Una jirafa en Copenhague

Entrevista Intrapersonal Confrontada: Omar Jerez con Amparo Mendo

Omar Jerez
miércoles, 29 de junio de 2022
Amparo Mendo © 2022 by Amparo Mendo Amparo Mendo © 2022 by Amparo Mendo
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Escribir es en un acto de responsabilidad, pero si lo hago con Amparo Mendo, esa responsabilidad se eleva hasta el infinito. Ya que me encuentro ante un ser inigualable con el compromiso humano, un ser, humilde en sus acciones hacia los demás.

Amparo Mendo nació bajo la responsabilidad de un don, ella nos puede hacer reír, llorar y amar a través de su pluma.

¿Quién es Amparo Mendo la protagonista de (*EIC) de esta semana?

Buena auto-pregunta que me he hecho.

Amparo Mendo es hija del fundador de El País.

Amparo Mando es jefa de prensa de una periodista que puede que la hayáis escuchado de pasada ¿Os suena de algo Mercedes Milá?

Amparo Mendo ha sido corresponsal en Washington de la agencia EFE.

Amparo Mendo escribió un ensayo biográfico (Nadie tan feliz) que conmocionó a todos lo que la leyeron, y años después sigue generando un eco emocional sin paragón.

Amparo Mendo es directora de documentales.

Amparo Mendo es tantas cosas que necesitaría más de un libro para describirla.

Amparo Mendo con tiempo tendría alojado en su estantería aparte de su deliciosa novela El alma del Violín un Premio Pulitzer

¿Pero que es Amparo Mendo para mí?

Mi primer contacto con Amparo Mendo fue por medio de su novela El alma del violín como lector beta. En ese momento supe que me encontraba ante alguien con unas excepcionales cualidades literarias, y sigo pensando que se convertirá en un Best Seller en muy poco tiempo.

Una vez leída la novela le dije a mi editor ¡No perdamos ni un nanosegundo en publicar a Amparo Mendo! estamos ante una autora monumental, y es de lo más sublime que he leído en años.

Imaginaros leer a una autora que te apasiona, y si a la autora la terminas conociendo como persona, conoces como en este caso a Amparo Mendo.

Un privilegio para todos y en especial para mí, que una profesional de su talla y bagaje, con tinta y periodismo corriendo por sus venas forme parte de Entrevista Intrapersonal Confrontada.

¡Gracias Amparo!

 Entrevista Intrapersonal Confrontada para Omar Jerez de Amparo Mendo

Soto del Real (Madrid), 28 de junio de 2022

Omar es mi lector beta. Más allá de amigos y conocidos sometidos a la tortura/compromiso de leer un manuscrito, fue el primer lector profesional de mi novela. Él informó positivamente El alma del violín para recomendar su publicación a la editorial Con M de Mujer. Con el transcurso de los meses, además, tanto él como su pareja, la artista Julia Martínez, han pasado a formar parte de esas personas que se quedan a vivir en mi corazón por la generosidad que intuyo en el suyo.

Todo esto viene a cuento de que, hace unos meses, Omar me pidió una Entrevista Intrapersonal Confrontada (ECI). Escribo las iniciales con mayúsculas porque es una definición que mi cada vez más escasa memoria no acaba de retener y así la encuentro referida en Google. Por aquel entonces, la conversación fue, más o menos, así:

¿Una entrevista quéééééé?
Una Entrevista Intrapersonal Confrontada.
‒¿Y eso qué es exactamente?
Se trata de que escribas lo que jamás te han preguntado, lo que te gustaría que te preguntaran, todo lo que llevas dentro pero jamás sacarías ahí fuera...
Eso no lo puede ver nadie, Omar, porque aquí dentro le dije tocándome el pecho hay mucha rabia y mucho dolor.
‒De eso se trata. De que lo escribas.
‒No estoy muy segura de que eso le interese a nadie.
‒A mí me interesa.
‒Pero eso no tiene ningún mérito porque tú me quieres.
‒Si mi interesa a mí, le va a interesar a mucha más gente.
‒₠Ȓ▄¥Σ†∞#...*

Transcurrían los meses. Y él seguía insistiendo. Y yo seguía pensando que, en el fondo, tras ese nombre pomposo se escondía una treta para ahorrar trabajo de documentación al periodista; un poco como esos reportajes donde se le pregunta lo mismo a varios famosos y, voilà!, ya tenemos dos o tres páginas para rellenar.

Mientras, fui conociendo y buscando cosas sobre Omar: sus arriesgadas performance como artista, sus Altas Capacidades (“una inteligencia muy superior a la media, un potencial para desarrollar, una forma de aprender y de sentir diferente, y un desarrollo asincrónico”).* Así que, ¿quién era yo para poner en duda la originalidad de la EIC que, además, iba a ser objeto de estudio en una universidad?

Acepté el reto... en determinadas condiciones (no sería yo si no lo hiciera así) y él me aseguró que no me censuraría ni una coma. Y este es el resultado:

Mi rabia y mi dolor son cosa mía (y, a veces, de los que me rodean). Si alguna vez decido exponerlos en público, lo haré en una autobiografía que, incluso en ese caso, tampoco creo que interese demasiado. Para exorcizar demonios ya está la ficción: aunque como escritora me haya considerado muy lista e imaginativa, mi inconsciente ha trabajado en El alma del violín mucho más de lo que creí posible a priori. Pero de eso me he percatado después, al releer algunos pasajes. Esta teoría sobre el oficio de escribir daría para una tesis tipo El autor y su mundo, relatada ya miles de veces, como casi todo. Y no me refiero a mí, evidentemente, porque mi recorrido literario se circunscribe a un libro de no ficción (Nadie tan feliz, Temas de Hoy, 2005), la citada novela y tres cuentos en sendos libros colectivos de relatos.

El caso es que he inventado un juego que, por supuesto, no sirve para nada, ¿o sí? Se llama Encrucijadas y consiste en buscar aquellos momentos de la vida en los que un hecho, un comentario propio o ajeno, una decisión consciente o impulsiva nos llevó hasta lo que somos hoy. ¿Qué hubiera sucedido si el final de aquella escena se hubiese planteado de una forma distinta? ¿Cómo nos hubiera afectado? ¿Habría transcurrido igual nuestro devenir?

Una vez más, tras este “descubrimiento” vuelve a estar el disco duro de mi cerebro, que según descubro en la red almacenó en algún lugar aquellos libros juveniles de los ochenta. Elige tu propia aventura, se llamaba la colección que permitía al lector decidir entre varias posibilidades para el final de la historia. Hace unos diez años, Living a Book retomó el experimento con un conjunto de libros interactivos donde los lectores influyen con sus decisiones en la trama y generan nuevos finales. Jamás leí ninguna de las dos experiencias, pero estas son algunas de mis Encrucijadas, las que afectan al oficio de contar historias y las que pueden caber en las 3.000 palabras que me ha marcado Omar.

Encrucijada 1: El diario

 Recuerdo aquel cuaderno de tapa acartonada color azul, con dos rayas abajo para escribir el nombre y la asignatura. Tenía espiral de alambre y hojas cuadriculadas de margen rojo a la izquierda. Me parecía enorme a mis nueve años, pero he comprobado las medidas y debía de ser tamaño folio. Por aquel entonces, yo tenía ya cuarto propio: era mayor que mis hermanos y no debía estar bien visto que siguiéramos compartiendo la misma habitación, ellos en su litera y yo, en mi cama. Así que mis padres me asignaron el cuarto de servicio con su baño, que estaban detrás de la cocina. (Inciso: ya no teníamos servicio porque la última tata había tenido un brote esquizofrénico.) Y allí estaba mi paraíso privado, con un mueble de pared a pared que albergaba armario, cama escamoteable y un secreter donde creía tener mis tesoros a salvo. Entre ellos, ese cuaderno que yo había rotulado con un enorme MI DIARIO.

Pero aquella tarde, después del colegio, lo vi en lo alto del mueble del cuarto de estar, donde hacíamos los deberes, veíamos la tele y cenábamos en torno a una mesa camilla. El salón-comedor, a la entrada de la casa, era solo para las visitas ilustres (como la de Manuel Fraga Iribarne, con el que subí un día los ocho pisos de ascensor roja como un tomate; pero esa es otra historia).

Mi madre lo había estado leyendo. Y también mi abuelo. Les había gustado. Intenté balbucear algo sobre la privacidad de lo que escribía. Me enfurecí. Me avergoncé. Lloré. ¿Quién era nadie para leerme sin mi permiso? Pero, claro, eran los años 70 y yo, una niña. Me juré a mí misma no volver a escribir nada que pudiera ser leído sin mi consentimiento. Especialmente si se trataba de emociones.

Estudié Periodismo. Pero Nadie tan feliz, la historia de los primeros diez años de vida de mi hijo Javier y su trastorno del espectro autista, se publicó en 2005. Yo tenía ya 43 años. El alma del violín, mi primera novela, ha visto la luz cuando he cumplido los 59.

¿Habría sido de otra forma si aquel diario hubiese permanecido oculto? Sinceramente, no lo sé. Puede que, a veces, busquemos excusas ajenas a nosotros mismos para lo que no fuimos capaces de hacer en un momento dado.

Encrucijada 2: La obra de teatro

Interior, día de verano. Fiesta familiar en la casa de la sierra madrileña, decorada con mueble tirolés de pino macizo en color miel y tapicerías floreadas. La hija mayor de los dueños tiene unos once años y espera nerviosa a que niños y adultos se terminen la Fanta, los sándwiches caseros de chorizo y las aceitunas. Ha escrito una obrita de teatro cómica y ha reclutado a su mejor amigo, Kiko, para que la interprete con ella. También ha elegido el vestuario.

Mami, ¿ya? pregunta con ansia.

Y su madre asiente. Y ella y Kiko recitan unas frases que se suponen cómicas. Pero casi nadie se ríe. Porque casi nadie, en aquel barullo de fiesta, se ha enterado de la obra. Y vuelven el enfado, la vergüenza, el llanto en la soledad de su cuarto. Y nadie la consuela. Porque, claro, es una niña de once años en la década de los setenta. En España. Quizá sea mejor, piensa, seguir escribiendo novelitas como la del Kilimanjaro con su amiga Beatriz en los baños del colegio, donde nadie puede leerlas.

A estas alturas sí sé que jamás de los jamases hay que ignorar la creatividad de un niño. Hoy, con casi sesenta años, estoy escribiendo mi primera obra de teatro para adultos.

Encrucijada 3: Una beca Fulbright

Mientras mi familia se marchaba por segunda vez al Reino Unido porque habían nombrado a mi padre corresponsal de El País en Londres, me quedé a estudiar COU en Madrid. La razón oficial era que aquel curso era clave para los estudios universitarios que llegarían después. La íntima, que solo mi madre intuía, tenía nombre de varón y es, aún hoy, mi compañero de vida. Me había enamorado hasta las trancas de un joven cuya bondad y sentido del humor todavía me desarman.

Recuerdo una carta manuscrita de al menos cinco páginas que mi padre me escribió desde la capital británica. En ella, trataba de disuadirme de que no estudiara Periodismo. Había sido una decisión de última hora, cuando tuve que elegir tres carreras por orden de preferencia en aquel formulario de entrada a la universidad y previo al examen de Selectividad. Nunca había tenido una vocación clara. Lo más evidente desde la EGB era mi huida en dirección contraria a todo lo que fueran ciencia y números. Y allí estaba aquella hoja en blanco con los tres apartados. Fue como una de esas revelaciones de las que hablan profetas y santos. Me gustaba escribir. Me apasionaba leer. Me encantaba viajar. ¿Resultado? Número 1: Periodismo. Número 2: Periodismo. Número 3: Periodismo, escribí. ¡Era hija y nieta de periodistas, porelamordelcielo! (un poco lenta en reconocer vocación, por lo que se ve).

Durante aquel curso, ninguna de las evocaciones de mi padre al teléfono (“Doctora Mendo, doctora Mendo, preséntese urgentemente en Quirófano 3”; o “Su Señoría, la jueza Mendo, entra en la Sala”) hizo mella en mi decisión. Nunca me he arrepentido y creo que él llegó a estar orgulloso de mis logros. Pero, como buen padre, intentó ayudarme siempre. Luego contaré alguna ocasión más.

No había terminado el primer curso de la carrera cuando, en uno de sus viajes a Madrid, me citó a una comida en el centro. Le acompañaba un americano cuyo nombre no recuerdo, aunque sí el cargo: era el representante en España de las becas Fulbright y me estaba ofreciendo una. Esto es, la oportunidad de estudiar mi vocación en Estados Unidos, el país que había inventado el periodismo moderno. Volví a rechazar aquella oferta por la misma razón que había decidido no marcharme a Londres. No sé si me equivoqué, pero muchas veces he imaginado una vida americana de triunfos y oropeles en lo profesional... junto a otra personal de fracasos afectivos, carencia de redes de apoyo familiar y, sobre todo, sin mis hijos ni mi compañero en este periplo vital.

Encrucijada 4: Destino, Washington DC

Como comentaba unas líneas más arriba, mi padre se desviviría por mi carrera profesional muchas más veces. Por ejemplo, cuando en una comida decidió comentarle por su cuenta al entonces director de Información de EFE, Carlos G, Reigosa, la posibilidad de que yo fuera a trabajar a la corresponsalía de la agencia en Washington DC. Por supuesto, acepté, aceptamos, porque mi marido se sumó con entusiasmo a la propuesta.

No estaba en la nómina de EFE, lo que quería decir que solo había una vía para trabajar allí: la de ser contratada local; es decir, correr yo con todos los gastos de la mudanza y el alquiler de vivienda, así como una cuantía inferior de sueldo.

Disfruté y aprendí muchísimo de aquella experiencia; de aquel país; de mi jefe, Fernando Pajares (al que sigo llamando boss); y de algunos compañeros, con los que aún mantengo amistad. También hubo quien intentó amargarme la existencia con fundadas acusaciones de enchufismo y maniobras de desprestigio. De aquellos he olvidado hasta el nombre, pero recuerdo con especial tristeza la de un mensaje por la línea interna de un representante sindical que pedía explicaciones por mi contratación... Su padre había entrado en la agencia gracias al mío, entonces director-gerente.

Aquello duró poco: la vida me ponía, una vez más, contra las cuerdas. Mi hermano Carlos enfermaba de un tumor cerebral (habíamos perdido a Javier en un accidente de tráfico cuatro años antes), mis padres se enfrentaban a la pérdida de otro hijo y yo, de otro hermano. Decidimos volver. Tampoco me arrepiento. Pero sé que hubiésemos sido felices allí y que mi carrera hubiera prosperado de una forma distinta.

Encrucijada 5: La decisión de no entrar en El País

Seré breve. La historia del diario que en 1976 fundó mi padre, y que jamás dirigió por un valor escaso llamado lealtad, está plagada de apellidos que sucedieron e incluso superaron a los de sus progenitores. Ni siquiera lo planteé porque, cuando terminé la universidad, no estaba segura de rozar las virtudes profesionales de mi padre. Hoy sé que jamás seré tan buena periodista como él, aunque quiero pensar que, al menos, le igualo en la calidad de la redacción.

Hubo una segunda ocasión de colaborar cuando, allá por 1998, le propuse a Soledad Gallego-Díaz una serie de temas. Aceptó algunos que jamás le entregué porque un agresivo cáncer de mama se interpuso en el camino de mis 37 años, cuando ya era evidente que mi hijo menor tenía una discapacidad intelectual a la que nadie sabía ponerle nombre y mis dos hermanos habían fallecido con cuatro años de diferencia. Algunos años más tarde, Soledad aceptó mis disculpas por aquella falta de profesionalidad que yo prefiero llamar locura transitoria y de la que jamás me he recuperado.

Encrucijada 6: Zeppelin TV

A finales de 1999, con una mastectomía radical y seis ciclos de quimioterapia finalizados en otoño (currículum sanitario que a Teresa Doueil* le importó un comino), entré a trabajar en la productora de Gran Hermano, concluida la primera edición de un programa que hizo saltar audiencias y esquemas televisivos. Para mí, aquello fue un máster en Comunicación de Crisis porque no había día en que no tuviéramos que atender amenazas de denuncia y protestas varias del Congreso, el Senado, asociaciones de mujeres, de hombres, de protectoras de animales, de consumidores, de media, de instituciones culturales y organismos varios.

No tengo queja alguna de Secundino y José Velasco, propietarios de la empresa por aquel entonces, que me trataron también con gran respeto profesional. Resumo: cuando en el accionariado comenzaron a entrar compañías tan diversas como cambiantes, mi cargo y mis funciones se parecieron más a un tobogán que a otra cosa. Tan pronto seguía siendo jefa de prensa como era ascendida a directora de Comunicación. Y viceversa, según cambiaba el Consejero Delegado.

Puse punto final a este sube y baja en 2006. Y salté sin red a una actividad que me permitiría ser dueña de todo mi tiempo. O eso creí entonces, cuando monté en mi casa una agencia de Comunicación porque el periodismo ya no pagaba hipotecas. Mercedes Milá, a la que expliqué los motivos de mi marcha y mis planes de futuro, me dijo entonces:

‒Ya tienes tu primera clienta.

Qué fácil saltar así.

Si no lo hubiera hecho, probablemente me hubieran despedido no mucho tiempo después, como hicieron con valiosas compañeras por “necesidades de reestructuración”.

Encrucijada 7: El alma del violín

Como a muchas familias, las crisis del 2008 sacudió a la mía de lo lindo. Perdí casi todas las cuentas de la agencia. Mercedes Milá se mantuvo fiel y aún hoy sigue contando conmigo, aunque ya no me necesita como antes. No he sabido y/o no he podido buscar otros clientes como ella. Porque, desde entonces, la vida me ha vuelto a golpear una y otra vez hasta dejarme noqueada: el fallecimiento de mis suegro y de mi padre (ley de vida, lo sé, pero no por ello duele menos); el cuidado simultáneo de mi suegra, con Alzheimer, y de mi hijo Javier, con su autismo y una epilepsia resistente a los fármacos (épocas de entre tres y cinco crisis diarias). La enfermedad, cuidados y muerte prematura de mi cuñada... Que por qué no escribo más, me preguntan. Pues porque la vida se empeña en ponerme en el lugar de una cuidadora cuando lucho por ser escritora una y otra vez. Como un boxeador viejo que nunca ganó un combate y se niega a abandonar el cuadrilátero.

En plena pandemia, mayo de 2020, llegó el cáncer de Javier, ese monstruo que casi me lo arrebata y que se tragó lo poco que quedaba en pie de mi salud física y emocional. No recuerdo cómo porque aquel año está entre tinieblas en mi memoria, pero comencé a robarle horas al sueño a aquel proyecto que era entonces El alma del violín y para el que ya había acumulado una documentación ingente.

En la novela, el diario de Julia se convierte en el ancla a la cordura de su nieta, Daniela. Así ha sido para mí su escritura. O, al menos, un amarre a un simulacro de equilibrio emocional que estoy muy lejos de sentir. No sé qué hubiera sido de mí de no haberla escrito. Porque, además, cada lector me devuelve una novela completamente distinta. Y esas experiencias de hablar con lectores, de promocionar el libro en ciudades distintas, de conocer gente nueva y extraordinaria que accede a presentarla sin apenas haberse relacionado conmigo, todo eso, me devuelve a mi lucha por escribir; a levantarme de la lona una vez más para seguir escribiendo. O para empezar de nuevo. Y para beberme la vida a tragos mientras la tragedia se olvide de mi nombre durante un rato.

****

Y resulta que Omar tenía razón. Porque parte de mi rabia y mi dolor están en estas líneas escritas a víscera abierta.

Amparo Mendo, periodista y aspirante a escritora

*Entrevista Intrapersonal Confrontada (O cómo responder y después preguntar)

La entrevista es un género periodístico fundamental. De hecho, se podría considerar su piedra angular, porque permite al periodista confirmar, acceder y conocer los hechos de manera directa, sin intermediarios, hablando con la fuente y estableciendo un diálogo con los protagonistas.

Lamentablemente, y salvo honrosísimas excepciones, la entrevista, ese momento excepcional que combina conversación, reto y seducción, se ha convertido en un acto seco, forzado, en el que demasiado a menudo el entrevistado no quiere responder y al entrevistador le da lo mismo que no quiera. El momento sublime que permite al periodista ejercer su derecho a preguntar se transforma en un trámite, una penitencia o directamente un combate tosco y sin ningún vencedor.

En otras ocasiones, los entrevistados han tenido una clase por parte de sus asesores para evitar, rodear o directamente eliminar preguntas incómodas, que suelen ser precisamente las que el periodismo debe y puede hacer. El resultado, nuevamente, queda en un limbo de medias verdades y frases insulsas. Por no hablar de las entrevistas promocionales asociadas a algún producto cultural, tipo cine, literatura y música, donde la superficialidad es tan apabullante que se podrían mantener las preguntas hechas años antes y tendríamos la certeza de encontrar las mismas respuestas.

Ante este panorama, desolador y habitual en demasía, el artista y creador Omar Jerez propone una nueva fórmula, una nueva aproximación al género que exige una complicidad de ambas partes (tomando como inspiración las entrevistas noveladas que hizo durante años Milan Kundera) para generar un contenido atractivo, valiente, que enriquezca al lector y que suponga una aventura donde ni el camino ni el destino queda prefijado.

El nuevo concepto se llama Entrevista Intrapersonal Confrontada, (EIC), y tiene como cimiento inamovible la siguiente premisa: el entrevistado genera un discurso a priori, provocado y sugerido (o no) por el entrevistador, y posteriormente el periodista edita y da forma periodística a ese contenido. Se crea una arcilla pura que será moldeada por las manos expertas del entrevistador, a posteriori.

A continuación se exponen los 10 puntos que definirán cualquier EIC que se haga a partir de ahora, y que creemos supone una innegable revolución en este género. Es tan sencillo como invertir el orden para recuperar la pureza que nunca debió perder.

Decálogo para una Entrevista Intrapersonal Confrontada (EIC)

1- Cualquier persona, tenga o no relevancia pública, podrá solicitar a un periodista la realización de una EIC. Igualmente, cualquier periodista podrá solicitar la realización de una EIC a cualquier persona o personaje.
2-Cualquier EIC tiene como base fundamental la relación que se establece entre el periodista y el entrevistado, así como la reinterpretación del concepto de entrevista para el siglo XXI.
3- Una vez aceptada la realización de la EIC, se propondrá, por cualquiera de las partes, un tema sobre el que girará la narración, así como su extensión. Igualmente podrá ser de libre elección si así se decide de mutuo acuerdo.
4-El entrevistado construirá libremente una narración sobre la temática escogida, que podrá ser creada en cualquier formato: texto, audio, vídeo, ilustración, así como cualquier combinación entre estos. El periodista no intervendrá nunca en esta parte del proceso.
5-El periodista recibirá esa narración y a partir de ahí construirá una EIC en la que se compromete a mantener el sentido del texto original, y podrá modificar, eliminar, ampliar o extender la entrevista para tratar de llegar a la naturaleza real del entrevistado. Podrá solicitar más información al entrevistado, así como convertirla a otro formato.
6- Bajo ningún concepto el periodista podrá utilizar la información en bruto para difamar o menoscabar la figura o reputación del entrevistado.
7- El periodista deberá entregar una copia de la EIC antes de su difusión al entrevistado para que la confronte y certifique que se ha mantenido el sentido original, no entrando éste en consideraciones de estilo y forma.
8- El periodista puede declarar la EIC nula si percibe que está falseada o que el entrevistado se aleja del objetivo principal, que es un ejercicio de honestidad consigo mismo.
9- El espectador, para poder completar la experiencia, debería tener acceso al discurso en bruto enviado por el entrevistado y la EIC definitiva, para comparar y enriquecer la lectura/visionado/escucha del proceso.
10- Al contrario que en la entrevista clásica, en cualquier EIC la búsqueda de la verdad queda supeditada a la experiencia compartida, confrontada y colaborativa entre las dos partes.
Notas

1. Refunfuño, juro en arameo

2. Según la web https://www.altascapacidadesytalentos.com/que-significa-tener-las-altas-capacidades/

3. Teresa, periodista y guionista, era entonces la directora de Comunicación, una profesional que siempre me trató (y me llamó) compañera como muestra de respeto y sin atenerse a jerarquías de facto. Falleció prematuramente a los 54 años, en 2007.

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