Alemania

Obras gigantes. Interpretaciones grandiosas

J.G. Messerschmidt
jueves, 30 de junio de 2022
Lisa Batiashvili © 2020 by Sammy Hart/DG Lisa Batiashvili © 2020 by Sammy Hart/DG
Múnich, viernes, 17 de junio de 2022. Isarphilharmonie. Lisa Batiashvili, violín. Orquesta Filarmónica de Múnich. Director: Klaus Mäkelä. Sauli Zinovjev: "Batteria". Dimitri Shostakovich: Concierto para violín y orquesta nro. 1 en La menor Op. 77. Gustav Mahler: Sinfonía nro. 1 en Re mayor "Titán".
0,0004939

Es inevitable preguntarse por qué se incluyó en este concierto, cuyas dos obras principales son de dimensiones muy considerables, una pieza como Batteria de Sauli Zinovjev, que en todos los sentidos resulta superflua y que alarga innecesariamente la función. Se trata de una obra para gran orquesta, ampliada hasta el exceso en la percusión. No ofende, pero tampoco dice gran cosa, a veces aburre con sus reiteraciones y, sobre todo, carece de un verdadero discurso musical. Sería una rutinaria pero eficiente banda sonora (con evidentes ecos de John Williams y Stravinsky y una pizca de Prokofiev), pero sin suficiente entidad para llegar a ser una pieza de concierto.

De muy diferente fuste es el concierto de Shostakovich. No es fácil hallar en la literatura para violín una obra de dimensiones, dificultad y complejidad comparables. Lisa Batiashvili, magníficamente acompañada por una Filarmónica de Múnich (a la que Valery Gergiev ha dejado en excelentes condiciones) bajo la muy inspirada dirección de Klaus Mäkelä, es una mucho más que digna intérprete de esta pieza. El concierto exige de la solista una inmensa habilidad técnica, un sentido extraordinario de la expresión, una capacidad intelectual superior, una memoria inmensa y una poco común resistencia física: prodigiosamente Lisa Batiashvili parece estar sobrada de todas estas cualidades, de modo que afronta la obra con tanta brillantez como soltura. Su legato, de una perfección exquisita, configura un fraseo que revela todo el difícil sentido conceptual del concierto. El austero vibrato tiene el punto justo de dramatismo requerido, pero sin convertirse jamás en patetismo ruidoso, un peligro que acecha en cada compás y en el que Batiashvili no cae en ningún momento. 

La meditativa melancolía del primer movimiento (Nocturno) suena no sólo profundamente seria, intensa y auténtica, sino también (lo que es más difícil) raramente elegante. El segundo tiempo (Scherzo) da a Lisa Batiashvili la oportunidad de unir un virtuosismo y una técnica prodigiosas con una hondura conceptual no menos excepcional. En el tercero (Passacaglia) la violinista georgiana alcanza una altísima cima con su interpretación de la larguísima cadencia, síntesis del espíritu de Bach interiorizado por Shostakovich, mientras que en el cuarto (Burlesque) todas estas virtudes surgen a la vez en una verdadera apoteosis. A pesar de la enorme extensión de la obra, la tensión no decae ni un instante. Sin embargo, no son las facetas técnicas o expresivas, por estupendamente resueltas que estén, el logro más impresionante de Lisa Batiashvili, sino su capacidad de comprensión e interiorización de la obra, su configuración de un discurso unitario en el que se integran contrastes extremos sin que se pierda ni el carácter propio de cada uno ni la unidad orgánica y coherente que los convierte en elementos ineludibles de un todo indivisible, de un inefable equilibrio entre extremos aparentemente opuestos. No nos cabe ninguna duda: Lisa Batisahvili es tan gigantesca como Shostakovich y su primer concierto para violín.

La lectura de la primera sinfonía de Mahler que realiza Klaus Mäkelä tiene como punto fuerte la enfatización del muy opulento colorido instrumental de la obra. El primer movimiento es delineado muy cuidadosamente en un tiempo más bien lento, que parece pensado para que cada motivo y cada matiz se manifieste en toda su plenitud, algo así como una serena caminata que permite apreciar cada detalle de un paisaje. El mismo principio rige la interpretación del aire de danza (un "ländler"), con ritmo muy fuertemente marcado y rústico, del segundo tiempo, cuyo vals central (en la función de un trío), es presentado en abierto contraste y con muy elegante ligereza. El tema de "ländler" retomado al cierre de este movimiento es interpretado con una cierta solemnidad que va más allá del aire festivo que le otorga la partitura. 

En el tercer movimiento, más que en ningún otro, Klaus Mäkelä luce un fraseo y una configuración de los planos sonoros de excepcional belleza. El último tiempo suena todo lo violentamente trágico y melancólico que es de rigor, y, pese a ello, sin sombra de esa desesperación y de esa languidez decadentista con las que tantos otros directores suelen ataviar las sinfonías de Mahler. Especialmente interesante es el carácter marcadamente vienés que este jovencísimo director finlandés (nacido en 1996) pone de manifiesto en su interpretación, un aspecto que en muchas otras versiones se queda corto o, simplemente, se pasa por alto.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.