a programar Platée, sino también de recuperar su producción de 1999, considerada ya mítica por buena parte de los melómanos.

Platée, régie de Laurent Pelly. © 2022 by Opéra de Paris.Platée, régie de Laurent Pelly. © 2022 by Opéra de Paris.

Estamos ante una de las puestas en escena de Pelly de cuando aún trabajaba con su dramaturga, Agathe Mélinand, y eso se nota en la coherencia de toda la acción escénica y en la adecuación constante de los propósitos escénicos con el texto y la partitura originales, pero sin perder un ápice de frescura y de imaginación. Desde el inicio, con esos movimientos del coro haciendo de espectadores cada vez más complicados y acrobáticos, el sentido del humor, latente en la música, se ve en escena. Numerosos son también los gags de Pelly, como Júpiter y Mercurio descendiendo de los lamparones, o Juno buscando a su marido con la escopeta cargada. Los trajes son igual de divertidos y variopintos, como el todo-plateado Mercurio, o el famoso traje de la locura, todo hecho con hojas de la partitura de Platée, rindiendo homenaje a la concepción de Rameau que con dicho personaje buscaba tal vez lanzar alguna que otra puya contra el ambiente musical que le tocó vivir...

Platée, régie de Laurent Pelly. © 2022 by Opéra de Paris.Platée, régie de Laurent Pelly. © 2022 by Opéra de Paris.

El decorado, remedando la propia sala en que se representa, la Ópera Garnier, tiene todo su sentido para el prólogo. ¿Lo tiene también para el resto de la obra ? Digamos que permite una contextualización contemporánea del libreto, acorde con los trajes de los personajes – salvo el de la propia Platée, que rana es y rana se queda. En ese sentido tal vez haya quien prefiera la visión que el siempre certero Robert Carsen presentó en 2014 en la Opera-Comique, en que Platée no es una rana sino realmente una mujer poco agraciada en un spa de lujo...

Obra maestra de Laura Scozzi

Pero lo que la producción de Carsen no tenía, lo que para mí es el gran acierto de esta producción de la Ópera de París, es la coreografía de la fantástica Laura Scozzi.

Francia asoció el ballet al espectáculo operístico desde sus inicios. A Luis XIV le chiflaba el ballet, entre otras cosas porque al parecer era buen bailarín, y todo lo que fuera pretexto para hinchar su ego le gustaba. Así que la tradición luisquatorcesca pervivió en la ópera francesa yo diría que hasta nuestros días, porque en hoy en día en Francia el ballet es disciplina mimada por público y autoridades - al menos si lo comparamos con España, Italia o incluso Alemania...

Platée cumple con esta tradición. Y con creces. Tanto es así que también ha recibido la denominación de Ballet bouffon. Tal vez un tercio de su música esté dedicada a entradas de ballet. O sea que si la coreografía no es buena, uno puede aburrirse durante un buen rato en Platée. Pero es que la coreografía de Scozzi es jubilatoria. No tiene desperdicio. Aunando el vocabulario del hip-hop (¡cosa que en 1999 tenía mucho más mérito que ahora !), de la revista a lo Moulin Rouge, de la danza clásica, de la danza contemporánea, e incluso de los gestos cotidianos, Scozzi consigue sorprendernos constantemente. Con un sentido del humor parangonable al del propio Rameau. En particular, su última y extensa entrée se convierte en una suerte de catálogo sobre el amor y el matrimonio que llega a ser hilarante.

Pero bueno, todo esto los melómanos más recalcitrantes lo conocéis porque lo habéis visto en directo o en dvd...

La reposición actual plantea el desafío de estar a la altura musical del estreno en 1999, que contaba con intérpretes bastante excepcionales.

Misma orquesta, mismo director

Para empezar, la misma orquesta y el mismo director, Les musiciens du Louvre y Marc Minkowski, así no hay problemas. He de reconocer que el actual Minkowski tiene algún que otro aspecto que puede irritarme, como esa tendencia a hinchar su orquesta, particularmente patente (en el sentido original del patire latino, de adolecer) cuando se trata de obras del siglo XIX, con Offenbach como primera víctima. Aquí también la orquesta me pareció de buenas a primeras demasiado nutrida. Si Luis XIV alardeaba de tener una inmensa orquesta porque tenía 24 violínes (contando al parecer todas las cuerdas, violas, violoncelos y contrabajos incluidos), Minkowski supera con creces ese número, con, para empezar, cuatro contrabajos, cuatro cellos y veintiséis violines y violas. He de reconocer, sin embargo, que sólo en momentos muy contados cubrió la orquesta a las voces.

Minkowski sigue sabiendo dar energía a la partitura, intensidad, variedad de acentos y sentido del humor. Y la orquesta sigue todas sus indicaciones con celeridad, luciéndose a menudo. Tal vez eché a faltar más diversidad en los colores orquestales y ahí no pude evitar las odiosas comparaciones, pensando en Christie, en Haïm o en Daucé. Pero en conjunto, una estupenda prestación de orquesta y director.

El coro, el de la propia casa, me pareció en buen estado. Sigo echando a faltar mayor inteligibilidad, pero en conjunto fue dinámico, bastante empastado, eficaz. No noté los problemas en las voces femeninas que últimamente había constatado.

Un buen ramillete de cantantes-actores

Reinoud van Mechelen , Lawrence Brownlee, y Jean Teitgen. © 2022 by Opéra de Paris.Reinoud van Mechelen , Lawrence Brownlee, y Jean Teitgen. © 2022 by Opéra de Paris.

Indispensable, en la Platée, que los intérpretes lo sean tanto vocalmente como actoralmente. Pelly se vuelve a mostrar como un estupendo director de actores, y el conjunto de cantantes se muestran actoralmente a muy buena altura, destacando el muy expresivo y sabroso Brownlee, o la muy divertida Juno de Adriana Bignagni Lesca.

Bonita la voz de Tamara Bonazou, pequeñita todavía pero bonita y bien proyectada ; bien Nahuel di Pierro; rotunda, por timbre y volumen, la voz de Jean Teitgen (como corresponde a Jupiter) ; apropiada la de Adriana Bignagni Lesca que todo lo que pierde en fineza vocal lo gana en expresividad y construcción del personaje ; claro y dominando estilo y escenario Mathias Vidal como Thespis...

Julie Fuchs triunfa como Folie (Locura), y sin embargo a mí me dejó un no-sé-qué de bien pero no redonda. Fuchs es intérprete inteligente, de gran sensibilidad musical, con dominio notable de las vocalizaciones pero, para la locura uno desea algo más... ¿loco ? Tal vez porque uno tenga en el recuerdo la extraordinaria prestación de Mireille Delunsch en este mismo papel veinte años atrás, la prestación de Fuchs nos pareció demasiado cuerda. Notable pero no sobresaliente.

Cada vez que escucho a Mechelen, que esta vez hacía de Mercurio, me pregunto por qué no escuchamos más a menudo a Mechelen : qué voz tan bien proyectada, qué volumen, qué dominio del estilo - ¡y además se le entiende todo !

Otro fenómeno – no sé si poco o muy conocido allende las fronteras francesas – es Marc Mauillon. Esta voz – no sé sabe si de barítono o de tenor o poco importa, porque lo que hace es cantar, y la cuerda en la que canta poco nos importa cuando se canta así de bien – tiene un estilo personalísimo pero siempre adecuado. Su intervención como Momus es bastante breve, pero con media frase ya se mete al público en el bolsillo dando sin dar una lección de cómo se canta una ópera barroca de tintes cómicos. Con naturalidad y sentido del humor a raudales, que uno y otro van al alimón.

Lawrence Brownlee. © 2022 by Opéra de Paris.Lawrence Brownlee. © 2022 by Opéra de Paris.

Queda quien era el gran interrogante de la distribución : ¿Podrá un tenor rossiniano asumir un papel cómico barroco como el de la protagonista de Platée? En mente teníamos a los excelentes Agnew y Beekman, que en este mismo rol utilizan abundantemente el falseto, contrahaciendo la voz de mujer, y alargando e incluso nasalizando ciertas notas para que la protagonista resulte tonta de remate. No es el caso de Brownlee, que canta siempre con su voz de tenor rossiniano. Y funciona. Funciona porque su comicidad no la sitúa en el tipo de impostación, sino en los acentos que le da al canto, en su fraseo (por cierto casi siempre perfectamente inteligible), en su composición del personaje. Y su voz pequeña pero impecablemente proyectada, el espectador pronto la asimila a la voz de la ranita pretenciosa.

Políticamente incorrecto

Eso sí, en esta Madame Butterfly versión cómica, en esta versión bruta de Calle Mayor de Bardem o de La señorita de Trévelez de Arniches, lo que podía hacer reír en 1745 –burlarse de la persona que cree en una imposible ascensión social, en un imposible amor, en la posibilidad imposible de cambiar de mundo, burlarse de la fea, de la tonta, de la que no es normal y acabará para vestir santos– inspira al revés compasión, y uno no puede evitar un cierto regusto amargo al final al ver a la pobre ranita engañada y vilipendiada

Pelly tiene el buen gusto de no inventarse argucias escénicas que hagan políticamente correcta la obra de Rameau-Le Valois d'OrvilleAutreau, pero la desesperación de Brownlee, su rabia tan humana y comprensible, bastan para que, al terminar la obra, uno se haya puesto definitivamente del lado de la rana.

Y es que a las obras maestras, quieras que no, no les hacen falta muchas explicaciones. Cada uno sale con lo que quiere, y siempre hay para que cada persona y cada época, extraiga lo que le interesa.

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